Hay algo revelador en el hecho de que un recopilador de críticas como Metacritic sitúe Dance Fever como el mejor disco de Florence + the Machine. No porque sea un mal álbum, sino porque esa clasificación dice más sobre cómo ha cambiado la mirada crítica hacia ciertas artistas que sobre la música en sí. Con motivo de la actuación de Florence Welch en el festival Mad Cool el próximo 9 de julio, donde presentará material de su reciente Everybody Scream junto a sus grandes éxitos, vale la pena detenerse y preguntarse: ¿estamos escuchando mejor que antes, o simplemente hemos aprendido a disculparnos mejor?
Qué ha pasado
El medio especializado jenesaispop.com ha publicado un repaso cronológico de la discografía de Florence + the Machine, motivado por la próxima actuación de la banda en Mad Cool. En ese análisis, elaborado junto al redactor Fernando García, se plantea cuál es el mejor disco del grupo y se cuestiona directamente la valoración de Metacritic, que otorga las puntuaciones más altas a Dance Fever (84/100) y Everybody Scream (81/100), por encima de trabajos más tempranos como Ceremonials o How Big How Blue How Beautiful. La redacción defiende una lectura diferente: que los primeros discos, y en particular ese tercer álbum de 2015, merecen una revalorización que en su momento no recibieron.
El contexto que explica el titular
Florence Welch irrumpió en 2009 con Lungs, un debut que mezclaba art rock, soul gótico y una teatralidad vocal que resultaba difícil de clasificar. La crítica lo recibió con entusiasmo moderado, aunque algunas publicaciones de referencia como Pitchfork o The Guardian fueron más contenidas de lo que hoy podría parecer razonable. Ceremonials, publicado en 2011, fue acaso su obra más ambiciosa: densa, litúrgica, construida como una catedral de sonido. Sin embargo, el consenso crítico de la época no siempre supo qué hacer con una mujer que cantaba sobre ahogarse, sobre fantasmas y sobre el cuerpo como campo de batalla espiritual. El lenguaje con el que se describía a artistas femeninas de ese perfil en 2010 y 2011 estaba, en muchos casos, contaminado por condescendencia o por la incapacidad de tomarse en serio cierta grandilocuencia emocional cuando venía de una voz femenina. Años después, con la perspectiva que dan los movimientos culturales que han reconfigurado cómo se habla de las mujeres en la música, algunas de esas reseñas resultan incómodas de releer.
La pregunta de fondo
¿Están mejorando las puntuaciones de los discos recientes de Florence porque la música es objetivamente mejor, o porque la crítica ha corregido sus propios sesgos y ahora los aplica hacia adelante, sin revisar lo que dejó mal valorado en el pasado? Esta es la pregunta incómoda que subyace al debate. Metacritic agrega puntuaciones de medios que, en muchos casos, son los mismos que infravaloraron Ceremonials hace quince años. Si esas publicaciones han madurado en su forma de escuchar y de escribir sobre artistas como Florence Welch, lo honesto sería también revisar aquellas reseñas antiguas, no simplemente compensar con notas más altas en los trabajos nuevos. El problema de los sistemas de puntuación acumulativa es que congelan el prejuicio histórico y lo presentan como dato objetivo. Un 84 para Dance Fever frente a un número menor para Ceremonials no refleja necesariamente una diferencia de calidad musical: puede estar reflejando una diferencia en la disposición cultural de quien escuchaba.
Una lectura musical
Escuchar Ceremonials hoy es una experiencia que no ha envejecido mal, sino que ha ganado peso. La producción de Paul Epworth construye paisajes donde el bajo es casi arquitectónico y la voz de Welch funciona como un instrumento de percusión tanto como de melodía. Canciones como Shake It Out o No Light, No Light tienen una estructura casi operística, con crescendos que no buscan el gancho radiofónico sino la catarsis. How Big How Blue How Beautiful, el disco de 2015 que jenesaispop señala como favorito de parte de su redacción, supuso un giro hacia sonidos más directos, con influencias del rock clásico americano y una escritura lírica más expuesta y vulnerable. Fue, en cierto modo, el disco donde Florence dejó de esconderse detrás de la metáfora. Y sin embargo, tampoco fue el más celebrado en su momento. Los discos más recientes, High as Hope, Dance Fever y ahora Everybody Scream, muestran a una artista que ha encontrado un lenguaje más contemporáneo, más conectado con ciertos códigos del indie actual, y eso facilita que la crítica los reciba con mayor comodidad. Pero comodidad crítica no es sinónimo de excelencia artística.
Lo que conviene observar ahora
La actuación de Florence + the Machine en Mad Cool el 9 de julio será una oportunidad concreta para medir algo que los números no pueden capturar: su dimensión como performer en directo, que quienes la han visto sobre un escenario describen como uno de los espectáculos más físicos y entregados del pop contemporáneo. Pero más allá del concierto, conviene seguir observando cómo la crítica musical gestiona su propia historia. Si publicaciones influyentes empiezan a revisar y matizar lo que escribieron sobre artistas femeninas en la década pasada, estaremos ante un ejercicio de honestidad intelectual poco frecuente en el periodismo musical. Si no lo hacen, las puntuaciones actualizadas seguirán siendo, en el mejor de los casos, una corrección silenciosa. Y las correcciones silenciosas, a diferencia de la música de Florence Welch, no resuenan en ninguna sala.
Fuente original: No, Metacritic, ese no es el mejor disco de Florence + the Machine.
