Miley Cyrus recibió su estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood y la ceremonia fue exactamente lo que esperabas. Discursos, fotos, aplausos. Y al día siguiente, todo el mundo siguió escuchando Flowers o no la escuchaba, exactamente igual que antes. La estrella no movió nada porque no tenía nada que mover. Miley ya era Miley desde hace más de una década.
Eso no es un insulto. Es simplemente lo que el Paseo de la Fama se ha convertido. Un certificado de carrera. Un sello notarial. Algo que llega cuando ya nadie necesita que llegue.
Y aun así, aquí estamos prestándole atención. Vale la pena preguntarse por qué.
Cuando el prestigio dejó de pasar por un único sitio
Hubo un momento en que Hollywood tenía el monopolio de decidir quién era una estrella. La televisión amplificaba esa idea, los periódicos la repetían y el público la aceptaba. Ese sistema funcionó durante décadas porque no había mucha alternativa.
Ese momento ya no existe. La atención se reparte ahora entre la Met Gala, un Tiny Desk grabado en una oficina de Washington, una actuación en Coachella que se ve en streaming desde el sofá, una portada de Rolling Stone, un vídeo comiendo alitas picantes en Hot Ones. Ninguno de esos hitos define por sí solo quién es una estrella. Todos contribuyen un poco. Y ninguno tiene la autoridad que tenía Hollywood en los años ochenta.
En ese contexto, el Paseo de la Fama se ha quedado en una posición extraña. Sigue siendo reconocible, sigue generando cobertura, pero ya no es el punto de llegada que era. Karol G, Pedro Pascal, Lisa Kudrow, Nicole Scherzinger y Linkin Park tendrán su estrella próximamente. Una lista que mezcla géneros, formatos y generaciones sin demasiada lógica aparente, lo cual dice bastante sobre cómo funciona el sistema ahora mismo.
Lo que el mito pierde cuando conoces los detalles
Hay algo que el Paseo de la Fama nunca publicita demasiado. No es solo un comité que decide quién merece una estrella. Alguien tiene que pagar la instalación. El artista, su sello, o algún patrocinador vinculado a su carrera. El romanticismo se complica bastante cuando te enteras de ese detalle.
Madonna rechazó su nominación en los noventa. Prince nunca mostró demasiado interés. Ninguno de los dos necesitaba una placa en una acera de Hollywood para que quedara claro quién eran. Y esa decisión de no participar, en ambos casos, decía más sobre su posición en la cultura popular que cualquier ceremonia.
Lo curioso es que el sistema sigue funcionando a pesar de todo. Sigue generando imágenes que circulan. La foto viral de la estrella de Jennifer Lopez con un supuesto «ft. Pitbull» grabado encima, un guiño al papel que tuvo el rapero en su resurrección comercial con On the Floor. Mariah Carey posando con sus hijos sobre su placa. Hoy la noticia rara vez es la estrella en sí. Es todo lo que pasa alrededor, los memes, los comentarios, la ironía colectiva.
El Paseo de la Fama sobrevive, en parte, porque internet lo ha convertido en material de entretenimiento secundario. Ya no es el evento. Es el pretexto.
Una carrera grabada en el suelo mientras el algoritmo mide streams por semana
Aquí está la paradoja que más me interesa. Vivimos en un momento en que el éxito musical se mide en reproducciones semanales, en posiciones de listas que cambian cada viernes, en tendencias de TikTok que duran lo que dura una canción corta. Todo es efímero por diseño. La industria del streaming no tiene demasiado interés en construir legados, le interesa el consumo de esta semana.
Y en ese contexto, una estrella grabada físicamente en el suelo de una calle de Los Ángeles tiene algo que los números de Spotify no tienen. Permanencia. O al menos la ilusión de ella.
Con la información disponible por ahora, es difícil saber si eso le importa a los artistas que reciben la estrella más allá del acto en sí. Pero sí dice algo sobre nosotros como público. Que seguimos necesitando algún tipo de símbolo físico para anclar las carreras que nos han importado. Que el stream número mil millones no se puede fotografiar, no se puede pisar, no se puede visitar un martes por la tarde en Hollywood.
Miley Cyrus tiene una estrella en el suelo y tiene Wrecking Ball y tiene Flowers y tiene una carrera que ha sobrevivido a más transformaciones que la mayoría de sus contemporáneos. La estrella no añade nada a eso. Pero tampoco lo borra.
La siguiente estrella y lo que todavía no sabemos leer en esto
Lo que queda por ver es si el Paseo de la Fama encuentra alguna forma de reinventarse o si simplemente sigue existiendo por inercia, que tampoco es el peor de los destinos para una institución cultural.
Karol G será la primera artista de música urbana latinoamericana en recibir una estrella, y eso sí tiene peso real. No porque la estrella cambie nada en su carrera, sino porque señala hasta dónde ha llegado un género que hace quince años la industria anglosajona ni siquiera consideraba en serio. Ese dato merece más atención que la ceremonia en sí.
El resto seguirá igual. Habrá fotos, habrá discursos, habrá algún meme que circulará durante dos días. Y alguien, en algún sitio, seguirá mirando. No porque el Paseo de la Fama decida ya quién importa. Sino porque todavía no hemos encontrado nada que lo reemplace del todo.
Fuente original: ¿A quién le importa ya el Paseo de la Fama de Hollywood?.
