Ruben Rada murió el 26 de agosto a los 83 años. Omar Ruben Rada Silva, nacido en Montevideo el 16 de julio de 1942, de madre brasileña y padre uruguayo, fue cantante, compositor, percusionista y actor. Uno de esos artistas que no caben en una sola definición porque pasaron su vida entera desbordando los límites de lo que se supone que debe hacer alguien de su país, de su época, de su género.

La noticia llega desde Uruguay con el peso específico de las pérdidas que no tienen reemplazo. El Negro Rada, como lo llamaba todo el mundo, no era solo una figura del folclore rioplatense. Era un puente entre el candombe uruguayo, el rock, el jazz y la música popular latinoamericana. Un puente que él mismo construyó, nota a nota, durante más de seis décadas de carrera.

Con la información disponible por ahora, los detalles sobre la causa del fallecimiento no están confirmados públicamente. Lo que sí está claro es que Uruguay pierde a uno de sus músicos más singulares, y que esa pérdida tiene consecuencias más allá de las fronteras del país.

Seis décadas haciendo lo que nadie más sabía hacer igual

Para entender qué significa perder a Ruben Rada hay que entender qué hizo Ruben Rada. Y eso no se resume en una lista de premios ni en una biografía de Wikipedia.

Rada fue de los primeros artistas uruguayos en llevar el candombe fuera del Río de la Plata sin disfrazarlo para hacerlo más digerible. No le quitó los bordes. No lo suavizó para el mercado. Lo tocó como era, con toda su densidad rítmica y su historia encima, y consiguió que la gente en otros países lo escuchara y lo entendiera sin necesidad de traducción.

Eso es difícil. Mucho más de lo que parece desde fuera.

Trabajó con músicos de distintas generaciones y distintos géneros. Grabó rock. Grabó candombe. Grabó jazz. Y en muchos casos grabó las tres cosas dentro del mismo disco sin que sonara forzado. Esa capacidad de moverse entre mundos sin perder la identidad propia es algo que muy pocos artistas consiguen, y Rada lo hizo durante décadas, no en un momento de inspiración puntual.

También tuvo su carrera como actor, lo que dice algo sobre su presencia escénica. Rada no era alguien que subía a un escenario a ejecutar canciones. Era alguien que habitaba el escenario, que lo llenaba de otra manera.

Lo que se pierde cuando muere alguien que era el último de su tipo

Hay una pregunta que vale la pena hacerse cuando muere un artista como Rada. ¿Quién ocupa ese espacio ahora?

No se trata de buscar un sustituto, eso no funciona así. Se trata de entender qué queda huérfano. Y en este caso lo que queda huérfano es una forma muy concreta de entender la música popular latinoamericana, una que no separaba el ritmo africano del rock eléctrico, que no veía el candombe como algo de museo sino como algo vivo y capaz de evolucionar.

Eso tiene un valor enorme en el contexto actual. Vivimos en un momento en que el algoritmo premia la especialización, en que los artistas tienden a quedarse en un carril porque salirse del carril confunde al sistema de recomendación y reduce el alcance. Rada hizo exactamente lo contrario durante toda su vida, y lo hizo antes de que existiera el streaming, antes de que el algoritmo fuera el árbitro de lo que llega y lo que no.

Hay algo casi subversivo en eso, visto desde hoy.

La música latinoamericana tiene una deuda enorme con artistas de su generación que se negaron a simplificarse. Que insistieron en la complejidad rítmica, en la mezcla de influencias, en la identidad local como punto de partida y no como límite. Rada era uno de ellos. Y esa generación se va adelgazando cada vez más.

Una voz que entendía el ritmo desde adentro

Hablar de Rada sin hablar de su relación con la percusión sería contar la mitad de la historia.

El candombe es, antes que nada, ritmo. No ritmo como acompañamiento, sino ritmo como estructura principal, como columna vertebral de todo lo demás. Rada lo entendía desde adentro porque venía de ahí, porque creció con eso, porque no era algo que había estudiado sino algo que había vivido. Y esa diferencia se nota. Siempre se nota.

Su voz también tenía algo particular. No era una voz de técnica impecable en el sentido académico del término. Era una voz con carácter, con textura, con la clase de imperfecciones que hacen que una interpretación suene a persona real y no a demostración de habilidad. Eso es más difícil de conseguir de lo que parece, porque requiere no intentar sonar perfecto, y eso exige una seguridad enorme en lo que uno tiene que decir.

Con la información disponible, no es posible hacer un análisis detallado de su discografía completa. Lo que sí se puede decir es que cualquier punto de entrada a su trabajo revela a alguien que tomaba decisiones musicales con criterio propio, no siguiendo tendencias ni respondiendo a lo que el mercado pedía en cada momento.

Lo que queda por escuchar y por entender

La muerte de Ruben Rada va a generar, como siempre pasa, un momento de redescubrimiento. Gente que no lo conocía va a buscarlo. Gente que lo había dejado de escuchar va a volver. Las plataformas van a mostrar picos de reproducción durante unos días.

El problema de ese ciclo es que dura poco. La atención se va tan rápido como llega, y artistas como Rada merecen algo más que una semana de escuchas reactivas.

Lo que tiene sentido hacer ahora, si uno no lo conoce bien, es tomarse el tiempo de escucharlo de verdad. No como homenaje póstumo, sino como lo que es, música que tiene algo que decir y que no caduca porque no fue construida para un momento concreto del mercado.

Uruguay tiene una escena musical rica y relativamente poco conocida fuera del Río de la Plata. Rada fue uno de los que más hizo para que eso cambiara. Que su muerte sirva al menos para que más gente se acerque a lo que construyó durante seis décadas sería, como mínimo, una forma honesta de recordarlo.

Fuente original: Muere el rockero uruguayo Ruben Rada.

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