Michael Kiwanuka publicó ‘Fudge’ mientras todavía se recuperaba del ictus que sufrió meses antes de terminar de escribirlo. Eso no es un dato de contexto menor. Es el centro gravitacional de todo el disco, aunque el propio álbum se resiste a convertirse en un documento de tragedia. Lo que hay aquí es otra cosa, más cotidiana, más porosa. Vulnerabilidad sin aspavientos. Miedo sin dramatismo de postal.

Es su quinto disco. Y es, también, el primero en mucho tiempo que suena a algo que no necesita justificarse a sí mismo.

De ‘Small Changes’ al retorno al punto de partida

Para entender dónde está ‘Fudge’ hay que recordar de dónde venía Kiwanuka. Su debut homónimo de 2012 tenía una sencillez que desarmaba. Luego llegaron discos más ambiciosos, más construidos, hasta que en 2020 su álbum homónimo ganó el Mercury Prize y lo colocó en otro nivel de conversación. Después vino ‘Small Changes’, un trabajo en el que, siendo honesto, se le notaba algo estancado. Como si la presión de superar aquella obra maestra le hubiera paralizado más que liberado.

‘Fudge’ rompe ese bloqueo sin anunciarlo. Se grabó principalmente en Southampton y Frome, lo produjo el propio Kiwanuka, y suena a alguien que ha decidido no pelearse con su propio lenguaje musical. La psicodelia, el blues, el folk, el country fantasmal y ese slow soul que siempre ha sido su territorio más natural vuelven a aparecer, pero sin la carga conceptual de su mejor disco. Eso, lejos de ser una renuncia, acaba siendo su mayor virtud.

Lo que dice un disco cuando la orquesta pesa demasiado

Aquí está la tensión real de ‘Fudge’, y merece la pena nombrarla sin rodeos. Kiwanuka tiene una voz que funciona mejor cuando la dejan sola o casi sola. Dulce, cansada, con esa cualidad de alguien que te habla desde el otro lado de una habitación mal iluminada. Cuando los arreglos le dan espacio, el disco brilla. ‘California’, la segunda pista, es un ejemplo de ese equilibrio bien resuelto. ‘You Sent Me Flying’ también, con su aire de cancioncita acústica nocturna y una orquestación que acompaña sin aplastar.

Pero hay momentos en que la orquesta se impone donde no debería. En ‘Sing’, Kiwanuka parte de una idea sencilla y la complica con cuerdas que acaban pesando más que la canción. Su voz cansada no puede sostener ese melodrama, y el resultado es un desequilibrio que se nota. Algo parecido pasa en ‘Steve’s Paradise’, donde la guitarra, el órgano y los vientos tardan demasiado en dejar paso a la letra. Son decisiones de producción que llaman la atención precisamente porque Kiwanuka se produjo a sí mismo. Nadie le impuso esos arreglos. Los eligió él.

Eso no invalida el disco. Lo hace más interesante, en realidad. Porque la acumulación de melancolía en el tramo central, ‘Across the Sky’, ‘Love in My Heart’, ‘Move in My Direction’, construye un peso emocional que puede resultar excesivo pero que también es completamente honesto. No hay cálculo aquí. Hay alguien procesando cosas difíciles a través de canciones, y a veces ese proceso no queda bien empaquetado.

Una voz cansada como único mapa

‘Summer Clothes’ tiene uno de los mejores momentos del disco, ese desarrollo épico donde canta «Me entristeciste, así que supe que tenía que marcharme». ‘Just Another Moment’ funciona bien entre violines y órgano, con una coda casi infinita que en este contexto no resulta excesiva sino necesaria. Y ‘Swings and Roundabouts’, la acústica que cierra el álbum, es exactamente el tipo de canción que el debut de Kiwanuka prometía que siempre sería capaz de escribir.

Con la información disponible por ahora, y dado que Kiwanuka sigue en proceso de recuperación en un centro de rehabilitación, es difícil saber hasta qué punto estas canciones representan un punto de llegada o un punto de transición. Lo que se puede decir es que ‘Fudge’ no suena como el disco de alguien que está pensando en el siguiente paso. Suena como el disco de alguien que necesitaba escribir estas canciones antes de poder pensar en cualquier otra cosa.

Eso se escucha. Y no es poca cosa.

Cuándo y cómo podremos escuchar esto en directo

La pregunta más inmediata es también la más incómoda. Kiwanuka no va a poder presentar ‘Fudge’ en directo a corto plazo. Su recuperación es la prioridad, y eso es lo que debe ser. Pero significa que este disco va a vivir durante un tiempo en un limbo raro, sin la posibilidad de que las canciones se terminen de definir sobre un escenario.

Eso cambia cómo se escucha. Sin gira que lo amplifique, sin festival que lo convierta en evento, ‘Fudge’ tendrá que sostenerse solo durante más tiempo del habitual. La pregunta interesante no es solo cómo suena, sino si ese peso emocional tan concentrado encontrará a la gente que lo necesita sin el empujón de la visibilidad en directo. Algunos discos sobreviven así. Los que lo hacen suelen ser los que tienen algo real dentro. ‘Fudge’ lo tiene, aunque no todo esté igual de bien resuelto.

Lo que queda por ver es si Kiwanuka, cuando pueda volver, elegirá estas canciones o las dejará reposar. Y cuál será su siguiente movimiento cuando la recuperación le devuelva el espacio mental para pensar en música sin que la música sea también terapia.

Fuente original: Michael Kiwanuka / Fudge.

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