Luis Lapuente lleva años escribiendo su columna «La espuma de los días» en Efe Eme con una premisa que cada vez suena más urgente: ¿qué pasa con la historia de la música cuando nadie la enseña, nadie la busca y el algoritmo no tiene ningún incentivo para mostrarla? Su última entrega arranca con una pregunta que parece un chiste y termina siendo una denuncia. Le preocupa el mundo que vamos a dejarle a los Rolling Stones. Y tiene razón en preocuparse.

El texto tiene parada especial en Johnny Pate, arreglista y director musical que trabajó con Curtis Mayfield y que representa exactamente el tipo de figura que desaparece entre las grietas del relato popular de la música. No el nombre que todo el mundo conoce. El que hizo posible que ese nombre sonara como sonó.

Eso es lo que está en juego aquí. No si el trap es mejor o peor que el soul de los sesenta. Sino si vamos a seguir teniendo gente capaz de trazar esa línea entre lo que fue y lo que es.

Johnny Pate y el problema de los nombres que no caben en un meme

Johnny Pate no es un nombre que aparezca en las listas de Spotify de «Soul clásico». No tiene un documental de Netflix. No es viral. Es el tipo de músico que necesitas haber escuchado hablar a alguien que sabe, o haber leído a alguien que se tomó el tiempo de explicarlo, para llegar a él.

Arreglista de formación, trabajó en discos que definieron el sonido de Chicago en los sesenta y setenta. Su huella está en la producción de Curtis Mayfield, en esa manera de construir cuerdas y vientos que hacían que una canción de protesta sonara también como una canción de amor sin traicionar ninguna de las dos cosas. Ese equilibrio es difícil. Requiere oficio real, no intuición ni viralidad.

El problema es que ese tipo de oficio no tiene formato en 2025. No cabe en quince segundos. No genera engagement. Y cuando alguien como Lapuente lo rescata en una columna mensual de una publicación especializada, el alcance es el que es. Llega a quien ya estaba buscando algo así. No convierte a nadie nuevo.

Lo que se pierde cuando la memoria musical la gestiona un algoritmo

La columna de Lapuente no es nostalgia disfrazada de crítica cultural. Es algo más incómodo. Es el diagnóstico de un sistema que ha decidido, sin decirlo en voz alta, que la historia de la música vale menos que el contenido generado esta semana.

El streaming ha hecho accesible casi todo. Eso es real y es enorme. Pero accesible no es lo mismo que descubrible. Puedes tener a Johnny Pate en el catálogo de una plataforma y que sea completamente invisible para el noventa y nueve por ciento de sus usuarios porque ningún algoritmo tiene razón para recomendarlo. No hay datos de escucha recientes. No hay campaña de marketing. No hay momento cultural que lo empuje.

La IA no ayuda aquí, al menos no todavía de la manera que importa. Genera contenido sobre música a una velocidad que antes era imposible, pero genera contenido sobre lo que ya es conocido, sobre lo que ya tiene masa crítica de datos. Los nombres que no caben en un meme, los arreglistas que hicieron posible los discos que todo el mundo cita, esos se quedan fuera. O peor, se mencionan mal, sin contexto, como decorado.

El trap y el reguetón que menciona Lapuente en su columna no son el problema. Son el síntoma de algo más amplio. El problema es que hemos construido un ecosistema donde la profundidad histórica no tiene recompensa económica ni algorítmica, y eso tiene consecuencias reales sobre qué músicos del pasado sobreviven en la memoria colectiva y cuáles desaparecen.

Cuerdas, vientos y el oficio que no se improvisa

Hablar de Johnny Pate obliga a hablar de algo que la conversación musical contemporánea esquiva bastante, el arreglo como arte mayor. No la composición de la melodía principal, no la letra, sino la decisión de qué instrumentos entran, cuándo, con qué dinámica y en qué relación con la voz.

Los arreglos de Pate tienen una característica que es más fácil sentir que describir. Suenan generosos. Las cuerdas no compiten con la voz, la sostienen. Los vientos no decoran, articulan. Hay una inteligencia emocional en cómo construye la tensión y la resolución dentro de una canción que no es separable del impacto que esa canción tiene sobre quien la escucha.

Ese tipo de trabajo requiere años de formación, años de escucha activa, años de error y corrección. No es algo que se aprenda en un tutorial de producción en YouTube. Y ahí está otra de las fracturas que señala, sin nombrarlo directamente, el texto de Lapuente. La producción musical contemporánea tiene herramientas que antes eran inaccesibles para la mayoría. Eso es bueno. Pero las herramientas no transmiten el criterio para usarlas con la profundidad que tenía alguien como Pate.

Con la información disponible por ahora, la columna no entra en detalles técnicos de discos concretos. Lo que sí hace es señalar a Pate como ejemplo de una genealogía musical que merece más atención de la que recibe. La pregunta interesante no es solo cómo sonaba ese trabajo, sino qué se pierde cuando nadie lo estudia, nadie lo referencia y nadie lo enseña como punto de partida.

Lo que Lapuente escribe cada mes y lo que eso dice sobre quién queda

Columnas como «La espuma de los días» hacen un trabajo que el ecosistema digital no remunera bien y no amplifica fácilmente. Requieren tiempo, criterio y la disposición a escribir sobre algo que no va a generar el tráfico de una lista de las mejores canciones del verano.

Que eso siga existiendo en Efe Eme es relevante. Que llegue a quien llega es mejor que nada. Pero la pregunta que deja flotando el texto de Lapuente es si ese tipo de escritura musical tiene relevo, si hay una generación de críticos y periodistas dispuesta a hacer ese trabajo de excavación y contextualización cuando los que lo hacen ahora dejen de hacerlo.

Los Rolling Stones van a estar bien. Su catálogo no desaparece. Pero Johnny Pate, y los cientos de músicos como él que construyeron los cimientos de lo que hoy se llama música popular, esos sí corren el riesgo real de quedarse en un dato de Wikipedia sin contexto, sin historia y sin nadie que explique por qué importan. Eso es lo que hay que vigilar.

Fuente original: Me preocupa el mundo que vamos a dejarle a los Rolling Stones.

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