Hay artistas que regresan y hay artistas que se reinventan. Y luego está Kesha, que parece haber encontrado algo más difícil de conseguir que cualquiera de las dos cosas: volver a habitarse. Su nuevo single, Origami, llega como una declaración de intenciones ruidosa, distorsionada y deliberadamente excesiva. Pero debajo del caos electrónico y la coreografía provocadora hay una pregunta más quieta, más personal: ¿qué significa recuperar el propio cuerpo después de haberlo perdido, aunque sea simbólicamente?

Qué ha pasado

Kesha acaba de publicar Origami, su nuevo single dentro de su etapa como artista independiente. Según recoge jenesaispop.com, la canción se mueve en territorios próximos al synthpunk y al electroclash de principios de los años 2000, aunque conserva un estribillo diseñado para el canto colectivo que delata su pasado en el electropop de masas. La letra, deliberadamente delirante, mezcla referencias a la cultura japonesa con imágenes absurdas y sexuales sin aparente lógica narrativa. El videoclip, por su parte, recurre a una coreografía de poses sexuales simuladas y convierte la figura del origami en una metáfora de doble sentido. La propia Kesha ha señalado que Origami es su primera experiencia bailando de forma protagonista en un vídeo desde Die Young, y que esa experiencia anterior no fue positiva. Con este lanzamiento, según sus propias palabras, busca reapropiarse de aquel momento y celebrar que su cuerpo le pertenece.

El contexto que explica el titular

Para entender Origami hay que entender la trayectoria reciente de Kesha, que no es sencilla ni lineal. Durante años estuvo atrapada en una batalla legal que la mantuvo vinculada a una discográfica de la que quería separarse, un proceso que paralizó su carrera y que tuvo un coste personal evidente. Cuando por fin logró operar con mayor libertad, lanzó Joyride, un single que se convirtió en pequeño fenómeno viral por su energía desatada y su estética deliberadamente extravagante. Más tarde publicó un álbum titulado con un simple punto, una elección tipográfica que, más allá de la anécdota, funcionaba como gesto de autonomía. En ese contexto, Origami no es una rareza: es la continuación lógica de una artista que ha decidido que la libertad creativa vale más que la legibilidad comercial inmediata. El electroclash y el synthpunk que habitan la canción no son géneros nuevos, pero sí son géneros que históricamente han servido de refugio para voces que no encajaban en los moldes del pop convencional.

La pregunta de fondo

La declaración de Kesha sobre el videoclip abre una reflexión que va más allá de la música: ¿puede un videoclip ser un acto terapéutico? ¿Puede la performance pública funcionar como restitución privada? Hay algo inquietante y al mismo tiempo hermoso en la idea de que una artista necesite grabar una coreografía ante cámaras para sentir que recupera algo que le fue arrebatado. La industria musical lleva décadas usando los cuerpos de sus artistas como material de marketing, y pocas veces se pregunta qué queda de esos cuerpos cuando el contrato termina. Kesha no es la primera en señalarlo, pero sí es una de las pocas que lo hace con esta mezcla de ironía, ruido y vulnerabilidad simultánea. La pregunta de fondo, entonces, no es si Origami es una buena canción, sino si el pop puede ser, además de entretenimiento, un espacio de restitución genuina.

Una lectura musical

Musicalmente, Origami apuesta por una producción densa y deliberadamente áspera, llena de texturas distorsionadas que recuerdan al electroclash que artistas como Peaches o Chicks on Speed popularizaron a principios de los 2000. Es un sonido que incomoda ligeramente, que no busca la suavidad ni la inmediatez radiofónica, y que en ese rechazo encuentra su propia coherencia estética. Sin embargo, el estribillo coreabl revela que Kesha no ha abandonado del todo su instinto para el pop de estadio: sabe cuándo soltar la tensión y ofrecer al oyente un punto de anclaje melódico. La letra, con su mezcla de referencias japonesas, imágenes del Kamasutra y rimas que parecen surgir por asociación libre, funciona como texto dadaísta más que como canción convencional. Eso puede leerse como debilidad narrativa o como libertad total, dependiendo de lo que uno espere de una canción pop en 2025. Lo que resulta innegable es la actitud: Kesha suena como alguien que ya no tiene nada que demostrar y que, precisamente por eso, puede permitirse cualquier cosa.

Lo que conviene observar ahora

El verdadero interés de este momento en la carrera de Kesha no está solo en Origami como canción aislada, sino en lo que este single sugiere sobre la dirección de su próximo proyecto. Si el álbum del punto fue una declaración de independencia, y Joyride fue la prueba de que esa independencia podía generar conexión real con el público, Origami parece empujar el experimento hacia territorios más arriesgados y menos conciliadores. Vale la pena seguir de cerca si Kesha consolida esta estética más abrasiva o si el siguiente movimiento busca un equilibrio diferente. También conviene observar cómo reacciona su audiencia: si los oyentes que la siguieron en su etapa más mainstream están dispuestos a acompañarla hacia un sonido más incómodo, o si Origami termina siendo un gesto admirado por unos pocos y ignorado por muchos. En cualquier caso, pocas historias en el pop actual resultan tan genuinamente interesantes como la de una artista que usa cada lanzamiento para negociar, en público, su propia identidad.

Fuente original: ‘Origami’ es el nuevo delirio electropop de Kesha.

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