Trece años de silencio pesan mucho. Pesan sobre quienes esperan, sobre quienes mitifican, y también sobre quienes finalmente escuchan. Cuando Boards of Canada publicó Inferno en 2025, el acontecimiento en sí —el simple hecho de que el dúo escocés volviera a existir discográficamente— pareció eclipsar durante días cualquier valoración honesta del álbum. Y sin embargo, la música estaba ahí, con sus virtudes y sus límites, esperando ser escuchada sin el peso de la leyenda.

Qué ha pasado

Boards of Canada, el dúo formado por los hermanos Mike Sandison y Marcus Eoin, ha publicado Inferno, su primer álbum de estudio desde Tomorrow’s Harvest (2013). El disco, de aproximadamente 70 minutos de duración, explora conceptualmente el universo de la espiritualidad, las religiones y lo oculto, con referencias que van desde la Divina Comedia de Dante hasta muestras de audio de comunidades religiosas como los Children of God. La recepción ha sido profundamente polarizada: mientras buena parte de la prensa especializada ha otorgado calificaciones muy altas, la reacción en comunidades digitales ha sido más escéptica, y medios como The Guardian se han atrevido a suspenderlo. Según informa jenesaispop.com, el álbum también ha protagonizado episodios extramusicales llamativos, como su uso en los créditos de la película Backrooms o su apropiación con fines propagandísticos por parte de la Casa Blanca, algo que disgustó visiblemente al dúo.

El contexto que explica el titular

Boards of Canada construyeron su reputación a lo largo de los años noventa y dos mil con una propuesta que resultaba casi imposible de imitar: electrónica ambient y downtempo impregnada de una nostalgia analógica que sonaba a recuerdos de infancia levemente distorsionados, a documentales educativos en VHS, a tardes de verano vistas a través de un cristal sucio. Álbumes como Music Has the Right to Children (1998) o Geogaddi (2002) los convirtieron en referentes de la llamada hauntología musical, esa corriente que explora los fantasmas del pasado cultural como materia prima estética. Su influencia sobre una generación entera de productores electrónicos es innegable. Pero esa misma influencia construye una trampa: cuando un artista se convierte en referente de un sonido, cualquier nuevo trabajo se mide inevitablemente contra la versión idealizada que el tiempo ha construido de su obra anterior. A eso se añade que trece años de ausencia alimentan una expectativa que ningún disco podría satisfacer del todo.

La pregunta de fondo

¿Puede un artista de culto escapar de su propio mito? Esta es, en el fondo, la pregunta que Inferno plantea sin querer. La división de opiniones en torno al álbum no es simplemente un desacuerdo estético: es el síntoma de algo más complejo. Una parte del público escucha Inferno y encuentra sofisticación, profundidad conceptual, un world-building coherente de 70 minutos. Otra parte escucha los mismos sonidos y percibe desarrollos planos, samples que no terminan de volverse enigmáticos, una familiaridad que bordea el reciclaje. Ambas lecturas son sinceras. Lo que cambia es el umbral de exigencia, y ese umbral lo fija, en buena medida, el peso de la leyenda previa. El sesgo retrospectivo —la tendencia a considerar automáticamente valiosa una obra por el simple hecho de que tardó mucho en llegar— es uno de los mecanismos más poderosos y menos discutidos en la crítica musical contemporánea. Inferno lo activa con una eficacia casi involuntaria.

Una lectura musical

Escuchado con cierta distancia del ruido mediático, Inferno es un álbum que contiene momentos genuinamente hermosos y tramos que no terminan de justificar su propia duración. La apertura con Prophecy at 1420 MHz, que combina trip-hop oscuro con cuerdas de resonancia oriental, establece una tensión que el disco no siempre sabe mantener. Hay destellos de la mejor hauntología de Boards of Canada en pistas como Naraka, con su sample de canto Hare Krishna, o en la atmósfera de memoria lejana de The Process. La incorporación de guitarras con estética post-punk y gótica en algunos cortes representa quizá la novedad tímbrica más interesante del álbum. Sin embargo, composiciones como Hydrogen Helium Lithium Leviathan o Arena Americanada transitan con una languidez que no genera tensión ni misterio, sino simple indiferencia. Los samples —uno de los elementos más celebrados por los fans, que los rastrean con devoción detectivesca— funcionan a veces como verdaderos disparadores de extrañeza, y otras como capas decorativas sin mayor profundidad. El resultado es un álbum que suena inconfundiblemente a Boards of Canada, lo cual es simultáneamente su mayor virtud y su límite más evidente.

Lo que conviene observar ahora

Más allá del debate sobre si Inferno es o no una obra maestra, lo que merece atención es el patrón que rodea su recepción. Vivimos un momento en que la crítica especializada y la opinión de las comunidades digitales divergen con una frecuencia creciente, y ese desacuerdo rara vez se analiza con calma. En el caso de Boards of Canada, la polarización dice tanto sobre el estado actual de la escucha como sobre el propio disco. Conviene seguir observando cómo evoluciona la percepción de Inferno con el paso de los meses, cuando el ruido del lanzamiento se disipe y quede solo la música. Algunos álbumes mejoran con el tiempo; otros revelan sus costuras. Y esa espera, en el fondo, es parte de lo que hace interesante escuchar con honestidad.

Fuente original: Boards of Canada / Inferno.

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