Beck Hansen lleva décadas demostrándonos que no es un artista de un solo modo. Puede ser el tipo que mezcla blues, rap y electrónica en Odelay y también el que se sienta con una guitarra acústica a desnudarse por completo. Ride Lonesome es lo segundo, sin concesiones y sin red. Doce canciones construidas alrededor de una sola idea, el desgarro emocional, y llevadas hasta sus últimas consecuencias.
El título ya lo dice todo. Un llanero solitario cruzando el desierto, cabizbajo, con el corazón partido. No hay heroísmo aquí. No hay redención fácil. Hay alguien que intenta encontrar el camino llorando, que busca respuestas para lo que ya sabe, que suplica que le devuelvan la vida. Eso es Ride Lonesome. Y si eso suena a disco difícil de escuchar, lo es. Pero también es precioso.
El tercer vértice de una trilogía que nadie había confirmado pero todo el mundo intuía
Para entender dónde encaja este disco hay que volver a 1998. Mutations fue el primer momento en que Beck se tomó en serio el folk, aunque lo presentara con la bossa nova de Tropicalia. Ahí ya estaba Nigel Godrich, el productor de OK Computer, construyendo algo más delicado que todo lo que Beck había hecho antes. Luego llegó Sea Change en 2002, el disco de la ruptura, el que muchos consideran su obra maestra emocional. Y en 2014, Morning Phase, que ganó el Grammy al álbum del año y recuperó a músicos como Justin Meldal-Johnsen y Joey Waronker.
Esos dos nombres vuelven a aparecer en Ride Lonesome. Eso no es casualidad. Beck está construyendo algo deliberadamente, un universo sonoro que orbita alrededor de las sonoridades americanas y desérticas, del folk despojado, de la cuerda y el silencio. Si Sea Change y Morning Phase formaban una conversación, este disco entra en ella y la lleva a un territorio todavía más oscuro antes de, al final, dejar entrar algo de luz.
Godrich aparece aquí como ingeniero, no como productor acreditado, pero su huella es inconfundible en cortes como Falling Through My Hands. Hay momentos que recuerdan directamente a No Surprises de Radiohead. No en melodía, sino en orfebrería, en ese cuidado casi obsesivo por cada capa de sonido.
Lo que distingue a este disco de ser simplemente otro álbum de desamor
El riesgo de un disco monotemático sobre el dolor es sonar plano. Doce canciones sobre el mismo estado de ánimo pueden convertirse en doce variaciones de lo mismo sin que ninguna se sostenga sola. Ride Lonesome esquiva esa trampa, aunque por momentos se acerca al borde.
La obsesión posesiva de It Ends Right Here, con ese verso sobre el templo construido en la habitación de alguien, es el punto más oscuro del disco. Beck no lo suaviza. Lo deja ahí, incómodo, porque así es como funciona ese tipo de sentimiento. Que aparezca después la idea de aceptación, que la canción final hable de luz y de un río que lava las penas, no es un final feliz forzado. Es una salida que el disco se ha ganado.
Y musicalmente, la variedad es lo que salva al álbum de hundirse en su propia sombra. For Your Love es el ejemplo más extremo, una construcción sin guitarras ni baterías, sostenida por un par de trompetas y hasta once violinistas acreditados. Recuerda a Nick Drake en sus momentos más orquestales. También podría haberlo firmado la Björk de Homogenic. Que esa comparación no suene exagerada dice mucho del nivel de producción que maneja este disco.
Las flautas, las armónicas, el oboe, el clarinete y los sintetizadores del propio Beck aparecen en momentos precisos para evitar que el álbum colapse sobre sí mismo. Son los que llevan más lejos un disco que, sin ellos, podía haber sonado demasiado sombrío y lineal.
Cuando la producción es el argumento, no el decorado
Hay algo que vale la pena subrayar aquí. Beck no es solo el cantante de este disco. Es el arquitecto de su sonido, y eso se nota en cada decisión. La elección de no poner guitarras eléctricas en For Your Love no es una omisión, es una declaración. El uso del sintetizador no es un guiño modernizador, es parte del lenguaje.
Con la información disponible por ahora, Ride Lonesome parece un disco que se ha construido desde adentro hacia afuera. Primero el estado emocional, luego el sonido que lo expresa. Eso es lo contrario de cómo funciona buena parte de la música que se publica hoy, donde el sonido se elige primero porque encaja en una playlist y el contenido se adapta después.
Lo que se puede decir de momento es que los dos singles, Ride Lonesome e In the Night, son representativos pero no los más interesantes del disco. Hay cortes que los superan en ideas de producción y en construcción compositiva. Eso es buena señal. Significa que Beck no guardó lo mejor para el escaparate.
Qué significa esto para quien todavía prefiere al Beck de ‘Odelay’
La pregunta honesta es esta. ¿Puede un artista que definió una época mezclando géneros de forma caótica y brillante seguir siendo relevante haciendo discos de folk orquestado sobre el dolor? La respuesta incómoda es que depende de a quién le preguntes.
Algunos siempre preferirán al Beck que unía blues, rap, electrónica y músicas del mundo en un mismo álbum. Ese Beck era irrepetible, y ningún disco de esta etapa va a sustituirlo. Pero eso no convierte a Ride Lonesome en un retroceso. Lo convierte en otra cosa.
Lo que hay que vigilar ahora es cómo recibe este disco la gente que no llegó a Beck por Odelay, los que lo conocieron por Morning Phase o por Sea Change. Para ellos, este puede ser el disco que cierra una trilogía que llevaban esperando una década. Y si Beck sale a tocarlo en directo, la pregunta interesante no es solo cómo suena, sino qué hace con doce canciones construidas casi sin percusión en un escenario grande. Eso sí que va a decir algo.
Fuente original: Beck / Ride Lonesome.
