El miércoles 29 de julio, Morrissey tocó en el Movistar Arena de Madrid. El graderío estaba en su mayor parte cerrado. La pista, a medias. Y el artista que hace un año canceló en las Noches del Botánico, un recinto que cabe exactamente la misma cantidad de gente que apareció ese miércoles, se subió al escenario de todos modos. Eso ya es algo, viniendo de quien viene.
Porque el problema con Morrissey no es que sea mal músico. El problema es que nadie se fía de él. Si le dices a alguien que tienes entrada para un concierto suyo, la primera reacción no es envidia. Es una ceja levantada y un «ya veremos si toca». Ese es el punto al que ha llegado la reputación de uno de los cantantes más importantes que ha dado el pop británico. Y es una pena que duela tan poco decirlo.
De las Fallas a Madrid, pasando por el FIB y un historial que ya nadie discute
El FIB fue uno de esos momentos que los que lo vivieron no olvidan. Morrissey en su mejor momento de popularidad en España, y sin concierto. Esa cancelación dejó una herida que tardó años en cicatrizar entre su público español. Luego vino la de las Fallas de Valencia, con una comunicación tan deficiente que consiguió el milagro de que la gente se cabreara no solo con la cancelación sino con cómo se gestionó. Y el año pasado, Madrid, Noches del Botánico. Cancelada.
Hay que reconocerle algo, y es que Morrissey se ha subido a escenarios en condiciones físicas que habrían mandado a cualquier otro artista directo al hospital. Se comió un cáncer en silencio y siguió girando. Eso merece respeto. Pero el respeto no borra la desconfianza acumulada, y la confusa deriva política de los últimos años tampoco ha ayudado. Un día con gestos que lo acercaban a la extrema derecha, al siguiente desmintiendo todo. Johnny Marr lo ha dejado caer en más de una entrevista, esa deriva es precisamente lo que hace imposible una reunión de los Smiths al estilo de la que Oasis acaba de protagonizar. No es un rumor. Es una declaración pública de uno de los implicados.
Todo eso pesa. Y se nota en la venta de entradas.
Lo que se pierde cuando el recinto es demasiado grande para el momento
Cuatro mil personas en el Movistar Arena producen una imagen desoladora. No porque cuatro mil personas sean pocos fans, que no lo son, sino porque el espacio convierte esa cifra en algo que visualmente parece un fracaso aunque musicalmente no lo sea. Las mismas cuatro mil personas en el Jardín Botánico de la Complutense habrían generado un llenazo, un ambiente cerrado, una noche memorable. En el Movistar Arena generaron demasiados asientos vacíos y demasiada gente sentada que no había manera de levantar.
Esa es la trampa de contratar recintos que ya no corresponden al momento real del artista. No es un juicio moral, es una lectura de situación. Morrissey no llena el Movistar Arena en 2025. Y eso no lo convierte en un artista menor, lo convierte en un artista que necesita reajustar la escala de sus giras si quiere que las noches funcionen de verdad.
Lo que sonó, que no fue poco
Con todo lo anterior encima de la mesa, el concierto tuvo momentos que justificaban estar ahí. El set incluía «How Soon Is Now?», «I Know It’s Over», «Shoplifters of the World Unite» y «There Is a Light That Never Goes Out» en el bis. Eso es material de primera división, sin discusión posible. En solitario apareció «First of the Gang to Die», «Now My Heart Is Full», «Everyday Is Like Sunday» con una interpolación de «Cuándo cuándo cuándo» que nadie esperaba, y «Suedehead». El momento de mayor intensidad llegó casi al final con «Irish Blood English Heart», que es exactamente donde Morrissey suele colocar ese tipo de picos.
Las canciones del nuevo disco estuvieron bien integradas y sin saturar el set. «Make-Up Is a Lie» funcionó. Morrissey bromeó con que «Zoom Zoom the Little Boy» iba a sonar en todas las radios, que es exactamente el tipo de humor que o te cae bien o te saca de quicio. La reivindicación de «Ringleader of the Tormentors», disco de 2006 que ha quedado medio enterrado en su discografía, fue una sorpresa interesante, y «Life Is a Pigsty» sonó especialmente bien gracias al piano y al trabajo del resto de músicos en escena.
Con la información disponible sobre el nuevo material, lo que se puede decir es que Morrissey no parece estar en un momento de desconexión creativa. El problema no está en las canciones.
La camiseta sudada lanzada al público, que es también una declaración de principios
Hay algo que Morrissey nunca va a cambiar, y en «There Is a Light That Never Goes Out» quedó claro. Salió con flores, las lanzó al aire en el segundo verso, se quitó la camiseta, se secó el sudor con ella y la tiró al público. Es un ritual que lleva décadas repitiendo. Es kitsch, es teatral, es completamente suyo, y funciona exactamente igual que la primera vez que lo viste.
Proyectó imágenes de Oscar Wilde, de películas que le gustan, y durante «The Bullfighter Dies» puso imágenes de toreros matando toros, que es su manera de decir lo que piensa sin necesidad de un comunicado de prensa. Anunció que ese tema «va a representar a España en Eurovisión el año que viene» ignorando que probablemente no vayamos a concurrir. Morrissey siendo Morrissey, con la autoironía y el despropósito mezclados en la misma frase.
La pregunta que queda después de una noche así no es si Morrissey todavía puede dar un buen concierto. Puede. La pregunta es si va a ser capaz de reconstruir suficiente confianza como para que la próxima vez la gente compre la entrada sin miedo a quedarse en casa. Eso no se resuelve con un buen set. Se resuelve con tiempo, con consistencia, y con no cancelar más. Veremos si esta vez aguanta.
Fuente original: La pérdida de confianza en Morrissey.
