En 1965, David Bowie todavía se llamaba Davie Jones y grababa canciones con Shel Talmy sin saber muy bien si iba a llegar a algún sitio. Ahora Warner publica David Bowie: The Shel Talmy Recordings, una recopilación de 22 temas de esa etapa temprana, diez de ellos inéditos hasta la fecha. Es la colección más completa que existe de ese periodo, y eso ya dice bastante sobre lo que hay dentro.

Shel Talmy no era un productor cualquiera. Era el hombre detrás de los primeros discos de The Who y The Kinks, el tipo que sabía sacar músculo de una grabación cuando el rock británico todavía estaba definiendo qué quería ser. Que un jovencísimo Davie Jones acabara en su estudio en los sesenta no fue un accidente. Fue el tipo de movimiento que hacía alguien con hambre real de entrar en el negocio.

Que diez de esas pistas no hayan salido nunca hasta ahora es la parte que merece atención. No estamos hablando de un disco de rarezas para completistas obsesivos. Estamos hablando del registro más honesto que existe de cómo sonaba Bowie antes de convertirse en el personaje que todos conocemos.

Davie Jones, Shel Talmy y el Londres que fabricaba estrellas en serie

El Londres de mediados de los sesenta funcionaba como una máquina de lanzar artistas. Los sellos fichaban, los productores grababan, las canciones salían y la mayoría desaparecía en semanas. Shel Talmy era uno de los pocos que conseguía que algo de eso sobreviviera. Su forma de trabajar, con guitarras directas y baterías con pegada, definió el sonido de bandas que hoy son historia del rock.

Davie Jones llegó a ese circuito sin el nombre, sin el personaje y sin la mitología que vendría después. Lo que tenía era ambición y una voz que todavía no había encontrado su sitio. Las grabaciones con Talmy son el documento de ese momento, cuando alguien está aprendiendo en tiempo real qué tipo de artista quiere ser.

Bowie cambió de nombre precisamente para diferenciarse de Davy Jones, el cantante de The Monkees, que estaba en todas partes por esa época. El cambio de nombre fue también un cambio de estrategia. Davie Jones grababa canciones para encajar en el mercado. David Bowie empezó a construir algo diferente. Las grabaciones con Talmy pertenecen al primer capítulo, al que casi nadie conocía completo.

Lo que revela un archivo que llevaba décadas incompleto

Publicar diez pistas inéditas de David Bowie no es un gesto menor. El catálogo de Bowie ha sido revisado, remasterizado y reempaquetado muchas veces desde su muerte en 2016. Cada reedición genera su propia conversación sobre qué añade y qué justifica el precio. Esta vez la pregunta es distinta.

No se trata de escuchar al Bowie que ya conoces en mejor calidad. Se trata de escuchar a alguien que todavía no era Bowie intentando serlo. Eso tiene un valor documental que va más allá del coleccionismo. Es la diferencia entre ver el cuadro terminado y ver los bocetos que nadie quiso enseñar.

La industria lleva años reciclando archivos como si fueran producto de temporada. Algunas reediciones tienen sentido real, añaden contexto, completan una historia. Otras son excusas para facturar sobre un nombre muerto. Con este lanzamiento de Warner, la pregunta es legítima, y la respuesta, con lo que se sabe hasta ahora, parece inclinarse hacia el primer caso. Diez pistas inéditas de una etapa que no estaba documentada del todo no es relleno. Es historia que faltaba.

Una voz buscando forma antes de encontrar el disfraz

Lo más interesante de las grabaciones tempranas de Bowie no es lo que tienen, sino lo que todavía no tienen. No hay Ziggy Stardust, no hay glam, no hay el artificio calculado que convirtió a Bowie en un fenómeno de otra categoría. Hay un cantante joven trabajando con un productor que sabía lo que hacía, intentando que una canción funcionara dentro de los tres minutos de rigor del pop británico de la época.

Shel Talmy tenía una manera de grabar que favorecía la inmediatez. Sus discos con The Kinks suenan urgentes, casi descuidados en el mejor sentido. Esa misma energía aplicada a un Davie Jones de dieciocho años produce algo que, con la información disponible por ahora, debía sonar a las grabaciones de cualquier artista con potencial sin definir todavía. La pregunta interesante no es solo cómo suena, sino dónde coloca esto al artista dentro de su propia evolución.

Bowie siempre fue un acumulador de influencias. Lo que absorbió en esos años, el soul, el r&b, el pop de Tin Pan Alley, el rock que Talmy producía, apareció después transformado en cosas que no se parecían a nada de eso. Escuchar el material de 1965 es rastrear los ingredientes antes de que alguien supiera qué plato iba a salir.

Lo que queda por escuchar y lo que esto puede mover

Warner no ha detallado todavía, al menos con lo que hay disponible en este momento, si habrá edición física, formatos vinilo, o si el lanzamiento vendrá acompañado de material adicional como notas de liner o contexto histórico. Eso importa. Una colección de este tipo necesita texto alrededor, alguien que sitúe cada grabación en su momento, que explique qué pasó antes y después de cada sesión.

Si lo hacen bien, este disco puede ser una de esas reediciones que realmente cambian cómo se entiende una carrera. Si lo hacen mal, será otro paquete bonito que los fans comprarán de todas formas y que no añadirá nada a la conversación sobre Bowie.

Lo que sí está claro es que hay un público para esto que va más allá de los coleccionistas de primera hora. Bowie sigue siendo uno de los artistas más escuchados de su generación en plataformas de streaming, lo que significa que hay gente joven llegando a su música sin ningún orden cronológico, saltando de Heroes a Blackstar sin pasar por el principio. Este archivo es el principio. Y a veces el principio es donde están las respuestas más interesantes.

Fuente original: La colección definitiva del David Bowie de 1965.

Conoce al autor del post

Publicidad

Los comentarios están cerrados.