En 1996, The Wallflowers publicaron Bringing Down the Horse, su segundo álbum, y consiguieron algo que parecía bastante complicado después de un debut que había pasado casi desapercibido: hacerse un hueco en una escena musical donde no faltaban precisamente buenas bandas.
A mediados de los 90, las guitarras estaban por todas partes. El grunge había cambiado el panorama musical unos años antes, el rock alternativo dominaba buena parte de las emisoras y cada semana aparecían nuevos grupos intentando llamar la atención. Sin embargo, The Wallflowers tenían algo diferente, un sonido más clásico, menos agresivo y unas canciones que parecían estar más preocupadas por contar historias que por seguir las tendencias del momento.
Al frente estaba Jakob Dylan, cantante y principal compositor del grupo, que además tenía una dificultad añadida: llevaba uno de los apellidos más importantes de la historia de la música. Ser hijo de Bob Dylan podía despertar curiosidad y abrir alguna puerta, pero también significaba que cualquier canción que escribiera iba a estar sometida a comparaciones.
Con Bringing Down the Horse, Jakob consiguió que mucha gente empezara a hablar de sus canciones y no solamente de su padre.
Un segundo disco que lo cambió todo
La historia de The Wallflowers no empezó precisamente con un éxito arrollador. Su primer álbum, publicado en 1992, tuvo una repercusión bastante discreta y la banda atravesó cambios importantes antes de regresar al estudio.
Cuatro años después llegó Bringing Down the Horse, esta vez con T-Bone Burnett en la producción, un músico y productor que conocía muy bien el folk, el blues y el rock de raíces americanas, y que ya había trabajado con artistas como Elvis Costello o Los Lobos.
Burnett supo encontrar el sonido que necesitaban aquellas canciones. En lugar de llenar las grabaciones de efectos o intentar acercarlas a las modas del momento, apostó por una producción bastante natural, con guitarras, órganos y una sección rítmica que dejaba respirar las composiciones.
El resultado fue un disco que sonaba clásico, pero que encajaba perfectamente en la radio de mediados de los noventa. Tenía algo de Tom Petty, bastante del rock americano de los setenta y, por supuesto, cierta herencia de Dylan, aunque Jakob ya empezaba a demostrar que tenía su propia manera de escribir.
Lo curioso es que, mientras buena parte del rock alternativo seguía arrastrando la crudeza del grunge, The Wallflowers apostaban por canciones de estructuras tradicionales, guitarras limpias y letras que parecían pequeñas historias.
La apuesta funcionó, y Bringing Down the Horse terminó convirtiéndose en un éxito millonario, con varios sencillos que alcanzaron una enorme popularidad y dos premios Grammy para One Headlight.
Escucha el episodio de Exploradores de Ondas
Si os apetece conocer un poco mejor la historia de este disco, le he dedicado un episodio de Exploradores de Ondas, dentro de la sección Mis Discos. Hablamos de Jakob Dylan, del trabajo de T-Bone Burnett y, por supuesto, escuchamos cuatro de las canciones que hicieron de Bringing Down the Horse un álbum tan especial.
Os dejo el reproductor aquí, por si os apetece acompañarme en este viaje a los años 90.
El sonido de Bringing Down the Horse
Una de las cosas que más me gustan de este álbum es precisamente su sonido. Las guitarras tienen presencia sin resultar excesivas, el órgano aporta una calidez estupenda y la batería mantiene ese ritmo tan característico del rock americano, sin grandes complicaciones, pero con mucho gusto.
No estamos ante un disco de exhibiciones técnicas ni de experimentos extravagantes. Aquí lo importante son las canciones, y todos los instrumentos parecen trabajar para ellas.
La producción de Burnett tiene mucho que ver con esa sensación. Escuchándolo hoy, treinta años después de su publicación, sigue sonando francamente bien, algo que no siempre ocurre con los discos de aquella época, especialmente con los que abusaron de los efectos y las técnicas de producción que estaban de moda.
