Lady Gaga tuvo una hija por gestación subrogada. La noticia llegó, y con ella llegó la tormenta. Cientos de comentarios en Instagram, foros donde gente que comparte ideas terminó insultándose, y una pregunta que se quedó flotando entre todo ese ruido. ¿Cancelamos a Lady Gaga?

La respuesta corta es no. La respuesta larga es lo que me interesa escribir aquí.

Antes de entrar en el argumento, quiero dejar claro algo. La crítica a la gestación subrogada tiene peso real. No es histeria ni exageración. La periodista Kajsa Ekis Ekman lo documentó con rigor en The Guardian en 2016, señalando la desigualdad estructural que hay detrás, la explotación hacia mujeres en situaciones de vulnerabilidad económica, los casos de gestantes que murieron durante el proceso, los bebés rechazados por tener malformaciones. Es un debate serio, con argumentos serios, y reducirlo a una cuestión de progres mojigatos o de derechas retrógrados es exactamente el tipo de simplificación que nos tiene donde estamos.

Quince años dando la cara cuando nadie más lo hacía

Hace falta recordar quién es Lady Gaga antes de tirarla por la borda. En 2011, cuando prácticamente ningún artista mainstream tocaba el tema, fue la primera persona en introducir la transexualidad en un número uno en Estados Unidos. No de manera tangencial. De frente. Eso tuvo un coste, y lo asumió.

Se opuso al «don’t ask, don’t tell» del ejército estadounidense cuando esa postura no era cómoda ni rentable. Criticó la política migratoria de Trump, clamó contra el ICE, y en el mitin final de Kamala Harris en 2024 subió al escenario mientras Bruno Mars, The Weeknd y decenas de superestrellas miraban hacia otro lado para no perder fans. Trump ya le había lanzado un aviso en 2020, «sé muchas cosas de Lady Gaga», que era exactamente lo que parece. Una amenaza. Ella siguió adelante.

Este año, cuando Bad Bunny le ganó el Grammy a Álbum del Año, ella lo celebró públicamente. No por perder bien, sino porque entendió que ese momento era importante para visibilizar a la comunidad latina en un país que lleva meses persiguiéndola. Eso no es un gesto pequeño. Eso es saber leer el momento.

Lo que pasa cuando exigimos coherencia total a nuestros aliados y no a los nuestros

Aquí está el problema real. La derecha y la ultraderecha avanzan sin dilema moral. Votan contra el aborto y abortan. Votan contra el matrimonio gay y hacen uso de él. No hay contradicción que les frene porque no les importa la coherencia, les importa el poder. Mientras tanto, en el lado progresista seguimos esperando que nuestros ídolos estén de acuerdo con nosotros en absolutamente todo, sin que falte ni una causa, sin perdonar ni un error.

Si Nicki Minaj, que acaba de declarar públicamente que Trump le parece «muy gracioso» y que «le encanta», hubiera tenido un hijo por gestación subrogada, la noticia habría durado dos minutos en primera plana. Porque de ella nadie espera otra cosa. El choque con Lady Gaga es mayor precisamente porque nos había acostumbrado a estar en el lado correcto. Y eso, paradójicamente, es lo que hace que la reacción sea tan desproporcionada.

No conozco sus razones. Nadie las conoce del todo. Lo que sí sé es que vive en un país gobernado por alguien que ha dicho públicamente que a las mujeres hay que «agarrarlas del coño», que califica la violencia de género como «pequeña pelea conyugal, no un crimen», y que retira fondos para la transición de género. Ese es el contexto. Ese es el mundo en el que Lady Gaga toma sus decisiones, y en el que nosotros tomamos las nuestras.

Una artista construida sobre la disidencia, no sobre la perfección

Lady Gaga no es un símbolo de pureza ideológica. Nunca lo fue. Es una artista que desde «The Fame Monster» hasta «Chromatica» ha trabajado el dolor, la rareza, la identidad fragmentada, la presión de ser observada constantemente. Su música siempre ha hablado de sobrevivir en un mundo que no te quiere tal como eres. Eso no es marketing. Está en cada producción, en cada decisión estética, en la manera en que construyó Little Monsters como comunidad antes de que esa palabra se convirtiera en herramienta de fidelización algorítmica.

Con la información disponible por ahora, no sabemos qué dirección musical tomará su siguiente movimiento. Lo que sí se puede decir es que su trayectoria artística y su trayectoria activista han estado entrelazadas de una manera que pocos artistas de su escala han sostenido durante tanto tiempo. La pregunta interesante no es solo si su próximo disco será bueno, sino si esta controversia va a afectar a la relación con una base de fans que en muchos casos la eligió precisamente por sentirse representada.

Lo que hay que vigilar ahora mismo

El debate sobre la gestación subrogada no va a desaparecer. Ni debería. Es una conversación necesaria sobre explotación, desigualdad y derechos que merece más rigor del que suele recibir en redes sociales, donde el formato favorece el insulto sobre el argumento.

Lo que también hay que vigilar es si esta cancelación prospera, y qué dice eso sobre cómo gestionamos las alianzas en un momento político que no admite muchos lujos. Las redes están diseñadas para premiar la indignación. Los posts que generan rabia llegan más lejos. Y en ese ecosistema, perder a alguien que ha dado la cara repetidamente, que se ha jugado fans y contratos por causas concretas, es un coste que habría que calcular antes de pagarlo.

No es defender todo lo que hace. Es saber distinguir entre un error y una traición. Y es preguntarse, con honestidad, si en el mundo que tenemos ahora mismo nos podemos permitir confundir las dos cosas.

Fuente original: Por qué no voy a cancelar a Lady Gaga.

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