Había 57.000 personas en el recinto de Villaverde aquella noche de miércoles, y la mayoría miraba hacia el escenario principal. Pero en una carpa más pequeña, empapada de sudor y algo mareada, Jehnny Beth hacía crowdsurfing sobre los brazos del público con una mirada que desafiaba al calor, al cansancio y, de algún modo, también a la lógica de los festivales. Esa imagen —la cantante exhausta, encaramada sobre manos ajenas, mirando al frente— condensa algo que va más allá de un buen concierto: habla de qué significa ocupar el espacio que te dan, aunque sea pequeño, y llenarlo hasta que no quepa nada más.
Qué ha pasado
La décima edición del Mad Cool Festival reunió en Madrid a decenas de miles de asistentes en una jornada marcada por la simultaneidad y la elección. Según la crónica publicada en Jenesaispop, los Foo Fighters encabezaron el cartel del miércoles con un concierto de más de dos horas y media en el escenario principal, repasando tres décadas de carrera con la energía y el oficio que les caracteriza. Al mismo tiempo, en un escenario secundario cubierto por una carpa, Jehnny Beth —exvocalista de Savages— ofrecía uno de los momentos más recordados de la jornada: flexiones en el escenario, un mensaje feminista, una versión de ‘Army of Me’ de Björk y, finalmente, ese crowdsurfing que se convirtió en imagen del día. También actuaron Moby, Wolf Alice, The War on Drugs y The Last Dinner Party, configurando una noche densa y difícil de abarcar.
El contexto que explica el titular
Jehnny Beth no es una recién llegada. Con Savages construyó una de las propuestas más contundentes del post-punk británico de la última década, y su carrera en solitario ha profundizado en territorios más oscuros e íntimos: su álbum To Love Is to Live (2020) fue una declaración de intenciones que mezclaba spoken word, electrónica industrial y una teatralidad casi litúrgica. No es el tipo de artista que encaja fácilmente en el molde del festival de verano, y precisamente por eso su presencia en un escenario secundario resulta tan significativa. Los festivales grandes tienden a premiar la escala: cuantos más años llevas, más grande es tu pantalla. Jehnny Beth opera en otra lógica, la de la intensidad por encima del volumen, la de la presencia física como argumento musical. Que su actuación bajo una carpa sofocante a las siete de la tarde haya sido, según quienes la vieron, una de las mejores del día, dice algo sobre los límites de esa jerarquía.
La pregunta de fondo
¿Qué medimos cuando hablamos de un gran concierto? Los Foo Fighters llenaron el escenario principal, repitieron estribillos hasta fundirlos con el público, honraron a su batería fallecido y demostraron que 31 años de carrera no son un accidente. Todo eso es real y merece respeto. Pero la pregunta que deja la jornada del Mad Cool no es quién fue mejor, sino por qué seguimos organizando nuestra experiencia musical en torno a la jerarquía del aforo. El festival como formato tiende a reproducir una estructura de poder que ya existe en la industria: los grandes arriba, los interesantes en los márgenes, el público eligiendo según el nombre que reconoce. Jehnny Beth, mareada y empapada, haciendo crowdsurfing en una carpa, no estaba desafiando a los Foo Fighters. Estaba desafiando esa estructura. Y en ese gesto hay una pregunta que vale la pena sostener: ¿cuántas actuaciones extraordinarias ocurren cada verano en escenarios a los que casi nadie llega porque el cartel principal tira con demasiada fuerza?
Una lectura musical
Hay dos maneras de entender lo que ocurrió musicalmente aquella noche. Los Foo Fighters practican un rock de estadio que ha perfeccionado su propio lenguaje hasta volverlo casi infalible: la dinámica entre verso contenido y estribillo explosivo, la guitarra como vehículo de comunión colectiva, la voz de Grohl moviéndose entre lo gutural y lo melódico con una naturalidad que solo dan los años. Tocar ‘Everlong’ o ‘Best of You’ ante 57.000 personas no requiere riesgo; requiere entrega, y esa entrega la dieron. Jehnny Beth, en cambio, trabaja en un registro donde el cuerpo es instrumento y la incomodidad es parte de la propuesta. Versionar a Björk no es un gesto casual: es una declaración de linaje, una manera de situarse en una genealogía de mujeres que han usado la música popular para desestabilizar expectativas. Sus flexiones en el escenario, su invitación a una fan a imitarla, su grito de