En Bringing Down the Horse encontramos influencias del folk, del blues y del rock clásico, pero también ese punto de melancolía que recorría buena parte de la música alternativa de los noventa.
Es una combinación que, al menos para mí, sigue funcionando igual de bien que cuando apareció.
One Headlight: seguir adelante con un solo faro
Si hablamos de The Wallflowers, tarde o temprano tenemos que llegar a One Headlight. Fue la canción que convirtió al grupo en un nombre conocido para millones de oyentes y continúa siendo, para muchos, su tema más representativo.
Y no me extraña demasiado.
La canción tiene una introducción muy reconocible, con una batería que marca el ritmo desde el principio y unas guitarras que van construyendo poco a poco esa atmósfera melancólica tan característica. Jakob Dylan canta sin grandes exageraciones, dejando que la melodía y la letra hagan buena parte del trabajo.
Lo interesante es que, a pesar de ser una canción bastante accesible, su letra no resulta especialmente sencilla de interpretar. Está llena de imágenes, recuerdos y personajes que parecen haber perdido algo importante.
El propio Jakob ha relacionado la canción con la muerte de las ideas y con la necesidad de seguir adelante cuando las cosas dejan de funcionar como esperábamos.
Y ahí aparece la imagen del coche con un solo faro encendido, una metáfora que me parece especialmente acertada. Puede que las cosas no estén bien, que hayamos perdido algo por el camino o que ni siquiera sepamos muy bien hacia dónde nos dirigimos, pero todavía podemos continuar.
Musicalmente, además, tiene uno de esos estribillos que se quedan contigo durante años, incluso aunque lleves mucho tiempo sin escuchar la canción.
No es casualidad que One Headlight siga siendo el gran clásico de The Wallflowers.
6th Avenue Heartache: historias desde una calle de Nueva York
Otra de las grandes canciones del álbum es 6th Avenue Heartache, que fue el primer sencillo de Bringing Down the Horse y una de las primeras señales de que algo importante estaba ocurriendo con la banda.
La historia tiene su origen en un músico callejero al que Jakob Dylan veía habitualmente en Nueva York. Un día, aquel hombre dejó de aparecer por la zona y esa ausencia terminó inspirando una canción sobre la pérdida, la soledad y las personas que forman parte de nuestro paisaje cotidiano sin que lleguemos a conocerlas realmente.
Y la música acompaña perfectamente esa historia.
El órgano Hammond, las guitarras y ese ritmo tranquilo crean una atmósfera muy particular, con un sonido que recuerda al rock americano más clásico. También encontramos la colaboración de Adam Duritz, cantante de Counting Crows, que participa en los coros y aporta un color vocal muy reconocible.
Personalmente, es una de mis favoritas del disco, especialmente por la manera en que va construyendo su ambiente sin necesidad de grandes cambios ni sorpresas.
Hay algo en 6th Avenue Heartache que me recuerda a esas canciones que escuchas conduciendo por la noche, cuando apenas hay tráfico y tienes tiempo para perderte un rato en tus pensamientos.
Quizá sea precisamente esa mezcla de sencillez y melancolía lo que hace que siga gustándome tanto.
The Difference: The Wallflowers también sabían pisar el acelerador
No todo en Bringing Down the Horse son canciones tranquilas y melancólicas. También hay momentos en los que la banda demuestra que sabe subir el volumen y dejarse llevar por las guitarras, y The Difference es probablemente uno de los mejores ejemplos.
Desde el principio encontramos un sonido más directo, con una batería enérgica y unas guitarras eléctricas que tienen bastante más protagonismo que en los temas anteriores.
Es una canción con movimiento, con ese tipo de ritmo que invita a subir el volumen cuando vas en el coche.
Aquí se aprecia otra faceta de The Wallflowers, una banda que podía acercarse al folk rock más reposado, pero que también sabía desenvolverse perfectamente en terrenos más eléctricos.
