Rodrigo Sorogoyen estrena El ser querido y lo hace sin red. La película arranca con una secuencia rodada con cámaras ocultas que pone al espectador en un lugar incómodo desde el primer minuto, ese sitio donde no sabes muy bien si estás viendo ficción o algo demasiado real. Un director de cine con un largo historial de excesos y violencia. Su hija, actriz, que trabaja de camarera. Un reencuentro que nadie quería y que no puede evitarse. Eso es el punto de partida, y ya es suficiente para que la película no te suelte.

La coincidencia con Valor sentimental, estrenada también en 2025, es llamativa, dos películas que arrancan de una relación paternofilial rota como eje central. Sorogoyen lo sabe y no lo esquiva. Lo que hace es ir más lejos, mezclar ese drama íntimo con la crónica de un rodaje, y convertir el set de cine en un escenario de relaciones de poder donde el genio creativo y el abuso conviven sin que nadie se atreva a nombrar lo que está pasando.

El mito del enfant terrible y lo que esconde detrás

Durante décadas, la industria cultural construyó una figura muy concreta, el creador excesivo, imprevisible, difícil. Klaus Kinski destrozando un plató. Fassbinder sometiendo a su equipo a humillaciones sistemáticas. Lars von Trier empujando a sus actrices hasta el límite. Todo eso se empaquetó como genialidad, como el precio necesario de hacer arte de verdad. Una narrativa cómoda para los que ejercían el poder y devastadora para los que lo sufrían.

El ser querido entra de lleno en ese territorio. El protagonista es exactamente ese tipo de figura, un director acostumbrado a que nadie le lleve la contraria, que presume de progresista y comprometido mientras se comporta como un tirano. Sorogoyen no lo retrata como un monstruo de película de terror, lo cual sería demasiado fácil. Lo retrata como algo más perturbador, un hombre que se cree sus propias contradicciones.

Javier Bardem y Victoria Luengo cargan con ese peso y lo hacen sin que se note el esfuerzo, que es cuando la dirección de actores funciona de verdad.

Lo que separa una buena película de una gran secuencia

Hay una escena en El ser querido que ya se está comparando con la del bar en As bestas (2022), y la comparación tiene sentido. Es la repetición de una toma que no sale, que se complica, que acumula tensión hasta que la sala aguanta la respiración. Sorogoyen demuestra ahí que sabe exactamente dónde poner la cámara, cuánto tiempo sostener un plano y cuándo cortar.

La otra secuencia que define la película es la del coche, mientras suena La noche eterna, de Él Mató a un Policía Motorizado. Una canción argentina de rock independiente que aparece en el momento exacto en que la culpa y el resentimiento entre padre e hija alcanzan su punto más crudo. No es un uso decorativo de la música. Es la música haciendo el trabajo que el diálogo no puede hacer.

La partitura de Olivier Arson, con ecos claros de Georges Delerue y de El desprecio (1963), otra película ambientada en un rodaje, cierra el círculo al final como una rima que no avisó de que estaba construyéndose.

La música dentro del cine dentro del cine

Hablar de El ser querido sin hablar de cómo usa el sonido y la música sería quedarse a medias. Sorogoyen trabaja en la tradición de La noche americana (1973) y de Atención a esa prostituta tan querida (1971), donde Fassbinder ya retrataba a un equipo sometido a los caprichos de un director despótico. El set como microcosmos de relaciones de poder tiene una larga historia en el cine, y la banda sonora siempre ha sido parte de cómo esas películas marcan sus momentos de quiebre emocional.

La elección de Él Mató a un Policía Motorizado no es casual ni gratuita. Es una banda con una estética muy concreta, melancólica, nocturna, que viene del rock independiente rioplatense y que en España tiene una presencia creciente entre cierto público. Usarla en una escena clave de una película española de este calibre dice algo sobre cómo Sorogoyen construye sus referencias y a quién le está hablando.

Donde la película flaquea un poco, y el propio análisis de la fuente lo señala con honestidad, es en el uso de recursos formales, mezcla de formatos, texturas, alternancia entre color y blanco y negro, cuyo sentido no termina de quedar claro. No arruinan nada, pero sí añaden una capa de artificiosidad que la película no necesitaba.

Lo que viene después de una película así

Si El ser querido es lo que apunta a ser, una de las películas españolas del año, el siguiente movimiento interesante es ver cómo se posiciona en el circuito de festivales y en la conversación sobre el cine español de 2026. El artículo de referencia ya la coloca junto a La bola negra como parte de un posible trío de ases, siguiendo el patrón de lo que ocurrió en 2025 con Los domingos, Sirat y Romería.

La pregunta real no es si Sorogoyen ha hecho una buena película. La pregunta es si el cine español está en un momento en que puede sostener este nivel de forma consistente, o si estos destellos siguen siendo excepciones dentro de una industria que todavía lucha por encontrar su sitio entre el streaming y la sala. El ser querido es el tipo de película que necesita pantalla grande para que esa secuencia del coche con Él Mató de fondo haga lo que tiene que hacer. Eso también cuenta.

Fuente original: ‘El ser querido’: Sorogoyen emociona con las heridas de una paternidad rota.

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