El 12 de octubre no es una fecha cualquiera en el calendario del rock. Es el día en que murió Gene Vincent, en 1971, con 36 años y el cuerpo destrozado por décadas de excesos y un accidente de coche que nunca llegó a superar del todo. Y es también el día en que Nancy Spungen apareció muerta en el Hotel Chelsea de Nueva York, en 1978, con 20 años, en una habitación que compartía con Sid Vicious. Dos muertes. Dos historias que el rock lleva más de cuarenta años intentando digerir sin conseguirlo del todo.
No es casualidad que ambas historias sigan circulando. Es que tocan algo que la música popular no sabe resolver bien, la línea entre el mito y el desastre real, entre el artista que arde y la persona que se quema.
Gene Vincent, el hombre que inventó algo antes de que nadie supiera cómo llamarlo
Gene Vincent grabó Be-Bop-A-Lula en 1956 y en ese momento hizo algo que muy poca gente estaba haciendo, meter tensión sexual, peligro físico y una voz al límite del desgarro dentro de una canción de tres minutos. Elvis tenía el gancho comercial. Little Richard tenía el caos. Vincent tenía algo más oscuro, una presencia escénica que incomodaba incluso cuando encantaba.
El accidente de coche de 1960, el mismo en el que murió Eddie Cochran, le dejó la pierna izquierda destrozada para siempre. Vincent siguió actuando con una abrazadera metálica, vestido de cuero negro, cojeando sobre el escenario. No era una pose. Era su vida real convertida en imagen, y esa imagen fue absorbida directamente por toda una generación de músicos británicos que lo vieron actuar en el Reino Unido cuando en Estados Unidos ya empezaba a considerársele un artista pasado de moda.
Los Beatles lo conocieron. Lo admiraron. John Lennon lo mencionó más de una vez. Y aun así, cuando Vincent murió en 1971 por una úlcera perforada, el mundo del rock apenas prestó atención. Tenía 36 años y llevaba años siendo un fantasma de sí mismo, actuando en circuitos cada vez más pequeños, bebiendo demasiado, viviendo de una gloria que la industria había decidido archivar.
Eso dice algo muy concreto sobre cómo funciona el negocio de la música. Los pioneros se usan, se citan en las entrevistas, se incluyen en los árboles genealógicos del rock, y después se dejan morir solos sin que nadie se moleste demasiado en hacer algo al respecto mientras están vivos.
Lo que la historia de Nancy Spungen revela sobre cómo contamos las historias del punk
Nancy Spungen tiene el problema de que casi nadie la recuerda como persona. Se la recuerda como la novia de Sid Vicious, como el personaje que aparece en Sid and Nancy, la película de Alex Cox de 1986, como una figura caótica pegada a otra figura caótica. Eso es un problema, y no menor.
Tenía 20 años cuando murió apuñalada en el baño de la habitación 100 del Hotel Chelsea. Sid Vicious fue arrestado y acusado de su muerte. Nunca llegó a juicio porque murió de sobredosis en febrero de 1979, cuatro meses después. La historia quedó congelada ahí, en ese punto de ambigüedad que el mito necesita para sobrevivir.
Lo que se pierde en esa versión es que Nancy Spungen era una persona con una historia propia, con una relación complicada con la salud mental desde la infancia, con una presencia real dentro de la escena punk de Nueva York y Londres que iba más allá de ser la compañera de Sid. Pero el rock tiene una tendencia bastante arraigada a convertir a las mujeres que mueren jóvenes en decorado de la historia de otro. Nancy no fue la excepción.
Y Sid Vicious tampoco sale bien parado si se mira sin la capa de romanticismo que el punk le fue añadiendo con los años. Era un músico que apenas sabía tocar el bajo, que llegó a los Sex Pistols porque Malcolm McLaren necesitaba una imagen más extrema que la que daba Glen Matlock, que era el que realmente tocaba. La historia del punk británico tiene esa grieta en el centro, entre el discurso de autenticidad y la construcción deliberada de personajes para el consumo masivo.
Dos fechas de muerte en el mismo día y lo que eso hace con la memoria musical
Que Gene Vincent y Nancy Spungen compartan fecha de muerte no tiene ningún significado oculto. Es una coincidencia del calendario. Pero obliga a poner las dos historias juntas, y al hacerlo aparece algo interesante.
Las dos son historias de personas que el sistema de la música popular utilizó, desgastó y después dejó caer. Vincent fue un pionero al que la industria descartó cuando cambió la moda. Spungen fue una figura real a la que la narrativa del punk redujo a personaje secundario. En los dos casos, lo que quedó fue el mito, no la persona.
El rock lleva décadas construyendo esos mitos con mucha eficiencia. El problema es que detrás de cada mito hay una biografía real que suele ser bastante más incómoda y bastante menos glamurosa que la versión que circula. Vincent no murió en un escenario. Murió solo, enfermo, con el hígado destrozado. Nancy Spungen no murió en una película de culto. Murió en un baño de hotel, con 20 años, en circunstancias que nadie ha podido aclarar del todo.
Recordar eso no es aguarle la fiesta a nadie. Es lo mínimo que se le debe a alguien cuando se usa su historia para construir cultura.
Lo que queda cuando se apaga el ruido del mito
Con Gene Vincent queda la música, y eso no es poco. Be-Bop-A-Lula, Race With The Devil, Bluejean Bop, canciones que siguen sonando con una urgencia que mucha producción contemporánea no consigue fabricar con todos los recursos del mundo. Si alguien quiere entender de dónde viene el rock con actitud, con cuerpo, con peligro real dentro de la melodía, Vincent es una parada obligatoria.
Con Nancy Spungen queda una pregunta que el punk nunca respondió del todo, qué lugar tenían las mujeres reales dentro de un movimiento que decía romperlo todo pero que en muchos aspectos reproducía exactamente las mismas jerarquías de siempre.
Cada 12 de octubre vuelven los dos. Y cada año la pregunta sigue siendo la misma, si de verdad se les recuerda a ellos o solo a las versiones que resultaron más cómodas de contar.
Fuente original: Efemérides de la música popular, 12 de octubre.
