Tyla llegó al radar global con ‘Water’ y consolidó su posición con ‘Chanel’. Dos canciones que hicieron algo que no es fácil, meter el amapiano en la conversación del pop internacional sin que sonara a exotismo de usar y tirar. Eso ya es bastante mérito. El problema es que un segundo álbum no puede vivir solo de lo que hizo el primero, y ‘A*POP’, su nuevo disco, pone sobre la mesa exactamente esa tensión.
El título es una declaración de intenciones bastante ambiciosa. A*POP como abreviatura del pop africano contemporáneo en su expresión más alta. La pregunta es si el disco está a la altura de esa etiqueta que él mismo se cuelga. La respuesta honesta es que a ratos sí, y a ratos se queda bastante corto.
Lo que ofrece es una colección de pop africano mainstream producida con gusto exquisito y cantada con una voz aterciopelada que hace que casi cualquier cosa suene bien. Pero el álbum también estira demasiado su propia fórmula sin apenas salirse de sus márgenes, y eso acaba pasando factura antes de que termine.
El amapiano como lenguaje, no como decorado
Para entender lo que hace Tyla, hay que entender de dónde viene el amapiano y qué significa traducirlo al pop. Este género nació en los townships sudafricanos, con DJ Maphorisa y Kabza De Small como dos de sus figuras centrales, y tiene una lógica interna muy distinta a la del pop occidental. Las estructuras son más largas, más inmersivas, construidas para el movimiento antes que para el single de tres minutos y medio.
Tyla no hace eso. Tyla toma los log drums, las atmósferas hipnóticas y sensuales, y los mete dentro de formatos radiables con estribillos corales y acabados pensados para cruzar fronteras. Esa traducción tiene un coste. Pero también tiene un valor real, porque acerca un sonido que de otra forma no llegaría a ciertos públicos. El problema no es que lo haga. El problema es hasta dónde llega esa operación de domesticación antes de que el resultado pierda lo que lo hacía interesante.
El disco se abre también al dancehall digital, al deep house sudafricano y al R&B de inspiración dosmilera actualizado. ‘Right Now’ tiene una producción glitch que sorprende dentro del conjunto. ‘Mr. Nonchalant’ y ‘That Girl’ son dos de los momentos más inspirados del álbum, con un dancehall contemporáneo refinado que funciona bien. Y ‘Feel Something’ recuerda por momentos a FKA twigs o Kelela, que no es poca referencia.
Lo que ‘Fairytale’ dice sobre el disco que podría haber sido
Hay un momento en ‘A*POP’ que deja claro que Tyla sabe exactamente de dónde viene. ‘Fairytale’ samplea el clásico homónimo de Liquideep, una referencia del deep house sudafricano de 2010 que forma parte directa del árbol genealógico del amapiano. Es un guiño con mucho criterio. Una reivindicación de la tradición musical sudafricana que no suena a tarea escolar sino a algo genuino.
El problema es que el sample no termina de elevar la canción. Está ahí, funciona como referencia, pero la pieza no despega. Y eso es bastante representativo de lo que ocurre en buena parte del álbum. Las ideas están. El gusto está. Lo que falta es que las canciones terminen de explotar.
‘Chanel’, que en teoría debería ser uno de los pilares del disco, aparece relegada a la pista 11 y funciona casi como una excepción dentro de un repertorio mucho más contenido. ‘She Did It Again’ con Zara Larsson abraza el pop de masas sin complejos y acaba eclipsando a varios temas que la rodean. Esa convivencia entre el pop más accesible y el material más atmosférico no siempre está bien resuelta.
El coste de sonar siempre accesible
Aquí está el nudo real del álbum. La voluntad de sonar accesible es también lo que lo limita. Por un lado deja temas con madera de hit como ‘Is It’ y pequeñas joyas como ‘Feel Something’. Por otro, una parte importante del repertorio suena excesivamente contenida, como si hubiera un techo invisible que ninguna canción puede atravesar.
‘Crazy for Me’ resulta redundante. ‘Double Blind’ no termina de arrancar. ‘Kiss’ tiene potencial de pista de club pero se queda a medio camino. La sensación que se va acumulando es la de estar escuchando una sucesión de cuartos y quintos singles, bien producidos, bien cantados, pero sin el tipo de tensión o sorpresa que hace que un álbum se quede.
No es que Tyla no sepa hacer música. Es que parece haber tomado una decisión consciente de no arriesgar, y esa decisión tiene consecuencias. Una mayor apertura hacia las estructuras largas y el carácter más inmersivo del amapiano de los townships, el que hacen Vigro Deep o el propio Maphorisa, habría permitido al disco escapar del marco del pop global y respirar de otra manera. Más divisivo, quizá. Más memorable, casi seguro.
Qué queda por ver de esta etapa de Tyla
El disco está fuera. Ahora viene la prueba de cómo se comporta en el tiempo y qué hace Tyla con este material en directo. Porque hay canciones en ‘A*POP’ que sobre el papel son más interesantes de lo que suenan grabadas, y eso puede cambiar bastante cuando hay espacio físico y cuerpos en movimiento.
Lo que queda claro es que Tyla es una artista con criterio musical real y con una voz que no necesita artificios para sostener cualquier producción. El problema no es el talento. Es la ambición del proyecto. ‘A*POP’ se presenta como la máxima expresión del pop africano contemporáneo y acaba siendo una colección elegante y consistente que agota su propia fórmula antes de llegar al final.
La pregunta que deja abierta es si en el próximo movimiento Tyla decide empujar un poco más hacia afuera o si se queda dentro de los mismos márgenes. Porque con lo que ya tiene, podría hacer algo bastante más sorprendente. Y eso, a estas alturas, ya es una expectativa que el propio ‘A*POP’ ha creado.
Fuente original: Tyla / A*POP.
