El 18 de octubre de 1926 nació en St. Louis, Misuri, Charles Edward Anderson Berry. Hoy ese nacimiento cumple cien años. Y si hay que explicar por qué eso importa, quizá hay que empezar por aquí: sin Chuck Berry, el rock and roll tal como lo conocemos no existe. No es una frase de homenaje póstumo. Es una descripción técnica de la realidad.
Luis Lapuente lo recuerda hoy en su columna mensual en Efe Eme, «La espuma de los días», y hace bien en dedicarle el espacio. Porque Berry es de esos artistas a los que todo el mundo cita y muy poca gente escucha de verdad, con atención, desde el principio. Y eso, a estas alturas, es un problema cultural que merece nombrarse.
Lo que Berry puso sobre la mesa antes de que nadie supiera que hacía falta
Antes de Berry, el rock and roll era una mezcla en ebullición. Había blues eléctrico, había rhythm and blues, había country acelerado. Lo que faltaba era alguien que lo cosiera todo con una guitarra que sonara como una declaración de intenciones y unas letras que hablaran de adolescentes, de coches, de libertad y de música. Berry hizo exactamente eso, y lo hizo con una precisión que todavía asombra.
«Johnny B. Goode» no es solo una canción. Es un manual de construcción del riff de guitarra. «Maybellene» no es solo un single de 1955. Es la prueba de que el rock podía contar una historia con ritmo, humor y tensión al mismo tiempo. Berry entendió algo que muchos de sus contemporáneos tardaron años en ver: el rock and roll necesitaba personajes, necesitaba narrativa, necesitaba que quien lo escuchara se reconociera dentro.
Y encima tocaba la guitarra como nadie antes lo había hecho en ese contexto. El duck walk, la pose, el escenario convertido en territorio propio. Berry inventó también la performance del rock. El cuerpo en movimiento como parte del lenguaje musical.
Por qué cien años es una fecha que obliga a mirar de frente
Los centenarios tienen algo de trampa. Invitan a la celebración fácil, al repaso cronológico, al homenaje que no compromete a nadie. Pero el centenario de Berry exige algo más incómodo, preguntarse si realmente lo escuchamos o simplemente lo mencionamos.
Porque Berry murió en 2017 con una reputación que mezcla, de forma inseparable, su genio musical y una vida personal llena de episodios que no admiten mirada suave. Estuvo en prisión. Fue acusado de conductas que hoy nadie relativizaría. Y durante décadas la industria musical, que le debía una deuda impagable, lo trató con la misma mezcla de reverencia verbal y descuido práctico que reserva para los artistas negros que fundaron géneros pero no controlaron sus masters.
Eso también forma parte de la historia de Chuck Berry. No se puede celebrar el centenario mirando solo la guitarra y cerrando los ojos ante el resto. La grandeza artística no borra nada, pero tampoco la borra nada a ella. Ambas cosas son verdad al mismo tiempo, y sostener esa tensión es lo mínimo que se le debe a alguien que cambió la música popular del siglo XX.
Una guitarra que habló antes de que el idioma existiera
Musicalmente, Berry operaba en un territorio que en 1955 no tenía nombre todavía. Tomó el shuffle del blues, lo aceleró, le metió dobles cuerdas en la guitarra que sonaban casi como un piano boogie, y construyó sobre eso canciones que cabían en tres minutos y decían todo lo que había que decir.
Keith Richards lleva décadas explicando que aprendió a tocar la guitarra copiando a Berry. Lo mismo han dicho John Lennon, Eric Clapton, y prácticamente cualquier guitarrista de rock que haya sido honesto sobre sus influencias. No es casualidad. El vocabulario que Berry estableció, esos riffs de entrada, esa manera de hacer dialogar la guitarra rítmica con la solista, esa energía que empuja hacia adelante sin parar, se convirtió en el ABC del rock eléctrico.
Con la información disponible por ahora sobre cómo se está articulando este centenario en la industria, no está claro si habrá reediciones, cajas recopilatorias o conciertos tributo de envergadura. Lo que sí se puede decir es que la mejor forma de celebrar a Berry no es un documental de Netflix con testimonios de artistas famosos mirando a cámara. Es poner «Roll Over Beethoven» a volumen alto y entender que esa guitarra de entrada es uno de los momentos fundacionales de la música popular moderna.
Lo que queda pendiente cien años después
El legado de Berry sigue sin estar del todo saldado. Sus canciones son patrimonio cultural en el sentido más literal, hay una copia de «Johnny B. Goode» viajando en la sonda Voyager por el espacio interestelar, elegida como representación de la música humana para cualquier civilización que la encuentre. Y aun así, Berry pasó buena parte de su vida cobrando en efectivo antes de cada concierto porque desconfiaba, con razones sólidas, de promotores y sellos que le habían robado antes.
Esa desconfianza no era paranoia. Era memoria. Y dice mucho sobre cómo la industria musical trató, y sigue tratando, a los artistas que construyeron sus cimientos.
La pregunta que deja este centenario no es si Chuck Berry fue grande. Eso está resuelto. La pregunta es si somos capaces de escucharlo de verdad, con todo lo que implica, sin reducirlo a un icono de museo ni convertirlo en un santo sin contradicciones. Esa escucha honesta es, probablemente, el mejor homenaje que se le puede hacer a alguien que nunca le pidió permiso a nadie para tocar como quería.
Fuente original: Chuck Berry, 100 años de rock and roll.
