Rachel Chinouriri llegó al segundo disco con un currículum que muchos artistas tardan una década en construir. All I Ever Asked superando los 100 millones de reproducciones, nominación al BBC Sound of 2023, giras con Sabrina Carpenter, Florence + the Machine y Gracie Abrams. Criada en Londres con padres zimbabuenses, lleva tiempo practicando un pop que mezcla la producción brillante de los ochenta con guitarras de los noventa, y su voz, aireada y casi susurrada, se adapta bien a ese terreno. El problema con I think I spoke too soon no es que Rachel no sepa hacer música. El problema es que sabe hacer demasiados tipos de música y aquí no termina de decidir cuál quiere ser.

El disco tiene buenas canciones. Eso hay que decirlo desde el principio, porque lo que viene después no es una sentencia. Es una observación sobre lo que separa un buen disco de uno que podría haber sido mejor.

Dos discos en uno, y los dos interesantes por separado

La apertura con One song away from crying coloca el listón alto. Es postdisco con sintes brillantes, funk de colores fluorescentes, algo que recuerda a los experimentos recientes de Doja Cat. Funciona. Después llega Broken chair, electro-disco que actúa como himno del autoengaño, con Rachel intentando convencerse de que no está sola, no es infeliz y no está triste. Eso son los demás. Es uno de los mejores momentos del álbum precisamente porque la letra y el sonido van en la misma dirección contradictoria.

Y entonces el disco vira. Crash this car se va a la balada grunge. I’m a star al surf sesentero. AAAHHHH!!! al garage punk. Todos con buenos resultados, todos sorprendentes, todos difíciles de colocar junto a los sintes fluorescentes de los primeros temas.

No es que la variedad sea un defecto por definición. Hay artistas que saltan entre géneros y construyen algo coherente precisamente en la incoherencia. El problema aquí es que las dos mitades del disco no hablan entre sí. Suenan como si alguien hubiera unido dos proyectos distintos en un solo tracklist, y el oyente nota la costura.

Lo que dice esto sobre el pop británico de 2024 y la presión de definirse

Rachel Chinouriri no es la primera artista que llega al segundo disco con demasiadas ideas bien desarrolladas y sin tiempo suficiente para decidir cuál manda. El primer disco, especialmente cuando el primero funcionó, genera una presión específica. Tienes que demostrar que no eras un accidente. Tienes que crecer. Tienes que sorprender. Y a veces esa acumulación de objetivos produce discos que suenan a todo a la vez.

El pop británico lleva unos años en un momento extraño. Hay espacio para artistas que no encajan en una sola caja, pero el algoritmo sigue prefiriendo la consistencia. Una playlist de Spotify no sabe qué hacer con alguien que pasa del postdisco al grunge en cuatro canciones. Y eso tiene consecuencias reales en cómo se descubre y se consume un disco como este.

Lo que resulta curioso es que la ambición de Rachel es evidente y no debería penalizarse. El buen gusto está en todo el sonido. Pero el buen gusto no es lo mismo que la cohesión, y I think I spoke too soon tiene mucho del primero y menos de la segunda.

Una voz que funciona mejor cuando la letra y el sonido apuntan al mismo sitio

El disco está inspirado en la sobriedad de Rachel, en el proceso de cuestionar la imagen que tenía de sí misma y asumir que quizá se equivocaba sobre quién era. Eso es material potente. Las letras se mueven entre la autodestrucción, el autoengaño y la resaca emocional, con una honestidad que a veces resulta incómoda en el buen sentido. Pretty girls la sitúa llorando purpurina. Broken chair construye un himno sobre negarse a ver lo evidente.

Cuando la letra y el sonido coinciden en el mismo estado emocional, Rachel es muy buena. La voz susurrada sobre producción que brilla demasiado para lo que está diciendo crea una tensión interesante. El problema aparece cuando el sonido cambia de registro y la letra no tiene tiempo de seguirle el ritmo, o al revés.

Con la información disponible por ahora, lo que se puede decir es que Rachel tiene una voz que no necesita forzar nada para transmitir. La pregunta interesante no es solo cómo suena este disco, sino dónde la coloca dentro de su propio trabajo. Si la siguiente etapa elige uno de los dos caminos que aquí conviven, o encuentra la manera de que se hablen de verdad, el resultado podría ser considerable.

Qué tiene que pasar para que el siguiente movimiento aclare las cosas

Un disco como I think I spoke too soon funciona mejor en directo que en el streaming, probablemente. Los saltos de género que en un tracklist suenan a indecisión, en un concierto pueden sonar a personalidad. Es una hipótesis, no una certeza, pero la trayectoria de Rachel, con giras junto a artistas de primer nivel, sugiere que sabe moverse en ese espacio.

Lo que queda por ver es si las canciones más guitarreras y las más bailables encuentran su público por separado o si Rachel consigue construir una audiencia que quiera las dos cosas a la vez. Eso no lo decide el disco solo. Lo decide cómo se programa en directo, qué singles se empujan, cómo se posiciona la siguiente entrega.

Por ahora, I think I spoke too soon es un disco con más aciertos de los que su falta de unidad deja ver a primera escucha. Vale la pena darle tiempo. Y vale la pena seguir a Rachel Chinouriri de cerca, porque alguien con este nivel de recursos musicales a los veintitantos, cuando encuentre el hilo que una todo, va a hacer algo que no se va a poder ignorar.

Fuente original: Rachel Chinouriri / I think I spoke too soon.

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