Hay discos que llegan con el peso de una expectativa y acaban siendo otra cosa, algo más incómodo y más verdadero. Confessions II es, en apariencia, la secuela de uno de los álbumes de baile más celebrados del siglo XXI. Pero en cuanto empieza a sonar, queda claro que Madonna no ha vuelto para repetirse: ha vuelto para ajustar cuentas, con el mundo, con su familia, con su historia y consigo misma. Y lo ha hecho, de forma deliberada y casi paradójica, desde la pista de baile.
Qué ha pasado
Madonna ha publicado Confessions II, un nuevo álbum que retoma el título y el espíritu dance de su entrega de 2005, pero que amplía considerablemente su alcance emocional y su ambición sonora. Según la reseña publicada en Jenesaispop, el disco aborda temas tan personales como la muerte de su hermano Christopher Ciccone, la relación con su hija Lourdes Leon —con quien comparte un dueto de carga terapéutica notable—, su vínculo con las redes sociales, su madrastra y figuras del pasado como Sean Penn. Musicalmente, el proyecto se adentra en el techno, el trance, el piano house, el drum and bass y el funk, con colaboraciones que incluyen a Arca, Feid, Martin Garrix, Stromae y Sabrina Carpenter, entre otros, y con Stuart Price y Andrew Watt como co-productores principales.
El contexto que explica el titular
El primer Confessions on a Dancefloor fue, en 2005, una operación de rescate brillante. Madonna llevaba años navegando entre la espiritualidad del Ray of Light, la provocación de Erotica y la ambición global de Music. El disco de 2005 la devolvió a las listas, a los clubs y a la conversación popular con una fórmula aparentemente sencilla: mezclas continuas, referencias a Giorgio Moroder y una energía que recordaba a los mejores momentos del Eurodisco. Funcionó tan bien que durante dos décadas ha permanecido como uno de sus trabajos más queridos. Ahora, con casi cuarenta años de carrera, Madonna regresa a ese título desde una posición radicalmente distinta: ya no necesita demostrar que sabe bailar, sino que sabe vivir, y que ambas cosas pueden ocurrir en el mismo espacio. El contexto de la industria también importa: la artista vuelve a tener una relación directa con Warner, lo que parece haber dotado al proyecto de una coherencia artística y visual que sus últimos años no siempre tuvieron.
La pregunta de fondo
¿Puede la música de baile sostener el peso de la confesión real? Esa es, en el fondo, la pregunta que Confessions II lanza al aire. Durante décadas, el dance ha sido percibido como un género de superficie, de evasión, de cuerpos en movimiento que no piensan demasiado. Madonna ya intentó desmontar ese prejuicio en 2005, aunque con resultados más formales que íntimos. Ahora la pregunta regresa con más urgencia: ¿es posible hablar de duelo, de culpa materna, de amor roto y de libertad personal desde el bombo de cuatro tiempos? ¿O la pista de baile sigue siendo, en última instancia, un lugar donde se va a olvidar en lugar de a recordar? El disco parece apostar por una tercera vía: que bailar y confesar no son actos opuestos, sino complementarios. Que la comunidad que se forma en un club —esa «seguridad en los números» que canta en I Feel So Free— puede ser el espacio más honesto para decir lo que en ningún otro lugar se dice.
Una lectura musical
Lo más llamativo del álbum, desde un punto de vista estrictamente sonoro, es su negativa a quedarse quieto. No es un disco de nostalgia, aunque esté lleno de memoria. La referencia a Giorgio Moroder en I Feel So Free no es un homenaje perezoso: es un punto de partida desde el que el disco se aleja rápidamente hacia territorios más ásperos y contemporáneos. El techno de Good for the Soul o One Step Away, el trance de Everything, el drum and bass de The Test —donde Arca aporta una textura que, según la crítica, debería haber recorrido todo el álbum— hablan de una artista que escucha lo que ocurre ahora mismo en las cabinas y los festivales, no solo lo que ocurrió en la Danceteria de los años ochenta. Y sin embargo, esa discoteca neoyorquina aparece como canción propia, Danceteria, que es quizás el momento más singular del disco: funk sucio, guitarra de Andrew Watt, citas a Basquiat, Keith Haring y Lou Reed, y una Madonna que suena más libre que en cualquier otro instante de su carrera reciente. En el otro extremo, L.E.S. Girl desnuda todo ese aparato productivo para quedarse con una guitarra, un teclado lo-fi y una caja de ritmos casi ridícula. El contraste es deliberado y funciona: demuestra que la vulnerabilidad no necesita producción para sostenerse.
Lo que conviene observar ahora
En los próximos meses habrá que prestar atención a cómo este disco se instala —o no— en la cultura popular más allá de los círculos de fans. Confessions II es un trabajo que exige escucha activa en una era de consumo fragmentado, y eso siempre es un riesgo calculado. También será interesante ver cómo reacciona el público más joven ante un álbum que mezcla referencias generacionales muy distintas, desde la Danceteria hasta Feid o Sabrina Carpenter. Pero sobre todo, conviene seguir la conversación que este disco abre sobre lo que significa envejecer en público, sobre la posibilidad de reparar vínculos rotos a través de una canción, y sobre si la música de baile puede ser, al mismo tiempo, el género más colectivo y el más íntimo que existe. Madonna parece convencida de que sí. Y este disco, en sus mejores momentos, casi lo demuestra.
Fuente original: Madonna / Confessions II.
