Fine Glindvad lleva un tiempo moviéndose en paralelo a la industria sin que la industria lo sepa del todo. La danesa que estudió en el Rhythmic Music Conservatory de Copenhague, que canta con la fragilidad espectral de Hope Sandoval y que escribió ‘New Jeans’ para el grupo de k-pop NewJeans, ese tema con casi 600 millones de streams, acaba de publicar Jazz Dreams, su segundo disco. Y es el tipo de álbum que no encaja en ninguna lista de reproducción generada por algoritmo. Eso, a estas alturas, es casi un acto de valentía.

La portada ya avisa. Un pez gordo flotante con cara de pena. No es una metáfora especialmente críptica si has visto Twin Peaks, pero tampoco hace falta haberla visto para entender que esto no va de hits veraniegos. Jazz Dreams llega desde algún rincón extraño del universo, y lo sabe.

De NewJeans a los sueños de jazz, o cómo Fine llegó hasta aquí

Su primer disco, Rocky Top Ballads, ya dejó claro que Fine sabía escribir pop misterioso con gancho. Canciones pegadizas pero con algo turbio debajo, como si el fondo del vaso tuviera otro color. Jazz Dreams es un paso más adentro en ese territorio.

El dato de NewJeans no es un detalle menor. Escribir para uno de los grupos de k-pop más escuchados del planeta y al mismo tiempo publicar discos de dream-pop torcido con arreglos de saxofón inesperados y piano ragtime inquietante dice bastante sobre cómo entiende Fine su propio trabajo. No son dos mundos separados en su cabeza. Son dos formas de usar la misma habilidad, la de construir una melodía que se quede dentro aunque no quieras que se quede.

La referencia a Lynch y a Twin Peaks aparece en cuanto escuchas el disco, y no es un cliché gratuito. Hay una querencia real por la estética de decadencia americana, ese country espectral, ese romanticismo que se pudre despacio. ‘Goodbye brain’ tiene ese regusto. Pero reducir Jazz Dreams a «suena a Lynch» sería quedarse en la superficie de algo que tiene más capas que eso.

Por qué importa que un disco así suene tan medido por dentro

La trampa fácil con este tipo de música, el dream-pop oscuro, el noir pop, lo que sea que quieras llamarlo, es que la rareza se convierte en coartada. Suenas raro, luego eres interesante. Fine no cae en eso.

Lo que distingue Jazz Dreams es la precisión. Las canciones son breves. Los arreglos, aunque extraños, están medidos. El saxofón que entra de repente en ‘Get it’ no está ahí para sorprender por sorprender. Está ahí porque encaja, aunque no lo parezca a primera escucha. Las florituras orquestales de ‘If you wanna come down’ tienen ese mismo control. Y eso es difícil. Mucho más difícil que sonar raro sin más.

En un momento en que el algoritmo premia la consistencia de formato por encima de casi cualquier cosa, que alguien publique un disco donde el tramo central amenaza con volverse claustrofóbico, donde ‘Any minute’ se instala en un noir jazz alterado y ‘Million years’ es directamente fantasmal, es una decisión. No es accidente. Fine sabe lo que está haciendo y asume que no todo el mundo va a seguirla hasta ahí.

Eso, en 2024, merece atención.

Una voz distante sobre melodías que no te sueltan

Hablar del sonido de Jazz Dreams sin caer en adjetivos vacíos requiere ir canción por canción, o al menos por momentos concretos.

‘Everything in the shade’ suena a clásico perdido de los setenta. Es la más cercana a Lana Del Rey, sí, pero con una atemporalidad que la aleja del pastiche. ‘The thing’ y ‘Much to say’, que abren y cierran el álbum, tienen aire de oldie, de canción que ya existía antes de que Fine la escribiera. ‘Sometimes I rush’, brevísima, tira hacia el trip-hop con una ligereza que contrasta con el peso del resto. ‘Portal’ es quizá la canción que mejor justifica el título del disco, noctámbula, oscura, sobre desaparecer y sentirse perdido, con una melodía que aun así no te abandona.

Y luego está la voz. Delicada y distante al mismo tiempo. No es una voz que busque impresionar. Es una voz que observa desde lejos y te invita a acercarte tú. Esa tensión entre la calidez de las melodías y la frialdad del tono vocal es probablemente lo más difícil de conseguir en este tipo de música, y Fine lo resuelve sin aparente esfuerzo.

Las letras retuercen el romanticismo desde dentro. «No puedo pensar en nada más, pero sigo sin poder recordarte.» «Podría abrazarte durante un millón de años.» No son frases de canción de amor convencional. Son frases de amor que ya ha cruzado alguna línea, que no sabe muy bien si lo que siente es deseo u obsesión. Esa ambigüedad es el motor emocional del disco.

Lo que queda por ver es si el mapa la encuentra a ella

La reseña original apunta que Jazz Dreams la situará en el mapa. Puede ser. Tiene los méritos para eso. Pero el mapa de la música en 2024 tiene una geografía extraña, y los discos que no se dejan reducir a un mood de Spotify suelen tardar más en encontrar su sitio, o lo encuentran de formas inesperadas.

Lo interesante ahora es ver qué pasa con este disco en directo, si es que Fine lo lleva a escenarios. Este tipo de música, construida sobre atmósferas frágiles y arreglos precisos, puede ganar mucho o perder todo dependiendo de cómo se traslade. También queda ver si el vínculo con NewJeans, que le da una visibilidad enorme en un circuito completamente distinto, termina siendo un puente hacia nuevos oyentes o simplemente una nota al pie de su biografía.

Por ahora, Jazz Dreams existe y es un disco que merece escucharse con auriculares y sin prisa. La pregunta no es si Fine tiene talento. Eso ya está respondido. La pregunta es cuánta gente va a tener la paciencia de quedarse en ese tramo central claustrofóbico el tiempo suficiente para entender que merece la pena.

Fuente original: Fine / Jazz dreams.

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