FLO publicó Therapy at the Club con una sombra larga encima. Jorja Douglas, una de las tres voces del grupo, pasó por el quirófano para operarse las cuerdas vocales, y eso retrasó el lanzamiento del disco. Cuando por fin llegó, las expectativas eran razonables: el debut había conseguido una nominación al Grammy, y el R&B británico que FLO representa tiene un público fiel que no pide milagros, pero sí consistencia. El problema es que consistencia y ambición no siempre van de la mano, y este segundo álbum lo deja bastante claro.
Cardboard Box fue el anzuelo perfecto. Melodía impecable, producción que olía a finales de los noventa sin sonar a pastiche barato, y tres voces que encajaban como si llevaran décadas juntas. Después vinieron otros singles que confirmaron que FLO sabía exactamente lo que hacía. La comparación con Sugababes era inevitable y justa. El debut, sin embargo, ya apuntaba un problema: demasiado reverencial, demasiado cómodo en el homenaje a Aaliyah y compañía. Therapy at the Club no corrige eso. Lo acentúa.
El R&B de los 2000 como punto de llegada, no como punto de partida
FLO ha declarado que han madurado. Y en cierto sentido se nota: el disco suena más asentado, más clásico, menos interesado en el futurismo que a veces asomaba en el debut. El R&B-pop de principios de siglo es aquí el horizonte al que se apunta, no el trampolín desde el que saltar hacia algo propio.
El grupo lleva dos discos construyendo una identidad que en realidad es un collage de identidades ajenas. Eso no es automáticamente un defecto. Hay artistas que hacen del homenaje una forma legítima de creación. El asunto es que FLO todavía no ha encontrado la canción que diga algo que solo ellas podrían decir. Y eso, después de dos álbumes, empieza a pesar.
El contexto de industria tampoco ayuda. El R&B de catálogo vive un momento raro: hay nostalgia real por ese sonido, plataformas como TikTok lo han rescatado en bucles infinitos, y artistas como SZA o Victoria Monét han demostrado que se puede beber de los noventa y los dosmileros sin quedar atrapado en ellos. FLO escucha esa conversación pero no entra del todo en ella.
Lo que salva el disco y lo que lo frena
Dentro del álbum hay momentos que funcionan de verdad. Leak It es el mejor: un homenaje a Timbaland que no suena a imitación torpe sino a comprensión real de cómo funcionaba esa producción, el swing, los huecos, la tensión rítmica. Es la canción donde FLO parece más cómoda y más viva al mismo tiempo.
Touché mezcla cuerdas y un ritmo que recuerda directamente a Bootylicious, y sale bien parada. Es probablemente la mejor canción del proyecto, la que tiene más personalidad propia aunque también beba de referentes claros. Don’t Break Her Heart es otro punto alto, melódicamente inmediata, con una historia que se entiende antes de que acabe el estribillo.
Pero el disco también tiene sus baches. Sex in Peace no convence. Pose, que samplea Pump Up the Jam de Technotronic, queda como un ejercicio de estilo que no termina de arrancar. Y el problema de fondo es que ninguna canción del álbum suena como ese hit que el grupo necesita para salir del nicho y llegar a un público más amplio. La fórmula está bien ejecutada. Pero la fórmula sola no basta.
Side Effects, que abre el disco, invoca a la Mariah Carey de los 2000 con bastante acierto. Y ahí está, precisamente, la pista de lo que podría ser FLO si empujara un poco más. Mariah no solo imitaba, construía sobre lo que había. FLO todavía no ha dado ese paso.
Tres voces que merecen una canción que no haya escrito nadie antes
Lo más frustrante de Therapy at the Club es que las herramientas están ahí. Las armonías vocales de FLO son sólidas, la química entre las tres es real, y la producción tiene oficio. No es un disco mal hecho. Es un disco que se queda en la orilla de lo que podría ser.
La pregunta que deja este álbum no es si FLO sabe cantar o si sabe elegir buenas referencias. Eso ya está demostrado. La pregunta es si en el tercer disco van a atreverse a escribir algo que no pueda describirse con el nombre de otra artista. Muy Toni Braxton, muy Timbaland, muy Mariah, son frases que aparecen demasiado al hablar de este trabajo. Y no porque sean insultos, sino porque señalan un límite real.
Con la información disponible por ahora, Miss U Missing Me es la canción que más claramente ilustra ese límite: está bien hecha, suena a Toni Braxton de manual, y se olvida antes de que acabe el día. FLO puede más que eso. Que decidan hacerlo o no es otra conversación.
Lo que hay que vigilar a partir de aquí
El retraso por la operación de Jorja Douglas añade una variable interesante. Su voz es parte central del sonido del grupo, y habrá que escuchar cómo responde en directo después de la recuperación. Si FLO sale de gira con este material, el escenario dirá cosas que el disco no termina de decir.
La nominación al Grammy del debut les dio visibilidad real. Este segundo álbum no va a disparar su popularidad, como apunta la crítica especializada, pero tampoco los hunde. Los mantiene en un lugar cómodo y algo estrecho. El problema de ese lugar es que es fácil quedarse atrapado en él.
Lo que queda por ver es si la industria les da margen para un tercer intento con más riesgo, o si el éxito moderado se convierte en la jaula. FLO tiene talento suficiente para hacer algo que sorprenda. Therapy at the Club no es ese disco. Pero tampoco cierra la puerta.
Fuente original: FLO / Therapy at the Club.
