Viva Belgrado llevan años siendo una de esas bandas del post-hardcore español que funcionan como un argumento en sí mismas. No necesitan validación externa, no necesitan un sello grande detrás, y tampoco necesitan sonar como lo que se supone que deben sonar. Su nuevo disco, Mientras el Guadalquivir fluye y fluye y fluye, es la prueba más reciente de eso, y también la más complicada de leer a la primera.

El grupo liderado por Cándido Gálvez llega aquí con una declaración de intenciones que no es menor. Quieren que fluyan la vida y la luz. Eso, viniendo de una banda capaz de escribir algo tan visceral como ‘Saturno devorando a su hijo’, no es un giro cosmético. Es una decisión.

Lo que no han hecho es suavizarse hasta desaparecer. La rabia sigue ahí, pero ahora tiene más sitios donde meterse.

Córdoba, el aceite de oliva y Anguita en el mismo disco

Andalucía no es el decorado del álbum. Es el suelo. Viva Belgrado llevan tiempo dejando entrar referencias nacionales en su música, siguiendo un camino que ya recorrieron antes Los Planetas o Standstill, bandas que empezaron mirando hacia el norte de Europa y acabaron encontrando su voz más interesante mucho más cerca de casa. En este disco ese proceso llega a un punto concreto y nombrable.

‘Un andalucito más’, el single, habla de «varear» porque el batería Álvaro Mérida trabaja con la aceituna. No es una metáfora de diseño. Es su vida. Y el disco cierra con ‘Súper futuro’ echando de menos a Anguita, el líder de IU que fue alcalde de Córdoba. Eso no es folklore, es política con nombre y apellido.

‘El deber de ofender’ va directa a la vivienda, a los rentistas, a cuántas casas puede tener una persona antes de que eso deje de ser normal y empiece a ser un problema. La canción estaba escrita antes de las acampadas universitarias, pero el sentir es el mismo. Que coincidan en el tiempo no es casualidad, es que el problema lleva años siendo el mismo.

La influencia flamenca aparece en ‘Menquitofla’, sin que la banda abandone su base de rock urbano. Y todo esto se construye junto a Alain Johannes, multiinstrumentista y productor que ha trabajado con Eleven y Queens of the Stone Age. Que alguien con ese currículum aparezca en un disco de una banda independiente española dice algo sobre cómo Viva Belgrado se mueven en el mundo.

Lo que el río arrastra bien y lo que arrastra peor

Las cuatro primeras canciones del disco hacen exactamente lo que se espera de un trabajo de post-hardcore con criterio. ‘Y fluye’ y ‘Demasiado pasado’ suenan casi como la misma pista en las primeras escuchas, lo cual puede ser un problema o puede ser una decisión de secuencia, dependiendo de con qué paciencia te acerques.

A partir de la quinta canción el disco cambia de marcha, y ahí es donde la cosa se complica. No porque las canciones sean peores, sino porque aparecen peor hilvanadas. ‘Amor a 136 bpm’ es electrónica que te reconcilia con el mundo, de esas canciones que justifican por sí solas que exista el disco. ‘Amor en Em’ funciona en territorio indie con la misma soltura. Pero juntas, en ese orden, dentro de ese álbum, cuesta encontrar el hilo.

El elemento que más conecta la segunda mitad es la obsesión con el pasado como peso. ‘Demasiado pasado’ lo dice con un screamo directo, «siempre hay demasiado pasado en mi boca». ‘Memorabilia’ lo repite en acústico y con más calma, «el pasado es pesado, demasiado». Es el mismo argumento en dos idiomas emocionales distintos, y eso sí funciona.

El cierre lo pone ‘Súper futuro’, indie pop casi jangle, limpio, sin artificios. Que un disco de post-hardcore termine así no es una contradicción. Es una banda que no le debe nada a ninguna etiqueta.

Independencia total como condición de trabajo, no como postura

Hay algo que merece atención más allá de las canciones concretas. Viva Belgrado llevan años operando en total independencia, con una base de seguidores que los sigue sin que ningún algoritmo les haya tenido que explicar quiénes son. Eso es cada vez más raro y cada vez más difícil de sostener.

Un disco tan diverso como este, que salta de género en género sin pedir permiso, es exactamente el tipo de trabajo que el sistema de playlists y recomendaciones automáticas no sabe dónde meter. No hay un sonido dominante que repetir en bucle para que el algoritmo lo entienda. Hay canciones que van cada una a su sitio, con su propio tono, y eso penaliza en streaming aunque en escucha activa sea una virtud.

La pregunta no es si Viva Belgrado deberían ser más consistentes estilísticamente. La pregunta es si el modelo de consumo musical actual tiene herramientas para valorar a una banda que deliberadamente se niega a ser una sola cosa. La respuesta, por ahora, es que no las tiene. Y que eso es un problema del modelo, no de la banda.

Lo que queda por ver con este disco encima de la mesa

Con la información disponible por ahora, lo que se puede decir es que Mientras el Guadalquivir fluye y fluye y fluye es un disco que va a necesitar tiempo. No porque sea difícil, sino porque tiene demasiadas puertas abiertas como para entenderlo todo en una sola tarde.

La prueba real, como siempre con Viva Belgrado, será en directo. Sus canciones ganan cuerpo cuando hay una sala detrás, cuando Cándido Gálvez tiene un público al que hablarle. Cómo encajan juntas en un setlist canciones tan distintas como ‘Amor a 136 bpm’ y ‘El deber de ofender’ es una pregunta que vale la pena hacerse antes de verlos.

Lo que ya está claro es que el ejército de fieles que los sigue no va a tener problema con la diversidad del álbum. Los que llevan años con ellos ya saben que Viva Belgrado no hacen dos veces lo mismo. La pregunta es si este disco es capaz de abrir la puerta a alguien que todavía no los conoce. Con ‘Súper futuro’ como última canción, tienen al menos un argumento muy sólido para intentarlo.

Fuente original: Viva Belgrado / Mientras el Guadalquivir fluye y fluye y fluye.

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