Además, el estribillo tiene mucha fuerza y demuestra que Jakob Dylan sabía escribir melodías pegadizas sin necesidad de complicarse demasiado.
Quizá The Difference no haya alcanzado la popularidad de One Headlight, pero creo que es una de las canciones que mejor representan la variedad musical que encontramos en el álbum.
Three Marlenas: una de las canciones más interesantes del disco
Three Marlenas es otra de esas canciones que merecen una escucha tranquila, especialmente si os gustan las composiciones donde la letra tiene tanto peso como la música.
Aquí volvemos a encontrarnos con el Jakob Dylan más narrativo, con una serie de imágenes y personajes que aparecen a lo largo de la canción sin que termine de quedar del todo claro qué relación existe entre ellos.
Y eso es precisamente lo interesante.
No todas las canciones necesitan contar una historia con un principio, un desarrollo y un final perfectamente definidos. A veces basta con sugerir situaciones, presentar personajes o dejar que el oyente complete aquello que el compositor ha decidido no explicar.
Musicalmente, Three Marlenas tiene un aire más pausado, con unos arreglos que acompañan muy bien la voz de Jakob y mantienen esa sensación de melancolía que aparece en distintos momentos del disco.
Es una canción que quizá pase algo más desapercibida en las primeras escuchas, especialmente si venimos de los grandes éxitos del álbum, pero que termina ganando mucho cuando le dedicamos un poco de atención.
Y para mí, eso también dice bastante de la calidad de Bringing Down the Horse.
Jakob Dylan y el peso de un apellido
Resulta complicado hablar de Jakob Dylan sin mencionar a su padre. Al fin y al cabo, estamos hablando del hijo de uno de los compositores más influyentes del siglo XX, alguien cuya obra ha marcado a generaciones de músicos y que inevitablemente iba a provocar comparaciones.
Pero creo que sería bastante injusto reducir la carrera de Jakob a esa circunstancia.
Su manera de cantar, por ejemplo, es muy diferente a la de Bob Dylan. Tiene una voz más grave y contenida, con una interpretación que encaja especialmente bien con el sonido de The Wallflowers.
También hay diferencias en su forma de escribir, aunque ambos compartan cierta afición por las imágenes y las letras que dejan espacio a la interpretación.
Jakob no necesitaba convertirse en una segunda versión de su padre, y Bringing Down the Horse demuestra que podía construir una carrera musical siguiendo su propio camino.
Puede que el apellido Dylan siempre haya despertado curiosidad entre quienes se acercaban a su música por primera vez, pero al final son las canciones las que explican por qué The Wallflowers consiguieron llegar tan lejos.
Un disco al que siempre merece la pena volver
Treinta años después de su publicación, Bringing Down the Horse sigue siendo un álbum que disfruto escuchando, especialmente porque contiene bastante más que los dos o tres sencillos que todos conocemos.
Es verdad que One Headlight se llevó buena parte de la atención, y con razón, pero canciones como Three Marlenas, The Difference o 6th Avenue Heartache demuestran que había mucho trabajo detrás de aquel disco.
También me gusta cómo suena en conjunto. No parece una colección de canciones reunidas alrededor de un éxito comercial, sino un álbum con una personalidad bastante definida, algo que siempre he valorado especialmente.
Si hace tiempo que no escucháis a The Wallflowers, os recomiendo recuperar Bringing Down the Horse y darle una oportunidad de principio a fin. Quizá os sorprenda encontrar canciones que recordabais vagamente o descubrir alguna que en su momento pasó desapercibida.
A mí me sigue pareciendo uno de los trabajos más interesantes del rock americano de los noventa y una buena muestra de que, a veces, no hace falta inventar nada nuevo para hacer un gran disco.
¿Qué os parece a vosotros este álbum? ¿Tenéis alguna canción favorita de The Wallflowers?
Os leo en los comentarios.
