Beñat Rodrigo lleva un tiempo construyendo algo difícil de encajar en una sola etiqueta. Músico y productor navarro de Arrotxapea, formó parte de Chill Mafia, uno de los colectivos que más movió la escena urbana en euskera en los últimos años. Cuando el grupo se disolvió, con disco y gira de por medio, Kiliki arrancó en solitario con ‘ILTZE 1’, un debut que mezcla electrónica, dub, reggae, punk y folklore vasco con un sentido del humor que no aparece mucho en la música que se hace por aquí. Co-producido con Sunny Wright 4th, con colaboraciones de Nueve Desconocidos y Xabi Esparza, el disco dejó claro que este proyecto no iba a ir por los caminos trillados.
Esta semana, Kiliki participa en la sección Meister of the Week, comisariada por Jägermeister, y el tema elegido no es su música sino TikTok. Más concretamente, lo que la gente hace en TikTok cuando nadie le está pidiendo que baile.
De Chill Mafia a TikTok: el cerebro completamente frito como punto de partida
Kiliki lo dice sin rodeos. Ha elegido la cultura de internet y TikTok porque tiene el cerebro completamente frito y le gusta. No hay más filosofía detrás. O sí la hay, pero prefiere no envolverla en papel de regalo.
Lo que describe cuando habla de la aplicación es bastante más interesante que la mayoría de análisis que se escriben sobre TikTok en medios de comunicación. No habla de viralidad ni de estrategia de contenido. Habla de boomers que han salido de Facebook, han aterrizado en TikTok y han generado algo que define como «entre entrañable y creepy». Habla de que los trends de bailecitos creados por influencers están, ojalá, en caída. Y habla de que la gente que antes habría sido friki en Crónicas Marcianas ahora tiene un canal con millones de seguidores.
Eso es una lectura cultural, no una queja de músico frustrado con el algoritmo. Y viene de alguien que, por cierto, reconoce abiertamente que él mismo no sigue trends. Que no le interesan. Que prefiere mirar lo que hace la gente antes que ponerse a hacerlo.
El arma de doble filo que nadie en marketing quiere admitir
Hay un momento en la entrevista donde Kiliki toca algo que muchos artistas piensan pero pocos dicen con esta claridad. El problema de usar TikTok para hacer promo de un single antes de que salga es que puedes ser tan pesado que, cuando la canción llega, la gente ya no la quiere escuchar. Y peor todavía, que de toda una canción, el público acabe conociendo solo esos quince segundos del hook que se ha repetido mil veces en vídeos de treinta segundos.
Eso no es un problema de TikTok. Es un problema de cómo se usa TikTok. La distinción importa.
También cuenta algo que tiene bastante más miga de lo que parece a primera vista. Su «ánimo de quinceañero de mierda por ser diferente» le había llevado a descartar canciones automáticamente solo por haberlas descubierto en TikTok. Luego llegaba a una fiesta, el DJ las pinchaba, y se daba cuenta de que eran temas de puta madre. Es una honestidad que no es frecuente. Reconocer que el snobismo también tiene un coste.
Cuando la gente decide que algo mola sin que nadie le haya pagado para decidirlo
La frase más importante de toda la entrevista no es la del dedo ni la del silbido, aunque tiene su mérito. Es esta: «Está guapo cuando en internet la gente decide que algo mola. Cuando agencias de marketing manipulan el algoritmo para que tu canción se pegue, pues bastante menos».
Eso resume un debate que lleva años sin resolverse en la industria musical. La viralidad orgánica y la viralidad comprada se parecen mucho desde fuera, pero el resultado a largo plazo es completamente distinto. Una canción que la gente adopta porque le da la gana tiene una vida propia. Una canción que se empuja con dinero y estrategia de contenido puede llegar a millones de personas y desaparecer en tres semanas sin dejar rastro.
Kiliki también dice que no le gustaría decidir qué hace la gente con sus canciones. Que le parecería soberbio. Eso tiene que ver con una forma de entender la música que cada vez escasea más en un contexto donde los artistas son también community managers, directores de marketing y productores de contenido. La canción sale y ya no es solo tuya. Eso puede dar vértigo o puede darte libertad. Parece que a él le da más lo segundo.
Lo que suena detrás de todo esto
Con la información disponible por ahora sobre el trabajo en solitario de Kiliki, lo que se puede decir es que ‘ILTZE 1’ plantea un espacio sonoro bastante alejado de lo que suele asociarse con la música en euskera. La electrónica convive con el dub, el reggae aparece sin que nadie lo haya pedido, el punk asoma cuando menos te lo esperas y el folklore vasco no actúa como ancla identitaria sino como un ingrediente más. Eso, con un humor que no busca caer bien, da como resultado algo que no encaja limpiamente en ninguna playlist de algoritmo.
La pregunta interesante no es solo cómo suena, sino dónde coloca esto al artista en una escena donde la música en euskera está en un momento de expansión real pero también de presión para sonar de determinada manera. Kiliki parece haber decidido no participar en esa negociación.
Lo que queda por ver de este proyecto
No hay anuncio de nuevo material en esta entrevista. No hay fecha, no hay single, no hay gira confirmada. Lo que hay es un artista que habla de TikTok con más lucidez que la mayoría de los que escriben sobre TikTok, y que de paso deja caer cómo piensa sobre la relación entre música, internet y la gente que escucha.
Lo que vale la pena vigilar ahora es qué viene después de ‘ILTZE 1’. Si el siguiente movimiento de Kiliki mantiene esa mezcla de géneros sin red de seguridad, y si el humor sigue siendo parte del sonido y no solo del discurso, este proyecto tiene recorrido real. La escena urbana en euskera necesita voces que no suenen todas igual. Por ahora, esta suena bastante diferente.
Fuente original: Kiliki: «TikTok no es solo bailecitos, la peña lo usa para ser ultracreativa».
