Hay bandas que construyen su identidad sobre la desmesura y Muse es, quizás, el ejemplo más persistente de esa apuesta dentro del rock contemporáneo. Con The Wow! Signal, su décimo álbum de estudio, el trío británico formado por Matt Bellamy, Chris Wolstenholme y Dominic Howard regresa a un territorio que ya conocen bien: la ciencia ficción, la vida extraterrestre y unas composiciones que no temen ocupar todo el espacio disponible. La pregunta que muchos se hacen ahora no es si el disco existe, sino si todavía tiene sentido existir así.
El crítico Fernando Ballesteros ha analizado el trabajo para Efe Eme, y su lectura plantea algo que va más allá de una simple reseña: ¿está la épica de Muse perdiendo fuerza, o sigue siendo una propuesta coherente con lo que la banda siempre ha sido? No es una pregunta menor. Diez álbumes de carrera son muchos discos para mantener cualquier tipo de intensidad, y más cuando el sonido de partida ya era, desde Origin of Symmetry o Absolution, deliberadamente exagerado.
Contexto de la noticia
Muse lleva más de dos décadas construyendo un universo propio que mezcla rock progresivo, electrónica, metal sinfónico y referencias a teorías conspirativas, física cuántica y, recurrentemente, la posibilidad de vida inteligente fuera de la Tierra. No es una banda que haya pasado desapercibida: estadios llenos en todo el mundo, premios Grammy, y una base de seguidores que ha crecido con ellos desde los tiempos del Glastonbury de principios de los 2000.
Pero los últimos años han sido más irregulares. Simulation Theory (2018) apostó por una estética ochentera y sintética que dividió a la crítica, y Will of the People (2022) intentó recuperar cierta musculatura rockera sin terminar de convencer del todo a quienes esperaban algo más arriesgado. En ese contexto, The Wow! Signal llega como un décimo intento de encontrar el equilibrio entre lo que Muse es y lo que algunos creen que debería ser.
El título del álbum hace referencia a una señal de radio detectada en 1977 que durante décadas se ha interpretado como un posible contacto extraterrestre. Es un punto de partida conceptual que encaja perfectamente con la mitología que Bellamy ha cultivado durante años, y que sitúa al disco en una continuidad temática clara con trabajos anteriores como The 2nd Law o Drones.
Por qué importa
El lanzamiento de un nuevo disco de Muse en 2025 no es solo un evento para sus seguidores. Es también un termómetro de algo más amplio: la viabilidad del rock de gran escala en un ecosistema musical dominado por el consumo fragmentado y la atención corta.
Las plataformas de streaming han cambiado la manera en que se escucha música, pero también la manera en que se concibe. Un álbum conceptual de una hora de duración, construido sobre una narrativa extraterrestre y arreglos orquestales, es exactamente el tipo de objeto que el algoritmo no sabe muy bien cómo tratar. No encaja en una playlist de concentración. No es fácil de recomendar entre dos canciones de pop electrónico. Y sin embargo, sigue existiendo.
Eso tiene un valor cultural que conviene no ignorar. Que una banda de ese tamaño siga apostando por discos con ambición conceptual, sin reducir su propuesta a singles de tres minutos diseñados para TikTok, dice algo sobre la resistencia de ciertos modelos creativos. Si funciona o no comercialmente es otra conversación. Pero la decisión de hacerlo merece ser leída con atención.
También importa porque Muse ocupa un lugar peculiar en el mapa del rock actual: son demasiado grandes para ser underground, demasiado raros para ser mainstream puro, y demasiado consistentes en su visión como para ser descartados fácilmente. Esa posición incómoda es, paradójicamente, lo que los hace interesantes de seguir.
El ángulo musical
Lo que puede decirse con seguridad, a partir de lo que se conoce del disco, es que The Wow! Signal no parece ser un álbum de transición ni un experimento de bajo riesgo. La grandilocuencia, según el análisis de Ballesteros, sigue presente. Y eso plantea una pregunta genuinamente musical: ¿puede la grandilocuencia sostenerse diez discos después sin convertirse en autoparodia?
La respuesta depende, en gran medida, de si la escritura de canciones sigue a la altura de la producción. Muse ha tenido momentos en que el espectáculo sonoro servía a algo más: Hysteria tenía una tensión rítmica real, Supermassive Black Hole funcionaba como funk distorsionado con una coherencia interna clara, Madness construía su efecto desde la contención. Cuando la arquitectura sonora y la canción se alinean, el resultado puede ser poderoso. Cuando la producción aplasta a la melodía, el efecto es más vacío.
La referencia a la vida extraterrestre como eje temático no es nueva en Muse, pero sí dice algo sobre cómo Bellamy entiende su propio rol: el de un compositor que trabaja con materiales grandes, casi cinematográficos, y que no tiene interés en reducir esa escala. Si The Wow! Signal logra que esa escala sirva a algo emocionalmente genuino, podría ser uno de sus trabajos más sólidos en años. Si la grandilocuencia se convierte en el fin en sí mismo, la crítica de Ballesteros sobre una épica desinflada tendría todo el sentido.
Lo interesante no es solo cómo suena el disco, sino dónde coloca a Muse dentro de su propia trayectoria. Una banda que llega a su décimo álbum con el mismo vocabulario sonoro que usaba en el tercero o el cuarto está haciendo una declaración, consciente o no, sobre qué tipo de artistas quieren ser.
Qué puede pasar ahora
A partir de aquí, la recepción crítica de The Wow! Signal irá tomando forma en distintos frentes. Las reseñas en medios especializados como Efe Eme ya están marcando el tono del debate, y la pregunta sobre si la épica de Muse sigue funcionando o ha perdido su fuerza va a seguir circulando en foros, redes y conversaciones entre oyentes que llevan décadas siguiendo a la banda.
También será relevante observar cómo responde el público en directo. Muse es una banda que ha construido parte de su leyenda sobre el escenario, y los conciertos de presentación de este álbum serán una prueba real de si el material nuevo aguanta la comparación con sus clásicos. Un estadio cantando Uprising o Knights of Cydonia es un fenómeno difícil de replicar, y las canciones nuevas tendrán que ganarse su lugar en ese contexto.
La pregunta que deja abierta este disco no es si Muse todavía puede hacer ruido, sino si el ruido que hacen todavía tiene algo que decir. Esa distinción, pequeña pero importante, es la que separa a las bandas que envejecen con dignidad de las que simplemente repiten su propia fórmula hasta que deja de resonar.
Fuente original: La épica de Muse ¿desinflada o en pie?.
