Julia Holter publicó Something In The Room She Moves en 2024 y, aparentemente, no terminó de decir todo lo que tenía que decir con la canción que da título a su nuevo trabajo. Materia arranca de ahí, de una sola pieza del disco anterior, y construye a su alrededor siete canciones que en ningún momento suenan a recorte ni a descarte. Suenan a Holter en uno de sus mejores momentos.
La premisa puede generar dudas razonables. Un disco que nace de querer explorar más una canción ya publicada tiene, sobre el papel, todas las papeletas para ser un ejercicio de autoindulgencia. Y el hecho de que sea el más corto de su carrera, 35 minutos, no ayuda a sacudirse esa etiqueta de «obra menor» antes de escucharlo. Pero eso sería un error. Un error bastante gordo.
Porque Materia no es un apéndice. Es un disco que se sostiene solo, con criterio propio y una coherencia interna que muchos álbumes de 60 minutos no consiguen ni por asomo.
Del Edificio Brill al cosmos, pasando por una caja de ritmos de los 80
Para entender qué hace especial a Materia hay que tener presente dónde lleva años parada Julia Holter. Desde que publicó Have You In My Wilderness en 2015, la artista californiana arrastra la etiqueta de compositora de pop experimental de alto nivel, pero sus dos discos anteriores se alejaron un poco de ese equilibrio perfecto entre tradición pop y vanguardia que la hizo tan difícil de clasificar y tan fácil de amar.
Hay una versión suya de «Hello Stranger», la canción de Barbara Lewis, que funciona casi como una declaración de intenciones. Ahí está todo lo que Holter puede ser cuando se sitúa en el centro exacto entre el legado de los compositores del Brill Building neoyorkino de los primeros 60 y la experimentación más libre. Ese punto medio es donde Materia vive la mayor parte del tiempo, y es un alivio que así sea.
Sonoramente, el disco trabaja con una combinación que reaparece una y otra vez a lo largo de sus siete piezas, caja de ritmos, sintetizadores, bajo sin trastes e instrumentos de viento. Es una paleta que recuerda a cierta New Age de finales de los 80, aunque la referencia que más se impone, al menos según la reseña original de Jenesaispop, es la de Virginia Astley, una compositora prácticamente olvidada que merece más atención de la que recibe. Las reverbs, trabajadas con una precisión que roza el diseño sonoro, son otro elemento vertebrador. Holter lleva años construyendo ambientes con ellas, y aquí alcanzan un refinamiento especialmente elegante.
Lo que justifica que este disco exista por sí mismo
El disco arranca con «The Laugh Is In Her Eyes», sobre un compás de cinco tiempos que descoloca sin agobiar. Pop mutante, melodías que se vuelven más irresistibles con cada escucha, un estribillo rodeado de pads de sintetizador y clarinetes. Es una apertura ambiciosa y funciona.
«My Lost One» es otra cosa. Arpegios como de caja de música, algo brujescos, una letra sobre un árbol que crece entrando por la puerta y el deseo simultáneo de paz y oscuridad. La melodía tiene un eco intenso a las canciones de Trish Keenan, esa voz tan añorada del art-folk británico. Y la estructura compositiva hace lo que Holter hace mejor, te lleva por donde no esperas, con un estribillo final que corresponde a la melodía de la estrofa inicial y que termina acelerándose hasta engullirse a sí mismo. Es uno de los mejores momentos pop del año, sin matices.
«My Fantasy» cierra esa primera mitad con estrofas que tienen un aire bossa nova, casi como si Astrud Gilberto acompañase los experimentos de Suzanne Ciani, y un estribillo uptempo que se repite una sola vez. La contención también es una decisión artística.
La segunda mitad del disco se vuelve más experimental. «Clepsydra» es fundamentalmente vocal, con un trabajo de armonías y tratamiento electrónico donde cada sílaba parece contener más de lo que debería. «My Twin» es una suite de diez minutos que entrelaza fragmentos y ambientes distintos, y que en su pieza central sorprende con una balada de pop ambient que suena a Bacharach o Carole King flotando en el espacio. No es una metáfora barata. Es literalmente eso.
El cierre del disco, «Materia 3», es la grabación original de la canción del disco anterior ralentizada aproximadamente un 115%. Holter lo describe como un bonus track al estilo de los CDs de su juventud, y esa referencia ayuda a entender la intención. No es el punto más fuerte del álbum, pero tampoco está pensado para serlo.
Pop experimental sin red, y eso tiene un valor que el algoritmo no sabe medir
Hay algo que Materia hace que merece nombrarse en voz alta. No cede. No simplifica para llegar más lejos, no redondea los bordes para que encaje mejor en una playlist de Spotify. Los compases de cinco tiempos, las estructuras que ignoran el verso-estribillo-puente de manual, las letras que mezclan surrealismo fonético con imágenes poéticas coherentes, todo eso está ahí sin disculparse.
Eso tiene un coste real en 2025. Un disco así no va a explotar en TikTok. No va a generar un momento viral. Y probablemente no va a aparecer en las listas de lo más escuchado de ninguna plataforma. El algoritmo no sabe qué hacer con una suite de diez minutos que cambia de ambiente cuatro veces antes de llegar a una balada de pop ambient.
Lo que sí sabe hacer es ignorar a artistas como Holter hasta que alguien con suficiente audiencia decide señalarlos. Y eso es un problema estructural de cómo funciona el descubrimiento musical ahora mismo, no de la música en sí. Materia es exactamente el tipo de disco que el modelo actual de consumo musical está diseñado para enterrar, y eso dice mucho más del modelo que del disco.
Lo que queda por ver cuando el disco aterrice en los oídos de más gente
Con la información disponible por ahora, no hay datos sobre gira ni sobre presencia en festivales. Lo que sí hay es un disco publicado y una pregunta legítima sobre si Materia conseguirá llegar a la gente que debería escucharlo, más allá del círculo de seguidores que ya sigue a Holter de cerca.
La reacción de la crítica especializada será un primer termómetro. Pero la prueba real, como siempre con esta artista, será en directo. Holter en un escenario con estas canciones, con ese trabajo de texturas y esas armonías vocales, es una propuesta que cambia la percepción del disco. Si hay fechas en Europa, hay que prestarles atención.
Mientras tanto, quedan 35 minutos que piden varias escuchas. La primera para orientarse. La segunda para empezar a entender las melodías. La tercera para darse cuenta de que «My Lost One» es mejor de lo que parecía en la primera. Así funciona la música de Julia Holter. No te lo da todo de golpe, pero tampoco te hace esperar demasiado.
Fuente original: Julia Holter / Materia.
