El 40.000 personas llenaron el Estadio Riyadh Air Metropolitano de Madrid para ver a Kanye West en su primer concierto en España en veinte años. La gira llegaba con el lanzamiento de BULLY como excusa, con media Europa cancelada por el antisemitismo declarado del artista, y con una promoción tan escasa que todavía quedaban entradas disponibles cuando Ye pisó el escenario. Ese es el punto de partida. No la euforia de un regreso triunfal, sino la rareza de un evento que nadie sabía muy bien si quería que ocurriera.
Para los que llevamos años escuchando a Kanye, la víspera de ese concierto tenía un sabor extraño. No era nervios. Era algo más parecido a la incomodidad de querer ver a alguien a quien llevas tiempo sin poder defender del todo.
Veinte años fuera de España y el equipaje que trae consigo
Kanye West lleva más de dos décadas siendo una de las figuras más influyentes de la música popular. The College Dropout, Graduation, My Beautiful Dark Twisted Fantasy, Yeezus. Discos que no solo definieron el rap de su época, sino que empujaron los límites de lo que se esperaba del género. Eso es un hecho, no una opinión.
También es un hecho lo que vino después. El episodio con Taylor Swift en los VMAs de 2009 quedó absorbido por la magnitud de su obra. Luego llegaron las declaraciones trumpistas, los comentarios sobre la esclavitud como elección, y finalmente, a partir de 2022, algo que ya no tenía vuelta atrás tan fácil: el antisemitismo explícito, el merchandising con esvásticas, los teasers de canciones tituladas Heil Hitler o Gas Chambers. No fue una provocación calculada de artista maldito. Fue otra cosa.
Y aun así, Vultures llegó al número uno en Estados Unidos. Kanye siempre se sale con la suya. Lo que cambió esta vez es que el público se fracturó de forma visible. Los oyentes pre-Vultures y los post-Vultures no escuchan la misma música aunque pongan el mismo disco. No están en el mismo sitio emocionalmente cuando suenan los mismos samples.
Lo que significa que Francia, Polonia, Italia y el Reino Unido dijeran que no
El concierto de Madrid no fue solo un concierto de Madrid. Fue el resultado de una cadena de cancelaciones en toda Europa, con cada país citando el antisemitismo de West como motivo directo. Los 40.000 asistentes del Metropolitano incluían a muchos náufragos de esas cancelaciones, fans que habían comprado entradas para otras ciudades y que acabaron cruzando fronteras para ver el show.
Eso dice algo sobre el peso del catálogo de Kanye. Y también dice algo sobre el estado de la industria del directo, donde los conciertos de artistas de esta escala funcionan como eventos irrepetibles que la gente no quiere perderse aunque el contexto moral sea complicado. La frase que más se repitió al salir del Metropolitano fue «era ahora o nunca». No es una frase de fan entusiasta. Es la frase de alguien que sabe que la próxima oportunidad puede no llegar.
España, por su parte, ni siquiera se enteró bien de que había concierto. La promoción fue prácticamente inexistente. Que el aforo se llenara igualmente dice más del tirón histórico de Ye que de cualquier campaña de marketing.
Un catálogo que hace el trabajo que el espectáculo no termina de hacer
El show en sí fue irregular. Una media bola del mundo como escenario central, autotune de André Troutman, luces y pirotecnia espectaculares, y canciones cortadas abruptamente con un «tengo otras 100 como estas» que sonó más a descuido que a actitud. El sonido, especialmente en los temas construidos con samples, fue un problema real. El escenario, grande y desaprovechado, no terminó de construir nada.
Y aun así, On Sight, Blood On The Leaves, All Of The Lights dos veces, Jesus Walks, Flashing Lights, Ghost Town. Kanye priorizó los mejores discos de su carrera, de MBDTF a Yeezus, dejando Vultures y BULLY como anécdotas. Eso fue una decisión inteligente o una casualidad afortunada, pero el resultado es que la música sostuvo un concierto que el espectáculo no habría podido sostener solo.
Through The Wire de principio a fin. El MPC sobre el escenario para Runaway. Esos momentos no son adorno. Son el recordatorio de por qué esta música importó tanto y sigue importando, aunque el hombre detrás de ella haya hecho todo lo posible por complicar esa relación.
Lo que resulta más difícil de procesar no es el concierto en sí. Es la amnesia que provoca. Entras con el peso de todo lo que ha pasado estos años y hay un momento, en algún punto entre Ghost Town y Runaway, en que ese peso desaparece. No porque hayas perdonado algo. Sino porque la música es suficientemente grande como para ocupar todo el espacio disponible. Eso es incómodo de admitir. Y también es verdad.
La pregunta que queda después de que se apaguen las luces
Nadie en el grupo de los que estuvieron allí dijo sentirse decepcionado al salir. Con todo lo que había para criticar, con el sonido, con el escenario mal aprovechado, con las canciones cortadas sin motivo aparente, la respuesta fue que no. Eso merece pensarse un momento.
No es que Kanye haya rehabilitado su imagen. No ha pasado eso. Lo que ha pasado es que su música tiene una capacidad de activar algo en la gente que va por delante de cualquier juicio moral que uno pueda formarse sobre él. Eso es un problema y también es un hecho.
Lo que queda por ver es qué hace con BULLY a partir de aquí, si hay más fechas europeas o si España fue un caso aislado forzado por las cancelaciones del resto del continente. Y sobre todo, si el próximo movimiento de Ye vuelve a ser musical o vuelve a ser otra cosa. Con él, las dos opciones tienen el mismo peso histórico. Esa es la trampa. Y de momento, sigue funcionando.
Fuente original: Kanye West en Madrid: por qué siempre se sale con la suya.
