José Ángel Albarracín, conocido por todos como Jam, murió el 16 de agosto en el Hospital Clínico Universitario Virgen de la Arrixaca de Murcia. Tenía 66 años y llevaba dos semanas ingresado. Nació en Caravaca de la Cruz en 1960 y dedicó buena parte de su vida a dos cosas que pocas personas consiguen combinar sin que una aplaste a la otra: hacer música y escribir sobre música. Líder de Farmacia de Guardia y periodista musical, Jam Albarracín era de esa generación que construyó el rock en español desde las trincheras, no desde un despacho.
La noticia llegó ayer y se extendió rápido por las redes de quienes siguen la escena musical española con algo más que atención superficial. No es el tipo de muerte que copa portadas de periódicos generalistas. Farmacia de Guardia no fue un fenómeno masivo de estadios, pero eso no quiere decir que su huella sea menor. A veces las huellas más duraderas las dejan los que trabajaron sin red, sin el respaldo de una multinacional ni el empuje de un algoritmo que todavía no existía.
Rock murciano en tiempos en que eso sonaba a contradicción
Farmacia de Guardia nació en Murcia, y eso ya dice algo. Murcia no era Madrid ni Barcelona. No tenía el ecosistema de sellos, salas y medios que había en las capitales. Construir una banda con proyección desde allí en los años ochenta requería una combinación de convicción y terquedad que no todo el mundo tiene. Jam Albarracín la tenía.
El grupo se formó en ese período efervescente del rock en español que arrancó con fuerza a principios de los ochenta, cuando bandas de toda la geografía empezaron a demostrar que cantar en castellano no era un lastre sino una decisión estética legítima. Farmacia de Guardia formó parte de esa corriente sin ser el nombre más citado cuando se hace el repaso habitual, y eso es precisamente lo que merece atención. La historia del rock español tiene muchos nombres secundarios que, si los sacas del mapa, el mapa queda incompleto.
Jam además ejerció el periodismo musical, lo que añade otra capa a su figura. Conocía la industria desde dentro y desde fuera al mismo tiempo. Sabía lo que costaba hacer un disco y también lo que costaba escribir sobre uno con honestidad. Ese doble ángulo es raro, y cuando se pierde, se pierde de verdad.
Lo que se va con alguien que vivió la música desde los dos lados del micrófono
Hay una diferencia enorme entre alguien que escribe sobre música desde la distancia y alguien que ha estado en un escenario, ha cargado equipos, ha negociado bolos y luego se ha sentado a escribir sobre lo que ha visto en otros. Jam Albarracín pertenecía al segundo grupo. Eso no garantiza automáticamente que lo que escribas sea mejor, pero sí garantiza que escribes desde un sitio distinto. Desde dentro.
El periodismo musical español ha perdido voces así en los últimos años a un ritmo que debería preocupar más de lo que preocupa. No porque los nuevos no valgan, sino porque hay un tipo de conocimiento que se construye solo con décadas, con haber visto cómo cambiaba el negocio desde el vinilo hasta el streaming, desde las salas de ensayo sin calefacción hasta los festivales con patrocinador de cerveza en cada cartel. Ese conocimiento no se transfiere fácilmente. Cuando se va la persona, se va también.
La escena murciana pierde a uno de sus referentes más sólidos. Y el rock en español pierde a alguien que lo vivió cuando todavía había que pelearlo.
Una banda que sonó a algo concreto, no a tendencia
Con la información disponible por ahora, no es posible hacer un análisis detallado de la discografía completa de Farmacia de Guardia. Lo que sí se puede decir es que el proyecto de Jam Albarracín respondía a una lógica musical que ya entonces era minoritaria: hacer rock en español desde una ciudad que no estaba en el circuito habitual, sin concesiones al pop más comercial, con una identidad propia que no dependía de copiar lo que se hacía en la capital.
Eso tiene un valor que es fácil subestimar desde 2025, cuando el acceso a referencias musicales de todo el mundo es instantáneo y gratuito. En los años ochenta y noventa, mantener una voz propia sin el ruido constante de lo que hacían los demás era más difícil y, cuando se conseguía, más significativo. Farmacia de Guardia lo consiguió dentro de sus posibilidades, y esas posibilidades estaban definidas en gran parte por el carácter y la visión de Jam.
La pregunta interesante no es solo cómo sonaba la banda, sino qué representaba dentro de la geografía musical española. Y la respuesta apunta a algo que se repite en muchas ciudades medianas de este país: músicos que construyeron una escena local con los recursos que tenían, que formaron a generaciones siguientes sin que nadie les reconociera ese trabajo de manera oficial, y que ahora, cuando se van, dejan un hueco que no se cubre con un comunicado de prensa.
Lo que queda y lo que habría que hacer con ello
La muerte de Jam Albarracín a los 66 años deja abiertas varias preguntas que van más allá del duelo inmediato. ¿Qué pasa con el archivo de su trabajo como periodista musical? ¿Hay grabaciones de Farmacia de Guardia que merezcan una reedición o al menos una digitalización digna? ¿Alguien va a recoger su historia antes de que los que la vivieron de cerca también se vayan?
No es retórica vacía. Es lo que ocurre constantemente con músicos y periodistas de su generación que trabajaron fuera del foco principal. Sus nombres aparecen en necrológicas y luego desaparecen del debate cultural como si nunca hubieran estado. La industria tiene muy poca memoria cuando no hay dinero de por medio.
Lo que toca ahora es que quienes conocieron su trabajo, los que lo escucharon en directo, los que leyeron sus textos, los que compartieron escenario con él, hagan el esfuerzo de documentar. No para construir un mito, sino para que dentro de veinte años alguien que quiera entender cómo fue el rock murciano en los ochenta y noventa tenga algo más que un par de líneas en una entrada de Wikipedia a medio terminar.
Jam Albarracín se fue el 16 de agosto. Lo que hizo no tendría que irse con él.
Fuente original: Ha fallecido Jam Albarracín, de Farmacia de Guardia.
