Víctor Aparicio, conocido como Víctor Coyote, ha muerto. El Volcán Música, sello con el que trabajó en sus últimos años, lo ha comunicado con un texto breve y directo que no intenta disimular el golpe. «La vida nos ha dado uno de esos reveses que te dejan en shock», escriben. No es la frase de un comunicado corporativo. Es la frase de gente que lo conocía de verdad.
Coyote empezó a moverse por las escenas de Vigo y Madrid a finales de los 70. Justo en el momento en que España intentaba inventarse a sí misma después de cuarenta años de dictadura y la música era uno de los pocos sitios donde eso podía pasar sin que nadie te pidiera permiso. Él llegó con Los Coyotes y con una idea que en ese contexto sonaba casi marciana, mezclar rock y punk con ritmos latinoamericanos y sonidos regionales. No era lo que hacía casi nadie. Y tampoco le importó demasiado.
Una carrera construida a propósito fuera del mapa
Los Coyotes fueron pioneros en algo que hoy parece obvio pero que en la España de 1980 no lo era en absoluto. El rock en castellano ya era suficientemente raro para cierta gente. El rock con cumbia, con ritmos gallegos, con esa mezcla de calles del norte y de América del Sur, era directamente inclasificable. Y eso, en la industria musical española de entonces, podía significar dos cosas, o te ignoraban o te convertías en algo que la gente recordaba mucho después de que los discos dejaran de sonar en la radio.
En 1988 la formación pasó a llamarse Los Coyotes de Víctor Abundancia. Publicaron éxitos, el más conocido probablemente «Esta noche me voy a bailar», y siguieron moviéndose. Después vino la carrera en solitario, bajo los nombres de Víctor Coyote y Víctor Abundancia según el momento, siempre con esa misma resistencia a quedarse quieto en un solo sitio.
Lo de la Vuelta a España de 1995 merece un párrafo aparte. TVE usó «Jaguarundi» como sintonía de la carrera ese año. Millones de personas escucharon esa canción sin saber quién era el tipo que la había hecho. Eso también es una forma de llegar a la gente, a veces la más honesta, sin que el nombre del artista sea lo que vende el momento.
Lo que se pierde cuando muere alguien que no cabía en ninguna caja
Hay un tipo de artista que la industria no sabe muy bien qué hacer con él mientras está vivo. No encaja en el formato de radio, no es fácil de explicar en tres palabras, no responde a la lógica de construir una marca personal coherente. Víctor Coyote era ese tipo de artista. Músico, dibujante, diseñador, pintor, actor. Colaboró con el Xabarín Club, el espacio de TVG que marcó a toda una generación de niños gallegos. Hizo de todo, y no porque no supiera qué quería ser, sino porque quería ser todo eso al mismo tiempo.
El Volcán lo describe como alguien que «no dejaba de curiosear, de crear, de hacer realidad sus proyectos» y que «siempre se cuestionaba todo y nos cuestionaba a todos». Eso no es una frase de necrológica genérica. Es el retrato de alguien que fue incómodo de forma consistente, no como pose, sino como forma natural de estar en el mundo.
Y aquí está el problema real con este tipo de muertes. No es solo que se vaya una persona. Es que se va una forma de entender la música que ya era minoritaria cuando empezó y que hoy, en el ecosistema del streaming y los algoritmos de género, tiene todavía menos espacio. Las plataformas necesitan clasificarte para recomendarte. Víctor Coyote no era clasificable. Eso lo hacía invisible para el algoritmo y esencial para cualquiera que lo encontrara por casualidad.
Un sonido que no tenía género porque no necesitaba tenerlo
Hablar del sonido de Los Coyotes en el contexto de la Movida es hablar de algo que no encajaba ni con la new wave madrileña ni con el rock urbano ni con el folk gallego de la época. La mezcla de punk con ritmos latinoamericanos que hacían no era una estrategia de marketing ni un experimento de fusión calculado. Era simplemente lo que salía cuando Víctor Aparicio se ponía a hacer música.
«Jaguarundi» es un buen ejemplo de hasta dónde llegaba esa libertad. Una canción que acabó siendo la banda sonora de una carrera ciclista en televisión nacional, que sonó en millones de casas, y que venía de un artista que nunca fue exactamente mainstream. Eso no pasa por accidente. Pasa cuando el sonido tiene algo que funciona más allá de las modas, algo que no depende de que el momento cultural te sea favorable.
Con la información disponible por ahora, es difícil hacer un análisis exhaustivo de su obra completa. Lo que sí se puede decir es que su trabajo en solitario, bajo los distintos nombres que fue usando, mantuvo esa misma lógica de no pedir permiso para mezclar lo que le diera la gana. Y eso, en cualquier época, es más difícil de sostener de lo que parece.
Lo que queda y lo que no va a volver
El Volcán cierra su comunicado con una lista, «su música, sus dibujos, sus historias, su humor, su curiosidad y su xenio». El xenio, en gallego, es el genio, el carácter, la chispa. No es una palabra que se traduzca del todo bien y probablemente tampoco sea casualidad que la usen en gallego para hablar de él.
Lo que toca ahora es que alguien se tome en serio la tarea de ordenar ese legado. Hay artistas de la Movida que están razonablemente bien documentados. Hay otros que están en un limbo extraño, demasiado conocidos para ser completamente ignorados y demasiado inclasificables para que la industria haya sabido qué hacer con su catálogo. Víctor Coyote corre el riesgo de quedarse en ese limbo si nadie lo evita.
La pregunta que queda en el aire no es si su música va a sobrevivir, porque ya lleva décadas haciéndolo. La pregunta es si alguien va a tener la inteligencia de ponerla donde la gente pueda encontrarla. Porque hay una generación entera que no sabe quién era Víctor Coyote y que, si lo escuchara, entendería perfectamente de qué estamos hablando.
Fuente original: Muere Víctor Coyote, icono inclasificable de la Movida.
