Walter Parazaider murió el 17 de junio a los 81 años, víctima del Alzheimer que le fue diagnosticado en 2021. Con él desaparece uno de los arquitectos sonoros más importantes del rock con viento de los años setenta: el hombre que, junto a un puñado de músicos de Chicago, Illinois, imaginó que una banda de rock podía sonar como una orquesta sin dejar de ser salvaje.
Parazaider nació el 14 de marzo de 1945 en Maywood, Illinois. En 1967, junto a Lee Loughnane, James Pankow, Robert Lamm, Peter Cetera, Danny Seraphine y Terry Kath, fundó lo que con el tiempo se convertiría en Chicago, una de las bandas más influyentes y más vendidas de la historia del rock estadounidense. El saxofón de Parazaider no era un adorno: era parte estructural del sonido que definió a la banda desde el primer acorde.
Su muerte no es solo la pérdida de un músico. Es el cierre de un capítulo que muchos oyentes jóvenes desconocen, pero que vive en cada canción de rock que se atrevió a incorporar vientos de manera orgánica, sin sonar a pastiche ni a experimento forzado.
Contexto de la noticia
Chicago se formó en una época en que el rock buscaba expandirse más allá de la guitarra eléctrica como único lenguaje posible. A finales de los sesenta, bandas como Blood, Sweat & Tears también exploraban la fusión entre jazz, soul y rock, pero Chicago lo hizo con una identidad propia que se fue afinando álbum a álbum.
Parazaider fue el impulso original detrás de esa visión. Estudió música clásica y tenía formación en clarinete y saxofón antes de que el rock le abriera otra puerta. Esa doble formación, la disciplina académica y el instinto de la música popular, es lo que le permitió construir arreglos de viento que no sonaban improvisados ni forzados, sino inevitables.
La banda debutó en 1969 con un álbum doble que ya anunciaba sus ambiciones. Durante los años setenta, Chicago acumuló una serie de éxitos que combinaban la energía del rock con la sofisticación armónica del jazz y la fuerza emocional del soul. Canciones como «25 or 6 to 4» o «Does Anybody Really Know What Time It Is?» mostraban que era posible hacer música compleja sin sacrificar el gancho.
Con el paso de los años, la banda fue virando hacia un sonido más orientado al pop y las baladas, especialmente tras la llegada de Peter Cetera como figura central. Ese giro comercial les dio algunos de sus mayores éxitos en los ochenta, pero también alejó a parte de su audiencia original. Parazaider, sin embargo, permaneció fiel a la banda durante décadas, incluso cuando la dirección musical ya no era la que él había imaginado en 1967.
Por qué importa
La muerte de Walter Parazaider llega en un momento en que el debate sobre los instrumentos de viento en el rock parece resuelto por omisión. En la música popular contemporánea, el saxofón y la trompeta han quedado relegados a apariciones ocasionales, muchas veces como guiño nostálgico o como recurso de producción sin peso real en el arreglo.
Lo que Chicago hizo en sus mejores años fue demostrar que los vientos podían ser el corazón de una banda de rock, no su decoración. Esa apuesta fue radical en su momento y sigue siendo difícil de replicar, no porque nadie tenga el talento, sino porque el mercado actual rara vez deja espacio para ese tipo de construcción colectiva.
La música en streaming premia la inmediatez, los estribillos que llegan pronto, las canciones que funcionan bien en los primeros diez segundos. La arquitectura sonora que Parazaider ayudó a construir requería tiempo, capas y escucha activa. Era música que pedía algo al oyente, y eso hoy es casi una postura contracultural.
Su legado también habla de algo que se discute poco: la importancia de los miembros fundadores que no son la cara visible de una banda. Parazaider no era el cantante ni el guitarrista. Era el saxofonista, el que construía desde adentro, el que daba textura a lo que los demás cantaban. Ese tipo de músico suele ser invisible para el gran público, pero su ausencia se siente en todo.
El ángulo musical
El saxofón de Parazaider tenía una función específica dentro del sonido de Chicago: no competía con la melodía vocal, sino que la envolvía. En los arreglos más elaborados de los primeros álbumes, los vientos funcionaban como una sección rítmica adicional, capaz de empujar la música hacia adelante con la misma fuerza que la batería o el bajo.
Esa forma de entender el saxofón en el contexto del rock es poco común. La mayoría de los saxofonistas en bandas de rock tienden a ocupar el espacio del solo, el momento de lucimiento individual. Parazaider entendía que su instrumento podía hacer algo más interesante: sostener, contrastar, dialogar con los demás vientos y crear una densidad armónica que las guitarras solas no pueden alcanzar.
Lo que resulta musicalmente fascinante es que Chicago logró hacer todo eso sin que la música sonara académica ni fría. Había sudor en esos arreglos, urgencia, una energía que venía del rock pero que se expresaba con herramientas del jazz. Esa tensión entre disciplina e instinto es, probablemente, la marca más duradera que Parazaider dejó en la historia de la banda.
Su formación clásica le permitía escribir y leer partituras con fluidez, lo que facilitó la coordinación de una sección de vientos que en vivo debía sonar tan precisa como en estudio. Para una banda de rock de finales de los sesenta, eso era casi una anomalía.
Qué puede pasar ahora
Chicago continúa activa como banda, aunque su formación actual es muy distinta a la de 1967. La muerte de Parazaider suma otra ausencia a una lista que ya incluye la de Terry Kath, fallecido en 1978, y la de Peter Cetera, quien dejó la banda en 1985. Cada partida reduce un poco más el vínculo directo con lo que la banda fue en su momento más creativo.
Es probable que en los próximos días aparezcan homenajes de músicos, colegas y fans que vivieron esa época de primera mano. También es posible que su muerte reactive el interés por los primeros álbumes de Chicago, esos discos dobles y triples que hoy suenan como documentos de una ambición musical que ya no tiene equivalente directo en el mainstream.
La pregunta que queda flotando no es qué pasará con la banda, sino qué tan dispuesto está el oyente actual a volver a esa música y escucharla sin el filtro de la nostalgia. Porque el saxofón de Parazaider no era vintage cuando lo tocaba. Era simplemente bueno. Y eso, con el tiempo, no cambia.
Fuente original: Muere Walter Parazaider fundador y saxofonista de Chicago.
