Brandon Flowers publicó THRASHER con una idea clara detrás: grabar en Nashville, rodearse de músicos legendarios del country y volver a Nephi, Utah, el pueblo de 7.000 habitantes donde creció entre los 8 y los 16 años. La excusa era personal. El resultado, mucho menos.
El disco ha llegado al puesto 196 del Billboard 200. No es un número catastrófico para un artista de rock que decide hacer un giro al country, pero tampoco es el tipo de cifra que justifica el ambicioso aparato desplegado aquí. Y el problema no es el género elegido. El problema es lo que hay dentro.
De Ariel Rechtshaid a Jonathan Rado, pasando por los últimos Killers
Para entender dónde está parado THRASHER, hay que recordar de dónde venía Flowers en solitario. Su segundo álbum, The Desired Effect (2015), producido por Ariel Rechtshaid, era otra cosa. Tenía carácter propio. Iba a sitios donde los Killers no iban a atreverse. Era el disco de un tipo que quería demostrar que existía fuera de su banda.
Este tercero no hace eso. Se parece más a una extensión de Imploding the Mirage y Pressure Machine, los dos últimos discos de los Killers, que a una declaración de independencia artística. La sombra de Bruce Springsteen, que ya sobrevolaba esos trabajos, aparece de nuevo aquí, especialmente en Tiger’s Blood. Flowers lleva años mirando al Boss. La pregunta es si esa mirada le lleva a algún sitio nuevo o si simplemente le ancla en una estética que ya no le pertenece del todo.
Jonathan Rado, que con Foxygen solía aplicar brío y riesgo a lo que tocaba, aparca aquí todo eso. La producción es predecible. Hay un momento en Paradise, el tema con banjo que tenía que aparecer sí o sí, donde suena una campana justo después de que Flowers cante la expresión «until the bell rang». Eso resume bastante bien el nivel de sutileza del álbum en sus peores momentos.
Músicos extraordinarios al servicio de letras que no están a su altura
El elenco es impresionante sobre el papel. Bruce Bouton, que tocó con Garth Brooks, a la steel guitar. Charlie McCoy, octogenario, que acompañó a Bob Dylan, a la armónica. David Rawlings, compañero inseparable de Gillian Welch, a la guitarra. Margo Price en los coros. Y Los Camperos de Jesús Chuy Guzmán, un grupo de mariachis que de hecho logran elevar Red Ground hasta convertirla en uno de los momentos más interesantes del disco.
Con esa gente alrededor, el listón de las letras tendría que estar a la misma altura. No lo está.
Does It Ever Cross Your Mind? habla de lo maravilloso que es estar vivo en este momento. Completamente desconectada de cualquier realidad concreta. One of Us, supuestamente un homenaje a un cuñado fallecido, incluye una frase sobre «hacer de mi hermana una mujer honesta» que no envejece bien ni en el momento en que la escuchas por primera vez. Y Angel, la historia de un deportista negro que se casa con una chica blanca sin aprobación familiar y acaba metido en drogas con una pistola de por medio, aspira a algo parecido a In the Ghetto. No lo consigue. En 2025, esa historia, contada así, es un cliché. The Guardian ya señaló que la canción resulta «o bien racista o bien crítica con el racismo, aunque de ambigüedad igualmente condenatoria». Ninguna de las dos opciones es un cumplido.
El disco pretendía ser personal. Flowers quería que lo conociéramos mejor. Pero la mayoría de canciones hablan de terceros, de situaciones imaginadas, de generalidades. Miss Americana, entonada en primera persona sobre una mujer que sufre acoso sexual a los 12 años, resulta que no habla de él, sino de su hermana. Es una canción sentida, pero esa distancia importa. Cambia cómo se recibe.
La voz sigue siendo lo mejor que tiene, y eso no es suficiente aquí
Brandon Flowers tiene una voz extraordinaria. Siempre la tuvo. Ese fraseo tan Roy Orbison, ese control, esa capacidad de sostener una melodía sin que se rompa. Take Me Back tiene el estribillo más emocionado del disco y probablemente el único que uno va a recordar dentro de unos meses. Ahí está Flowers siendo Flowers, sin disfraz.
El problema es que una voz bonita no construye sola un disco de country con pretensiones narrativas. El country, en su mejor versión, vive de la especificidad. De nombres propios, de lugares concretos, de momentos que solo le pudieron pasar a esa persona. Nephi, Utah, estaba ahí para dar eso. Los ocho años de infancia en un pueblo pequeño de Utah podían ser el material de un disco memorable. No llegan a serlo.
Y el encuentro con Elvis Presley en un Tesla en An American Dream no ayuda. Hay ideas que suenan bien en un cuaderno de notas y que en una canción simplemente no funcionan.
Lo que queda pendiente después de este disco
Si Flowers buscaba ganarse una parte del público de Morgan Wallen o repetir lo que Garth Brooks construyó durante décadas, el puesto 196 del Billboard dice que no ha ocurrido. Si buscaba que le tomaran más en serio como autor fuera de los Killers, este álbum tampoco cierra ese argumento.
Lo que sí queda claro es que The Desired Effect sigue siendo el único disco en solitario de Flowers que justifica la existencia de una carrera paralela a su banda. Todo lo demás, incluido THRASHER, suena a extensión de los Killers con otro nombre en la portada.
La pregunta que importa ahora es qué pasa con los Killers. Porque si el proyecto en solitario no funciona como declaración de independencia artística, y los últimos discos de la banda tampoco terminaron de convencer del todo a pesar de sus virtudes, Flowers necesita encontrar algo que no sea ni lo uno ni lo otro. Algo que todavía no ha grabado.
Fuente original: Brandon Flowers / THRASHER.
