Hay conciertos que uno anticipa con una mezcla de deseo y vértigo. El de Blood Orange en Barcelona esta semana era uno de ellos. Dev Hynes regresaba a la ciudad después de seis años de ausencia, con un disco nuevoEssex Honey— que muchos habíamos escuchado como si fuera una confesión privada, y lo hacía en una sala pequeña, antes de su cita más multitudinaria en el Fòrum. La pregunta no era si el concierto iba a ser bueno. La pregunta era si la música iba a sobrevivir a la proximidad.

Qué ha pasado

El pasado martes 3 de junio, Dev Hynes actuó bajo el nombre de Blood Orange en el Paral·lel 62 de Barcelona, dentro del ciclo Primavera a la Ciutat, la programación paralela del festival Primavera Sound. Según la crónica publicada en jenesaispop.com, el concierto arrancó con una versión en solitario de How Soon Is Now? de The Smiths, interpretada con un violonchelo eléctrico. Posteriormente se incorporó su banda, que incluye a Tariq Al-Sabir, Ian Isiah y Eva Tolkin. El repertorio combinó canciones de Essex Honey con temas de discos anteriores, y Hynes manifestó públicamente su emoción ante la respuesta del público, describiendo la experiencia como «una bendición». Dos días después, el 4 de junio, repetiría actuación en el escenario principal del Fòrum.

El contexto que explica el titular

Dev Hynes es uno de esos artistas cuya carrera resulta difícil de resumir sin perder algo esencial por el camino. Nacido en Essex, criado entre el Reino Unido y Nueva York, comenzó haciendo indie rock bajo el nombre Lightspeed Champion antes de reinventarse completamente como Blood Orange, proyecto con el que ha explorado el R&B, el soul, la música disco, el pop de cámara y la electrónica con una coherencia estética que pocos consiguen mantener a lo largo de varios discos. Essex Honey, publicado en 2024, es quizá su trabajo más autobiográfico: un regreso emocional a sus raíces británicas filtrado por años de vida neoyorquina. La decisión de presentarlo primero en una sala íntima, antes que en el gran escenario del festival, no parece casual. Hay algo en ese disco que pide cercanía, que no funciona igual en la distancia.

La pregunta de fondo

¿Puede un artista de estudio —alguien cuya música vive en los detalles, en las capas, en los matices de producción— trasladar esa complejidad a un escenario sin perder lo que la hace especial? Es una pregunta que sobrevuela muchos conciertos de artistas que trabajan solos en el estudio, construyendo mundos sonoros que después deben reconstruirse en vivo con músicos, backing tracks y decisiones inevitables sobre qué se toca y qué se delega a una grabación. La crónica apunta, con honestidad, que algunos temas habrían ganado con más instrumentos en escena y menos elementos pregrabados. Esa tensión —entre la riqueza del disco y la economía del directo— es una de las conversaciones más interesantes que puede tener un concierto consigo mismo.

Una lectura musical

Lo que hace Blood Orange en el escenario no es reproducir sus discos. Es reinterpretarlos desde una presencia física que, según quienes estuvieron allí, resulta hipnótica precisamente por su movilidad, por su negativa a quedarse quieto. La apertura con el chelo eléctrico y la canción de The Smiths es un gesto cargado de significado: una declaración de influencias, una forma de situar la música en una tradición melancólica y británica antes de que todo lo demás —la disco, el soul, los ritmos tropicales, el indie rock— entre en escena. Esa capacidad de transitar entre géneros sin que nada suene a collage es quizá la habilidad más singular de Hynes como compositor. Canciones como Charcoal Baby o Best to You no suenan como experimentos: suenan como partes de un mismo estado de ánimo que simplemente cambia de ropa. Y los coros de Ian Isiah y Eva Tolkin añaden una dimensión coral, casi litúrgica, que convierte algunos momentos del concierto en algo más parecido a un ritual colectivo que a un espectáculo.

Lo que conviene observar ahora

La elección de equilibrar el repertorio entre Essex Honey y canciones anteriores —con el disco nuevo ocupando menos de la mitad del set— dice algo sobre cómo Hynes entiende su relación con el público y con su propio archivo. No es un artista que abandone lo que ha hecho; tampoco uno que se aferre a ello. Esa actitud, combinada con la acogida que está recibiendo su nuevo trabajo, sugiere que Blood Orange se encuentra en un momento de madurez creativa que merece atención sostenida. Lo que venga después de Essex Honey —si es que hay algo pronto— probablemente seguirá siendo inclasificable. Y eso, en el panorama actual, es cada vez más raro y más valioso.

Fuente original: Chelo eléctrico y emoción a flor de piel: Blood Orange en Barcelona.

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