El domingo del Low Festival en Torrevieja no tuvo un solo cabeza de cartel. Tuvo dos, y según a quién le preguntes, el ganador cambia. Dani Fernández llenó el escenario principal a una hora todavía razonable, con un montaje de estética industrial que impresionaba nada más verlo. La Casa Azul salió de madrugada, cuando parte del público ya había cogido el coche de vuelta a casa, pero los que aguantaron se llevaron probablemente el concierto más feliz de los tres días. Así terminó la primera edición del Low en el Parque Antonio Soria.
Que el festival haya elegido Torrevieja como sede nueva y haya apostado por un cartel sin grandes sorpresas dice algo sobre la estrategia. No se trataba de arriesgar. Se trataba de convertir un recinto desconocido en algo familiar para el público de siempre, con nombres que ya funcionan y una mezcla de pop y rock que no necesita explicación. En eso, el domingo cumplió.
Un día de festival con mucho más dentro que los dos cabezas de cartel
Antes de que llegaran Dani Fernández y La Casa Azul, el domingo del Low dejó momentos que merecen más de una línea. Sidonie salió al escenario en fila, cogidos de la mano, todos con shorts, y convirtieron su concierto en algo que estaba a mitad de camino entre el pop de otra época y el espectáculo de varietés. Axel Pi bailando mientras toca la batería es uno de esos detalles que no se olvidan fácil. El mash-up de Et puc odiar més con Just Like Heaven de The Cure funcionó, la conga espontánea de gente subida a hombros también, y el guiño al vídeo de Bob Dylan con cartulinas y letras de canciones fue exactamente el tipo de gag que Sidonie sabe ejecutar sin que resulte forzado. Presentaban Catalan Graffiti, pero casi daba igual el disco nuevo. El cancionero antiguo se sostiene solo.
Natalia Lacunza tuvo el reto más complicado de la tarde. Su música, con esa producción de Pau Riutort llena de matices pequeños y frágiles, no es exactamente lo que pide un escenario de festival a plena luz del día. Los temas más rítmicos, Sabes qué o la fusión de Faber-Castell con Cuestión de suerte, aguantaron mejor el contexto. El sofá azul en el escenario, la presencia de Ganges y Mira Paula en los coros de Apego feroz, la coherencia visual del conjunto. Todo eso estaba ahí. Pero canciones como Te enamoraste o Mi sitio necesitan otro tipo de espacio para desplegarse del todo. Aun así, fue el concierto más contemporáneo y más honesto artísticamente de todo el día.
En el escenario Radio 3, Aiko el grupo se llevaron el premio no oficial al descubrimiento. Un fallo de sonido resuelto con desparpajo, una cadena de power punk cada vez más desquiciado, desde K pesao hasta los sintes de Peña Castillo, y una dedicatoria a una amiga que las sacó de una situación difícil. Eso es lo que hace que un concierto de punk funcione de verdad, que se note que hay algo real detrás. Repion también sorprendió en ese mismo escenario, con un sonido entre pop-rock y grunge noventero que entró como agua fría después de la intensidad del escenario principal. Y Carlos Ares fue el nombre que más sorprendió en producción escénica para alguien que todavía no tiene grandes éxitos en listas. La caseta de aldea que se abre de golpe, las coristas, Rocíos sonando ya como un himno. Hay algo ahí que va a seguir creciendo.
Lo que Dani Fernández dice sobre el tamaño del éxito cuando ya no lo controlas del todo
El concierto de Dani Fernández impresiona antes de que empiece. La estructura metálica con forma de sol y el ojo gigante en el centro generan un impacto visual inmediato. Después viene la música, y ahí la cosa es más matizable. El repertorio apuesta por la emoción sin frenos, melodías llevadas al límite, actitud rockera que por momentos parece más construida que sentida. El público lo compra todo sin dudar, hasta las canciones que en disco ocuparían los últimos puestos.
Lo más interesante del concierto no fue la producción. Fue el momento en que Fernández reconoció desde el escenario que ese había sido un día en el que había necesitado mirarse al espejo y recordarse que merece lo que le está pasando. Y después, la dificultad visible para abandonar el escenario. Eso no es postureo. Eso es alguien que todavía está procesando que su carrera ha crecido más rápido de lo que esperaba. Hay algo genuino en esa incomodidad, y es probablemente lo más interesante de su momento actual.
La pregunta que deja su concierto no es si el público le quiere, porque eso está claro. La pregunta es qué pasa cuando el artista empiece a distanciarse un poco de la emoción pura y empiece a buscar algo más complejo. Si eso ocurre, el siguiente disco va a ser una prueba importante.
Confeti a la una de la madrugada y por qué La Casa Azul sigue siendo insustituible en un cartel
La Casa Azul salió a la una de la madrugada con el reto de levantar a un público que llevaba horas de pie y tenía por delante un viaje en coche. Lo consiguieron. No con trucos, sino con canciones. Cada estribillo era una explosión, cada número terminaba en confeti, y el confeti llegó tantas veces que se convirtió en un chiste privado entre el escenario y el público.
El setlist apostó por lo reconocible. Sin aparentes concesiones al próximo Fauna y flora subacuática, salvo que No Hay Futuro o Prometo no olvidar terminen formando parte de él, Guille Milkyway y su grupo fueron de himno en himno. El momento más feliz fue el pico emocional de la noche. Podría ser peor fue lo más coreado. El cierre con La revolución sexual y Nadie nunca pudo volar era el único final posible.
Hubo un problema técnico puntual. No importó demasiado. La pantalla LED con planetas y galaxias, las plataformas iluminadas, Guille Milkyway moviéndose como si acabara de aterrizar de otro sistema solar. Todo eso ayuda, pero lo que sostiene el concierto son las canciones. Y eso no es un detalle menor en un momento en que mucha música de pop electrónico depende casi por completo de la producción visual para funcionar en directo.
Lo que hace La Casa Azul difícil de reemplazar en un cartel es exactamente eso. No necesitan que el público esté fresco. Funcionan igual de madrugada, con gente cansada, en un recinto nuevo. Eso no lo consigue cualquiera.
Lo que queda por ver de esta primera edición en Torrevieja
El Low Festival ha completado su primera edición en el Parque Antonio Soria con un balance que, según lo que apunta la crónica del domingo, fue sólido sin ser revolucionario. Un cartel diseñado para seducir al público habitual, con nombres que ya tienen recorrido y una apuesta por el pop y el rock que no necesita justificarse.
Lo más interesante de cara al futuro no son los cabezas de cartel. Son los nombres que todavía están construyendo algo. Carlos Ares con una producción escénica que supera lo que sus cifras en listas justificarían. Aiko el grupo con un punk que engancha en directo de una forma que el estudio no termina de capturar del todo. Natalia Lacunza haciendo la música más honesta del día aunque el formato no le favorezca.
La pregunta que deja esta edición es si el Low volverá a Torrevieja con más ganas de arriesgar en el cartel, o si la estrategia de seducir al público de siempre seguirá siendo suficiente. El recinto ya no es desconocido. El siguiente paso es más difícil.
Fuente original: El momento más feliz con La Casa Azul en el Low… y el más intenso con Dani Fernández.
