Aaron Sorkin lleva dieciséis años cargando con el peso de haber escrito La red social. La película que Fincher dirigió en 2010 sobre los orígenes de Facebook sigue siendo una de las mejores de ese decade, y no precisamente por casualidad. Ahora Sorkin da el paso de ponerse detrás de la cámara con El precio de la red, una película que no es secuela pero que conversa directamente con aquella. El resultado es lo que pasa cuando alguien con un talento extraordinario para escribir diálogos decide que también puede controlar todo lo demás. A veces funciona. A veces, no.

La historia arranca en 2019 y se extiende hasta 2022. Su protagonista es Frances Haugen, ingeniera y científica de datos de Facebook, que decidió filtrar documentos internos de la compañía a un periodista del Wall Street Journal. Lo que esos documentos revelaban no era ninguna sorpresa para quien hubiera prestado atención, pero verlo documentado era otra cosa. El algoritmo de Facebook favorece el contenido que enfurece. La rabia engancha más que la calma. Y esa lógica lleva a usuarios hacia comunidades extremistas con una eficiencia aterradora. Además, la película expone el daño que las redes sociales de Zuckerberg causan en la salud mental de adolescentes. No es material menor. El problema es que Sorkin no siempre sabe qué hacer con él.

Dieciséis años después de Fincher, el mismo Facebook y otro director

Cuando La red social se estrenó, Facebook tenía 500 millones de usuarios y la película llegó en el momento exacto en que el mundo empezaba a preguntarse qué había construido realmente Zuckerberg. Fincher convirtió ese material en un thriller frío, casi clínico, con una banda sonora de Trent Reznor y Atticus Ross que sonaba como el interior de una mente que no descansa nunca. El resultado fue una película que envejeció mejor de lo que nadie esperaba.

Sorkin escribió aquel guion pero no dirigió. Aquí dirige, y la diferencia se nota. No porque sea un mal director en términos absolutos, sino porque su forma de entender el cine sigue siendo fundamentalmente teatral. Los planos-contraplanos se acumulan. Los detalles evidentes se subrayan cuando no hace falta. Hay escenas, como la conversación que la protagonista escucha en un restaurante o la secuencia de apertura, donde el guion hace el trabajo de forma demasiado obvia, como si el público necesitara que le explicaran lo que acaba de ver. Eso, en una historia sobre manipulación algorítmica y poder corporativo, es una contradicción que duele.

Lo que Jeremy Strong no puede hacer y Mikey Madison sí

El reparto es donde la película se juega buena parte de su credibilidad, y los resultados son dispares. Jeremy Strong interpreta a Mark Zuckerberg, tomando el relevo de Jesse Eisenberg, y el problema no es su actuación sino lo que el guion le pide. O más bien lo que no le pide. Su Zuckerberg aparece con una seriedad casi exagerada, ocupa espacio en pantalla y luego desaparece sin haber movido nada en la trama. Podría no estar y la película sería prácticamente la misma. Eso, para un personaje que es el centro gravitacional de toda la historia, es un fallo estructural serio.

Donde la película respira es en la relación entre Frances Haugen, interpretada por Mikey Madison con una precisión que no admite discusión, y el periodista Jeff Horwitz, al que Jeremy Allen White da vida con solvencia. Esa dinámica, esa tensión entre alguien que sabe demasiado y alguien que necesita probarlo, es el corazón real del film. Cuando la cámara se queda ahí, El precio de la red funciona. Cuando se va a otro lado, el pulso baja.

El algoritmo como villano y el problema de hacerlo visible

Hay algo complicado en intentar llevar al cine el funcionamiento de un algoritmo. No tiene cara. No tiene voz. No entra en escena con música de amenaza. Su daño es acumulativo, invisible en tiempo real y devastador a largo plazo. Eso es exactamente lo que hace tan difícil dramatizarlo, y también lo que hace tan interesante el intento de Sorkin.

El guion encuentra algunas formas inteligentes de mostrar ese daño sin recurrir a lo más fácil. Los diálogos, que siguen siendo lo mejor que Sorkin sabe hacer, tienen ese ritmo endiablado que ya conocemos de El ala oeste de la Casa Blanca o de la propia La red social. Las conversaciones avanzan rápido, se superponen, obligan a estar atento. En esos momentos, la película no necesita puesta en escena elaborada porque la escritura ya está haciendo todo el trabajo. El problema es que eso también delata que la dirección no está añadiendo nada. Las escenas funcionan a pesar de la cámara, no gracias a ella.

Con una puesta en escena más imaginativa, con alguien que hubiera encontrado un lenguaje visual para lo que el guion describe, esta podría haber sido una película considerable. Así, es una película correcta con momentos brillantes y una estructura que sabotea su propio potencial.

Lo que queda cuando termina y lo que todavía falta por resolver

Con todos sus defectos, El precio de la red no es una película desdeñable. Es un documento sobre un momento concreto, sobre una decisión concreta de una persona concreta que decidió que revelar la verdad valía más que el trabajo y la seguridad. Eso tiene peso. Y en un momento en que los algoritmos de las plataformas siguen funcionando exactamente igual que la película describe, ese peso no es pequeño.

La pregunta que queda flotando no es si Sorkin mejorará como director, aunque eso también es relevante. Es si alguien en Hollywood tiene ganas de seguir haciendo este tipo de películas. Las que incomodan a plataformas que son, a la vez, el principal canal de distribución del cine actual. Las que señalan con nombre y apellido a empresas que tienen más dinero que muchos países. El precio de la red existe, y eso ya dice algo. Lo que dice exactamente depende de cuánta gente decida verla y de qué haga con lo que ve.

Fuente original: ‘The Social Reckoning’: Sorkin plantea un tema fascinante de forma irregular.

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