David Roas lleva años siendo uno de los nombres más sólidos de la literatura fantástica en español, y Territorios es su último movimiento. Un libro de relatos construido como un todo, con una idea central que lo atraviesa de principio a fin: pueblos perdidos, casi vacíos, habitados por gente extraña, rodeados de silencio y de algo que no termina de nombrarse. Lo que la crítica ya está llamando agrohorror tiene aquí uno de sus ejercicios más deliberados y más conscientes de sí mismo.
La noticia viene de Efe Eme, que lo describe como un libro conceptual en el que todos los relatos giran alrededor de ese mismo territorio imaginario. No es una antología de cuentos sueltos reunidos por conveniencia editorial. Es una arquitectura. Cada historia ocupa su lugar dentro de un mapa que Roas ha trazado con intención.
Y eso, en el panorama actual de la narrativa breve en español, no es poca cosa.
El agrohorror no es una moda, es un síntoma
Antes de hablar del libro hay que entender de dónde viene el término. El agrohorror no nació en España, pero aquí ha encontrado un terreno especialmente fértil. La España vaciada no es solo un problema demográfico o político. Es también un estado de ánimo, una imagen mental que lleva décadas acumulando capas de abandono, de familias que se fueron, de edificios que se quedaron, de carreteras que terminan en ningún sitio.
La literatura de terror lleva tiempo mirando hacia ese espacio. No porque sea una tendencia calculada para aprovechar el momento, sino porque el horror necesita lugares donde el control social se afloja. Y los pueblos medio vacíos, con sus rituales propios y sus habitantes que no encajan del todo en ningún esquema conocido, son exactamente ese tipo de lugar.
Roas no llega tarde a esto. Lleva mucho tiempo trabajando el fantástico desde una perspectiva teórica y creativa a la vez. Sabe lo que hace cuando elige un marco conceptual tan definido como este.
Lo que distingue un libro conceptual de una simple colección
La diferencia entre un libro de relatos y un libro conceptual de relatos es la misma que hay entre una lista de reproducción y un álbum. En la lista, cada canción se sostiene sola. En el álbum, hay algo que las conecta, un tono, una idea, un arco que va de la primera pista a la última y que hace que el conjunto diga algo que ninguna pieza individual podría decir por sí sola.
Territorios parece funcionar así. El hecho de que todos los relatos giren alrededor de pueblos perdidos no es solo una decisión temática. Es una apuesta estructural. Roas está construyendo un espacio ficticio que se va completando relato a relato, como si cada cuento fuera una calle más de ese mapa invisible.
Eso exige una disciplina narrativa considerable. Cada historia tiene que funcionar de forma autónoma y al mismo tiempo añadir algo al territorio compartido. Si uno de los relatos falla, el edificio se resiente. Si todos encajan, el libro se convierte en algo más que la suma de sus partes.
Con la información disponible por ahora, no se puede saber cuántos relatos componen el volumen ni cuánto varía el tono entre ellos. Pero la descripción que hace Efe Eme apunta a una coherencia de propósito que no siempre se encuentra en este tipo de publicaciones.
Pueblos que asustan porque los reconocemos
El horror rural funciona de una manera muy concreta. No necesita monstruos que vengan de fuera. El miedo surge de lo que ya estaba ahí, de lo que lleva generaciones instalado en ese lugar, de las costumbres que nadie cuestiona porque nadie recuerda cuándo empezaron.
Roas trabaja con esa mecánica. Sus pueblos no son escenarios exóticos. Son lugares que cualquier persona que haya conducido por el interior de España puede reconocer. La carretera que se estrecha. El bar con tres mesas y la televisión encendida. El vecino que te mira desde el umbral sin decir nada. La iglesia que lleva años sin cura pero que sigue abriendo los domingos.
Esa familiaridad es lo que hace que el horror funcione. Si el lector no puede imaginarse en ese lugar, el miedo no prende. Si puede, entonces el libro hace su trabajo antes incluso de que pase nada sobrenatural.
Lo que se puede decir de momento es que la elección del marco, pueblos casi vacíos, habitantes extraños, territorios olvidados, es exactamente el tipo de material que permite a un escritor como Roas explorar la frontera entre lo real y lo fantástico sin tener que forzar nada. El horror ya está en el paisaje. Solo hay que saber mirarlo.
Qué hay que seguir de cerca a partir de aquí
La pregunta que queda abierta es cómo recibe el libro el lector que llega sin saber nada de Roas. Territorios parece pensado para alguien dispuesto a entrar en un juego narrativo que requiere cierta paciencia, la de dejarse llevar de un relato al siguiente sin buscar una trama única que los una a todos.
También hay que ver si el libro consigue llegar más allá del circuito habitual de la literatura fantástica en español, que tiene su público fiel pero que sigue siendo un espacio relativamente acotado. El agrohorror tiene potencial para conectar con lectores que no se identifican necesariamente como fans del género, precisamente porque habla de algo que está en el centro de un debate cultural más amplio sobre qué ha pasado con los pueblos, con las raíces, con los lugares que dejamos atrás.
Si Territorios logra ese salto, no será por el marketing. Será porque Roas ha construido algo que duele en el sitio correcto.
Fuente original: Territorios, de David Roas.
