Remi Wolf tiene treinta años, acaba de salir de una relación de dos años y medio, y lleva desde 2020 peleando en público con el alcohol. Con ese equipaje encima llega Mud, su tercer álbum. No es el disco de alguien que ha resuelto sus problemas. Es el disco de alguien que los está mirando de frente por primera vez con suficiente distancia como para convertirlos en canciones.

No suena trágico. Tampoco suena a autoflagelación ni a catarsis de manual. Hay rabia, hay euforia, hay momentos de una honestidad que incomoda un poco. Y eso, viniendo de una artista que en sus primeros trabajos ya apostaba por la vulnerabilidad sin red, dice mucho de hacia dónde va.

El alcohol, la ruptura y el peso de llegar al tercer disco

La sombra del alcohol ya estaba en Juno, su debut. Wolf entró en rehabilitación en 2020, logró mantenerse sobria durante un tiempo y luego habló abiertamente de una recaída. Mud no esquiva nada de eso. Se abre con Bottle, una canción sobre dependencia. El segundo corte se llama Champagne. Más adelante aparece Wine Drunk. No es casualidad, no es estética. Es que el disco es literalmente su vida puesta en orden de pista.

La ruptura sentimental añade otra capa. Twiggy habla de por qué nos enganchamos a la gente que menos nos conviene. I Won’t Cry es una declaración de amor que todavía duele. Son canciones que no buscan distancia artística ni metáfora cómoda. Wolf escribe desde dentro, y eso se nota en cada giro de letra.

El tercer álbum es una prueba complicada para cualquier artista. El primero puede vivir de la energía del descubrimiento. El segundo carga con las expectativas del primero. El tercero tiene que demostrar que hay un proyecto real ahí, no solo un momento. Mud lo demuestra.

Por qué este disco importa más allá de la historia personal

Remi Wolf lleva años operando en un espacio incómodo para el algoritmo. No es del todo indie pop, no es del todo neo-soul, no encaja limpiamente en ninguna playlist temática de Spotify. Eso en 2025 es casi un acto político. Las plataformas premian la coherencia de género porque facilita la recomendación automática. Wolf hace lo contrario, y aun así sigue aquí.

Mud es su disco más cohesionado, lo cual no significa que haya renunciado a moverse. Covered in Mud tiene rasgos de trip hop y electrónica. Guess no está lejos del country. Pero todo suena como si viniera del mismo sitio, de la misma persona con la misma voz y los mismos problemas sin resolver. Esa coherencia de fondo es lo que faltaba en trabajos anteriores y lo que hace que este disco se sostenga de principio a fin.

Hay algo más. Wolf es una artista que ha construido su carrera sin un single viral que lo explique todo. No tiene un momento de ruptura masiva. Lo que tiene es un público que la sigue porque confía en ella, no porque el algoritmo la puso delante. Eso es cada vez más raro y cada vez más valioso.

Lo que suena y cómo suena, que no es poco

Comparar a Remi Wolf es un ejercicio útil solo hasta cierto punto. Hay algo de Mac DeMarco en su aproximación al indie pop, algo de Dominic Fike en la energía, algo de Lily Allen en el neo-soul con actitud. Suena a veces a Lola Young, aunque Wolf llegó antes. Pero ninguna de esas referencias la define del todo, que es exactamente donde quiere estar.

La voz es el hilo conductor. Las guitarras tienen una presencia que no es habitual en este tipo de producción. Y la mano de Solomonophonic, su colaborador habitual, se nota en el equilibrio entre lo pulido y lo rugoso. No todo está lijado hasta desaparecer. Hay texturas que rascan un poco, y eso es una decisión, no un descuido.

Burn Me Blue es probablemente el tema que antes podría funcionar como single, cerca del indie rock de Best Coast, luminoso en la primera mitad del disco. Wine Drunk cumple esa función en la segunda. Y luego está la balada junto a John Mayer, que según la propia Wolf fue el primer concierto al que fue de niña, junto a Sheryl Crow. Que ese artista de referencia acabe apareciendo en el disco más personal de su carrera no parece casualidad.

El cierre, Yellow Rose, es el momento más redondo del álbum. Gabe Steiner firma un arreglo de viento metal que hipnotiza, con un eco que recuerda a Burt Bacharach sin copiarlo. Wolf narra una discusión en el coche que termina en un beso, y lamenta que amar sea tan difícil y quedarse tan fácil. Es una frase sencilla. Y se queda.

Jamie, extendida más allá de los cinco minutos, intenta algo más ambicioso en el tramo central y no acaba de cerrarse igual de bien. Es el único momento donde el disco pierde un poco de tensión. Pero es un tropiezo menor en un trabajo que, en general, sabe exactamente lo que quiere decir.

Lo que queda por ver de este ciclo

Con la información disponible por ahora, Mud no tiene todavía un single que haya roto techos. Varios temas del disco destacan sin haber sido extraídos como sencillos, lo que abre la pregunta de hacia dónde va la campaña promocional a partir de aquí. Burn Me Blue tiene papeletas para ser el próximo movimiento.

La pregunta real no es si el disco es bueno. Es si el mercado sabe qué hacer con una artista que no se deja clasificar fácil. Wolf lleva años ahí, en ese espacio incómodo, y cada disco la encuentra más segura de que ese es su sitio. Mud es el argumento más sólido que ha dado hasta ahora para defender que tiene razón.

Fuente original: Remi Wolf / Mud.

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