Encerrado en su pequeña y oscura habitación, el joven William Patrick Corgan tenía la certeza de que el futuro le depararía el reconocimiento y la fama que su talento y esfuerzo merecían. No acabaría como su padre, un músico que vencido por dogmatismos, fundamentos y rudimentos sonoros abrazaba la conformidad más que a su propio hijo. Las cuatro paredes que lo rodeaban podían corroborar que no se trataba de un simple caso de autocomplacencia. Ellas habían sido mudos testigos de sus interminables sesiones con la guitarra en las manos, de su incasable experimentación como compositor, de su creciente virtuosismo como intérprete.

No era simplemente un melómano más que trabajaba en una tienda de discos de segunda mano e iba siempre acompañado por su walkman y sus cintas en sus solitarios paseos por las sucias calles de Chicago. Él había sido elegido para dejar huella e impronta en la historia de la música. Si bien su pasada experiencia como miembro de The Marked, banda de rock gótico y new wave, había sido frustrante y su gira de apenas 20 conciertos por los garitos de San Petersburgo un pequeño fracaso, Corgan había sacado en claro que en su próximo proyecto él sería el único responsable tanto del apartado artístico como de la toma de decisiones. ¿Acaso no era una señal que últimamente se le apareciese en sueños el mismísmo Gene Simmons, bajista y líder de Kiss, para decirle que debía montar una banda de calabazas aplastantes y borrachas?

Incluso acababa de conocer a un prometedor guitarrista llamado James Iha, con el que se podía mantener una conversación de más de dos frases sobre música y que semejaba cumplir todas las exigencias que Corgan consideraba imprescindibles para formar parte de su nuevo proyecto: parecía manejable y le apasionaban The Cure y New Order. Junto a él, y a una caja de ritmos, comenzó a escribir canciones para una banda que daría su primer concierto el 9 de julio de 1988 en un local llamado Chicago 21: The Smashing Pumpkins.

En una de sus sucesivas actuaciones, que comenzaron a tener buena aceptación y críticas, alguien desde el público se atrevió a increpar su sonido tachándolo de vacío y con falta de dinamismo. Se trataba de una joven de 18 años, gran seguidora de los Stooges, con la que Corgan se encaró y mantuvo una acalorada discusión al finalizar el concierto. Su nombre era D’arcy Wretzky, tenía buena presencia, pasables gustos musicales y argumentaba que sería capaz de acompañar y darle fuerza y profundidad a las guitarras. ¿Qué más se le puede pedir a un bajista?, pensó Corgan. Por estos motivos finalmente le propuso que se uniera a su proyecto, siempre teniendo presente que la composición nunca estaría a su alcance.

The Smashing Pumpkins realizaron su presentación como trío el 10 de agosto de 1988 en el club Avalon de Chicago. Su novedoso directo, mezcla de rock gótico, heavy metal, dream pop, rock psicodélico y progresivo, no solo hizo vibrar a los asistentes sino que incluso atrajo la atención de Joe Shanahan, el propietario del Cabaret Metro y un experto en el campo de la promoción musical independiente. Aunque en un primer momento el sonido de la banda le pareció poco pulido (por decirlo suavemente), finalmente le atrajo la estructura de las canciones y sobre todo una voz, la de Billy Corgan, que tenía tanta garra y fuerza de atracción que parecía que estuviese muriéndose por triunfar.

Shanahan realizó una oferta a la banda en la que les ofreció su apoyo con la condición de que reemplazaran la caja de ritmos por un batería de carne y hueso. El elegido fue Jimmy Chamberlin, quien había formado parte de algunas formaciones de jazz, pero que finalmente había abandonado para dedicarse plenamente a trabajar con su cuñado como carpintero. Jimmy se presentó a la prueba llevando una camiseta rosa, vaqueros lavados a la piedra, un corte de pelo mullet y con una batería cromada en amarillo chillón. Los demás miembros cruzaron miradas de desaprobación, pensando que era imposible que ese redneck de Illinois fuese el tipo adecuado. Pero rápidamente cambiaron de opinión al comprobar que aquel personaje era tan bueno con las baquetas que se había aprendido todas las canciones del repertorio de cabeza, y que, con un sólo ensayo, estaban listos para tocar.

El 5 de octubre de 1988 la formación completa actuó en el Cabaret Metro, con tan óptimo resultado que que Shanahan decidió añadir al grupo en el cartel del festival Rock Against Depression junto a October’s Child y Love and Addiction. Remataron la década lanzando sus primeras grabaciones: unas ediciónes limitadas de sus sencillos l Am One y Tristessa. Fue tal el éxito que, tras agotarse todas las copias en pocos días, la mismísima Virgin Records llamó a su puerta para ofrecerles la firma de un contrato para la grabación del álbum debut de The Smashing Pumpkins.

Fiel a sus principios, Corgan decidió grabar todos los instrumentos excepto las baterías del disco que llevaría por título Gish, lo que motivó un ambiente de tensión entre los miembros del grupo. Aunque este LP no se convirtió en un éxito inmediato, la banda logró promocionarlo con una extensa gira, donde abrieron conciertos de grupos de tanto renombre como como Red Hot Chili PeppersJane’s Addiction o Guns N’ Roses. Todos los engranajes que conformaban el plan del joven William Patrick Corgan habían sido colocados con la exactitud de un relojero y empezaban a girar, engrandeciendo día a día su ya desmedido ego.

Su segundo álbum, Siamese Dream, consigue vender más de cuatro millones de copias en los EE.UU. y más de seis millones en todo el mundo, y a día de hoy se considera uno de los discos más importantes e influyentes de la década de los 90. A partir de este momento se conforma la leyenda de una banda que todo aficionado a la música conoce: una historia de talento, himnos generacionales, obras grandilocuentes, discusiones, peleas y separaciones, drogas, depresión, escándalos y más de un disco que ha quedado en el purgatorio del olvido.

Debido a su ir y venir de nuevos miembros y a sus constante reapariciones, en la actualidad no es sencillo seguirle la pista a The Smashing Pumpkins. Sin embargo no debemos olvidar que, tan compleja como imprescindible, la carrera de la banda de Billy Corgan tiene tantos admiradores como detractores en parte debido a su incesante evolución. Una virtud que les otorga el beneplácito de sus fieles seguidores, pero aviva el odio de sus más déspotas fans. The world is a vampire…

Texto: David Alva, redactor de contenidos.

Imágenes: The Marked Demo Tape.
The Smashing Pumpkins.

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