Hay declaraciones que duelen precisamente porque contienen una verdad a medias. Linda Perry, compositora de canciones que definieron una época —y voz inconfundible detrás de éxitos para Christina Aguilera o P!nk—, ha lanzado una crítica a Madonna que mezcla admiración genuina con una condescendencia difícil de ignorar. El resultado es uno de esos titulares que invitan a detenerse, no tanto por el escándalo, sino por la pregunta que esconden: ¿tiene límites el derecho de una artista a seguir siendo contemporánea?

Qué ha pasado

Durante la promoción de su nuevo álbum Let It Die Here, Linda Perry ha concedido varias entrevistas en las que no ha escatimado en opiniones sobre sus colegas. Entre sus objetivos recientes está Madonna, sobre quien Perry afirma que ha dejado de liderar para limitarse a seguir tendencias. Según Perry, Madonna estaría obsesionada en competir con artistas como Charli xcx en lugar de apostar por un sonido más despojado y auténtico. La compositora llega a imaginar un disco hipotético para Madonna —con cuerdas, sin autotune, interpretable en el Carnegie Hall— y reconoce que le gustaría, en sus propias palabras, «meterla en un estudio y despertarla». Al mismo tiempo, Perry admite que Madonna nunca aceptaría ese proyecto y que existe una espina clavada entre ambas: la artista de Detroit estuvo cerca de grabar Get the Party Started, el hit de P!nk compuesto por Perry, pero finalmente no lo hizo. La información procede de jenesaispop.com.

El contexto que explica el titular

Madonna lleva más de cuatro décadas navegando —y muchas veces provocando— los cambios de la cultura pop. Su capacidad para anticipar tendencias fue durante años una de sus señas de identidad más celebradas. Sin embargo, desde Madame X (2019), un disco que apostó por el kuduro, el fado y el reggaeton con una coherencia artística real, su relación con la vanguardia ha generado lecturas más ambivalentes. La gira que siguió a ese álbum fue interrumpida por la pandemia y retomada años después con una producción monumental que volvió a dividir opiniones. Mientras tanto, el pop ha vivido una aceleración brutal: los ciclos de tendencias se comprimen, los algoritmos recompensan la inmediatez y artistas como Charli xcx han redefinido lo que significa ser experimental dentro del mainstream. En ese contexto, cualquier artista de la generación de Madonna enfrenta una trampa de doble filo: si sigue las tendencias, se la acusa de forzada; si las ignora, se la tilda de irrelevante.

La pregunta de fondo

Lo más revelador de las palabras de Perry no es la crítica musical en sí, sino el molde en el que la enmarca. Sugerir que Madonna debería hacer música para interpretar «sentada ante un público elegante en el Carnegie Hall» no es solo una propuesta estética: es una forma de decirle a una mujer de 67 años cuál es el lugar que le corresponde. Esa lógica —la de que ciertas edades exigen ciertos géneros, ciertos escenarios, cierta contención— es exactamente la que Madonna ha combatido durante toda su carrera. La pregunta de fondo es más amplia y más incómoda: ¿seguimos aplicando criterios distintos a las artistas mayores cuando se niegan a envejecer dentro de los márgenes que la industria les asigna? ¿Es la crítica a Madonna una lectura honesta de su obra reciente o una proyección sobre lo que «debería ser» a su edad? Ambas cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo, y esa tensión es precisamente lo que hace el debate interesante.

Una lectura musical

Perry tiene razón en un punto concreto: la obra reciente de Madonna ha seguido corrientes en lugar de crearlas. Pero conviene matizar. Madame X fue un disco genuinamente arriesgado, grabado en Lisboa con músicos de escenas locales, con una producción densa y una voluntad de incomodar que no encajaba en ningún formato radiable. No era un álbum de tendencias; era, en muchos sentidos, el disco más periférico de su carrera. La propuesta de Perry —cuerdas, voz desnuda, acústica— tiene su propia belleza, y no es descabellado imaginar a Madonna en ese registro. Pero reducir la voz de una artista a sus «defectos» que hay que «sacar a la luz» dice tanto sobre la filosofía de producción de Perry como sobre Madonna. Hay una diferencia entre reivindicar la vulnerabilidad vocal y convertirla en el único valor posible para una mujer que lleva décadas usando la producción como lenguaje expresivo. El autotune, los efectos, la densidad electrónica no son necesariamente máscaras: pueden ser elecciones. La pregunta musical real es si esas elecciones responden a una visión o a un miedo, y eso es algo que solo Madonna —y quizás sus colaboradores más cercanos— puede responder.

Lo que conviene observar ahora

Perry ha dejado claro que esta colaboración soñada no ocurrirá, al menos no en el clima actual. Pero el debate que ha abierto —sin proponérselo del todo— es uno que merece seguimiento. Madonna se encuentra en un momento de su carrera en el que cada movimiento es leído con una lupa que mezcla devoción, nostalgia y una exigencia que rara vez se aplica a sus contemporáneos masculinos. Lo que haga a continuación —si apuesta por la experimentación, por la accesibilidad o por algo inesperado— será interpretado a través de ese filtro. Y las voces como la de Perry, con toda su ambigüedad, forman parte del ruido que rodea esa decisión. Vale la pena estar atentos, no para juzgar el resultado, sino para entender qué nos dice sobre cómo seguimos pensando el envejecimiento, la autoría y el poder en la música popular.

Fuente original: Linda Perry carga contra Madonna: «Ya solo sigue modas».

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