El remake estadounidense de Sentimental, la película de Cesc Gay, ya está aquí. Se llama La invitación, lo dirige Olivia Wilde, y tiene a Penélope Cruz haciendo de vecina ruidosa de arriba. Sobre el papel, eso es suficiente para que cualquiera le preste atención. En la práctica, el resultado es más interesante de lo que cabía esperar, aunque no por las razones que uno imaginaría.

En seis años, la película de Gay ha generado ocho remakes internacionales. Ocho. El año que viene llega el neerlandés De bovenburen. No está al nivel de Perfectos desconocidos, que acumula casi treinta versiones desde 2016, pero va camino de convertirse en otro de esos títulos que el cine mundial se pasa de mano en mano como si fuera una receta de cocina probada. El remake americano era el que más morbo generaba, y no solo por el reparto.

Wilde llegaba con un historial complicado. Su debut con Súper empollonas en 2019 fue excelente, uno de esos primeros trabajos que te hacen pensar que hay una voz real detrás de la cámara. Luego vino No te preocupes, querida en 2022, que fue un desastre de relaciones públicas antes incluso de estrenarse, y cuya recepción crítica no ayudó a borrar el ruido. La invitación era, de alguna manera, su oportunidad de volver a hablar solo de cine.

Lo que Wilde hace bien y lo que el guion no le deja hacer mejor

La comedia es ritmo. Eso no es una opinión, es casi una ley física. Y Wilde lo sabe. La invitación funciona cuando funciona porque la directora maneja los tiempos con una soltura que no es fácil de conseguir, sabe cuándo apretar el acelerador en un diálogo, cuándo dejar que una mirada incómoda se quede en el aire el tiempo justo, cuándo el silencio vale más que la réplica. Eso no se improvisa.

El reparto ayuda, y mucho. La propia Wilde actriz está convincente como esposa nerviosa y desencantada, con un sentido de la comedia física que sorprende. Penélope Cruz está estupenda, con ese carisma que tiene para ocupar el espacio sin esfuerzo aparente. Y Seth Rogen está en un momento de forma brutal. Quien haya visto The Studio, Platónico o The Boys sabe que lleva una racha de trabajo en comedia que pocas veces se ve tan sostenida. Aquí lo exprime bien.

El problema es Edward Norton. No porque Norton sea mal actor, que no lo es. El problema es de casting. Su físico no encaja con el personaje, su papel está escrito en un segundo plano tan incómodo que resulta difícil que genere tensión o complicidad con nadie. Alberto San Juan en Sentimental tenía ese aire de bombero simpático, bocachancla y sexy que hacía que su personaje funcionara como contrapeso real. Aquí ese contrapeso no existe, y se nota.

Cuándo una película se ríe de la terapia y luego intenta hacerte llorar con ella

El giro más delicado de La invitación no es de trama, es de tono. La película pasa la mayor parte de su metraje burlándose de la retórica de autoayuda, de esas frases hechas sobre el crecimiento personal y la comunicación en pareja que se han convertido en el idioma oficial de la mediana edad anglosajona. Lo hace bien, con mala leche controlada y buena comedia.

Y entonces, en el tramo final, intenta ponerse seria. Intenta ir al mismo sitio emocional al que llegaba Gay en Sentimental. El problema es que Sentimental tenía un Javier Cámara amargado, cínico y cascarrabias que llevaba todo el metraje construyendo ese peso dramático. Aquí ese peso no se ha construido de la misma manera, porque la película ha apostado mucho más fuerte por la comedia pura. El cambio de tono llega demasiado brusco, y en el peor momento posible, la película cae brevemente en exactamente aquello de lo que llevaba riéndose. La retórica terapéutica sin distancia crítica.

Lo que salva el final es que no se alarga. No da tiempo a que ese tropiezo arruine lo anterior.

Una comedia que prefiere hacerte reír a hacerte pensar, y eso tampoco es un crimen

Vale la pena ser honesto sobre lo que La invitación es y lo que no pretende ser. No es una película con la profundidad dramática de Sentimental. No busca dejar ese poso incómodo de reconocerte en personajes que hacen cosas que no te gustan. Prefiere que salgas del cine habiendo pasado un buen rato, y en eso tiene bastante éxito.

Con la información disponible por ahora, es difícil saber si Wilde tenía intención de hacer algo más ambicioso y el resultado se quedó a medias, o si desde el principio la apuesta era esta, una comedia bien ejecutada que toma prestado el esqueleto de Gay y lo lleva a otro territorio. Lo que sí se puede decir es que el trabajo de dirección es sólido, que hay momentos genuinamente divertidos, y que Penélope Cruz y Seth Rogen juntos en pantalla son suficiente razón para verla.

La pregunta interesante no es solo si La invitación es mejor o peor que Sentimental, porque esa comparación casi siempre pierde el remake. La pregunta es qué dice sobre cómo Hollywood absorbe el cine europeo de autor, lo pule, le quita aristas y lo convierte en algo más fácil de digerir. A veces eso es una pérdida. Aquí es una pérdida parcial, pero no una catástrofe.

Lo que queda por ver de este proyecto y del siguiente paso de Wilde

La recepción crítica y de público de La invitación va a ser relevante para entender hacia dónde va Olivia Wilde como directora. Después de la tormenta mediática de 2022, necesitaba una película que se hablara de la película, no del rodaje ni de lo que pasó alrededor. Esto, en gran medida, lo consigue.

Lo que habrá que vigilar es si este remake abre o cierra puertas. Si funciona bien en taquilla, el modelo de adaptar comedias europeas con reparto de nombre tiene recorrido. Si no, puede que el experimento se quede en anécdota. Y mientras tanto, el neerlandés De bovenburen ya está en camino, lo que dice bastante sobre la salud del original de Gay. Que a estas alturas siga generando versiones no es casualidad. Hay algo en esa dinámica de vecinos, parejas y cenas que se descontrolan que conecta con algo real, independientemente del idioma en que se cuente.

Fuente original: ‘La invitación’: un remake más divertido que «sentimental».

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